He escuchado a Mar Romera, maestra y experta en educación emocional, en vivo y en directo en dos ocasiones, ambas en los congresos de educación organizados por el Observatorio de Educación de la Universidad Rey Juan Carlos, de los que ya hablé en un artículo anterior. Cuando la oigo, a ella y a otros expertos en educación, referirse a los padres no puedo evitar ponerme en estado de alerta. Creo que tengo un problema: Estoy harta del discurso de la sobreprotección, de la malentendida cultura del esfuerzo y de la frase “hay que enseñar a los niños a tolerar la frustración”. Y es que, desde hace ya demasiados años para mi gusto, cada vez que se habla de crianza sale el tema de la sobreprotección. Y si además se habla de educación, también resulta inevitable hablar de lo necesario que es el esfuerzo, y tolerar la frustración. Si vas a estrenarte como papá o mamá, ve acostumbrándote a vivir con estas tres cosas.

La situación ha llegado ya hasta el punto de que tal, y como afirma Mar Romera en este vídeo, si eres padre y dices que quieres que tu hijo sea feliz, vas por muy mal camino, tienes muchas papeletas de ser un padre sobreprotector. Yo lo he dicho mil veces, ¿quién no? Y lo repito: yo quiero que mis hijos sean felices, ¿alguien no quiere serlo? Yo quiero ser feliz. ¿Qué tiene de malo? Más bien al contrario, si no ¿por qué a los que están deprimidos los consideramos enfermos? La felicidad, que celebra este martes su día internacional, es un estado natural del ser humano. Y por suerte la valoramos mucho, la buscamos, y cuando la perdemos queremos recuperarla cuanto antes.

Pero claro, si está tan mal visto que digamos que queremos que nuestros hijos sean felices, será por algo. Mi primer impulso al empezar a escribir este artículo ha sido buscar “Qué es la felicidad” en Google lo cual me ha devuelto 18.900.000 millones de resultados. Después he buscado su significado en el diccionario de la RAE. La felicidad tiene tres definiciones en el diccionario de nuestra lengua. La primera de ellas dice: “Estado de grata satisfacción espiritual y física”. Hasta aquí todo bien. Esto es lo que más o menos entiendo yo por felicidad. La segunda definición no dice gran cosa. Y la tercera definición sin embargo es muy interesante: “Ausencia de inconvenientes o tropiezos”. Curiosa manera de entender la felicidad. Y además ¿qué nos pasa cuando encontramos inconvenientes? Que nos frustramos.

Si pensando en esta tercera definición, recuperamos ese momento en el que un papá o una mamá dicen que solo quieren que su hijo sea feliz, es cuando nos damos cuenta del problema. Entender la felicidad únicamente según la tercera definición de la RAE y tratar de mantener esa felicidad en nuestros hijos es lo que nos convierte en sobreprotectores. Si evitamos que se encuentren con inconvenientes o tropiezos por miedo a que dejen de ser felices un rato y que se frustren, no les estamos haciendo ningún favor. Se puede dejar de ser feliz un día, o dos o alguno más, se puede estar triste, frustrado y se debe, como dice Mar Romera en el vídeo, entender y aceptar las emociones, todas, las positivas y las no tan positivas.

¿Es compatible desear que tu hijo sea feliz con no allanarle el camino? Sí, y tanto. De hecho, lo correcto es que nos centremos en la primera definición de felicidad según la RAE, entendiendo que nuestros hijos deben encontrarse en ese estado de satisfacción de manera balanceada. No se trata de que no lloren nunca, no se frustren nunca, no se esfuercen nunca, de que estén todo el día flipados, de que tengan todo lo que se les antoja, y vivan buscando cada día algo nuevo que les haga supuestamente más felices. No hay que confundir felicidad con placer.

El problema, más bien, no está en querer que nuestros hijos sean felices, sino en cómo entendemos la felicidad y en cómo conducimos a nuestros hijos a ella. Los niños tienen que sentirse frustrados muchas veces, y del mismo modo que la felicidad es un estado del que salimos por la razón que sea y al que siempre deseamos volver, la frustración es una emoción que no nos gusta, y por ello podemos sentir la tentación de querer que nuestros hijos no tengan que experimentarla. Pero será pasajera, y finalmente los niños regresarán a su estado de bienestar si todo va bien.

Aceptar la frustración y entenderla es necesario, y así tienen que saberlo nuestros hijos. Pero tampoco podemos convertir una situación frustrante y estresante para un niño en algo cotidiano en su vida con la excusa de que tiene que aprender a tolerar la frustración. Por eso odio la expresión “tolerar la frustración”. Le faltan matices, así que yo prefiero decir que hay que “superar la frustración”. Y esto lleva esfuerzo, y hay muchos esfuerzos que llevan a sentirse bien y feliz. Pero igual que detesto la idea de tolerar la frustración, porque cuando lo pienso me parece que tenemos que enseñar a los niños que deben acostumbrarse a vivir frustrados y fastidiados, como si hubiéramos aceptado desde nuestra perspectiva de adulto que así es la vida, odio también la cultura del esfuerzo sin más.

No entiendo ni comparto la cultura del esfuerzo cuando habla del esfuerzo medido en términos de sufrimiento, en vez de relacionarlo con la satisfacción por el logro y la superación

Yo veo un ciclo en estas tres ideas: la felicidad de nuestros hijos se la roban las frustraciones y el esfuerzo les puede devolver de nuevo a ella. Esforzarse para superar un obstáculo o resolver un problema, y experimentar la satisfacción del logro alcanzado es una emoción por la que deben pasar nuestros hijos. No sería justo robarles esas vivencias. Pero, de nuevo, odio la cultura del esfuerzo porque sí. La humanidad entera busca nuevas formas de afrontar las vicisitudes de la vida con menos esfuerzo cada vez y en lo que en muchos casos a educación se refiere se sigue ensalzando la virtud del esfuerzo sin más: el esfuerzo por aprobar exámenes sobre temas o asignaturas que no llegarán a aplicar jamás en la vida, el esfuerzo para ser capaces de repetir como papagayos sin interiorizar ideas que no han llegado a comprender o por copiar párrafos enteros de libros de texto. No entiendo ni comparto la cultura del esfuerzo cuando habla del esfuerzo medido en términos de sufrimiento, en vez de relacionarlo con la satisfacción por el logro y la superación.

Recuerdo una ocasión en la que un taxista me preguntó que si tuviera que escoger entre ser feliz y ser buena persona qué es lo que elegiría. Yo dije que preferiría ser feliz, porque no creo que pudiera serlo siendo una mala persona; sin embargo hay buenas personas que no son felices. El taxista se quedó pensando mi respuesta, y la rebatió, diciendo que sí hay gente que es mala persona, gente poderosa y adinerada a veces, que es feliz. No creo en ese tipo de felicidad. Por eso para mí la respuesta está clara. Hay tantos conceptos de felicidad como personas, lo dice el psiquiatra Rojas Marcos, pero es cierto que si un padre o una madre viven deseando que su hijo sea feliz, está en el punto de mira de la sobreprotección.

Acabo de decidir que, a partir de ahora, si alguien me pregunta qué quiero que sean mis hijos, les diré que quiero que sean resilientes –la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas–. Es una manera un poco enrevesada de decir que quiero que sean felices, pero al menos espero que así no me tilden de sobreprotectora.

https://elpais.com/elpais/2018/03/20/mamas_papas/1521532331_198316.html

En breve, las distintas comunidades autónomas comenzarán el próximo curso 2023-2024. Muchos niños entrarán por primera vez en el sistema educativo con tres o seis años, otros abandonarán el colegio para incorporarse al instituto y otros cambiarán sus centros actuales por otros. En cualquiera de los casos, elegir el centro educativo para los hijos supone no solo una prioridad en la familia, sino también una enorme responsabilidad que trae de cabeza a muchos padres, sobre todo cuando el niño va a ser escolarizado por primera vez. La mayor preocupación de los padres o tutores es acertar en una elección que puede marcar el futuro tanto académico como personal de los más jóvenes de la casa. No existen fórmulas mágicas, ni únicas. Se trata de una decisión que se caracteriza por ser totalmente personal.

Entre las preguntas que se hacen los padres para decidir la elección del centro educativo se encuentran algunas como: ¿Cuál será el mejor colegio? ¿Uno bilingüe? ¿El que esté más cerca de casa? ¿El que tenga menos alumnos por clase? O bien, ¿el que disponga de las mejores instalaciones?

Enrique Castillejo, presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de pedagogos y psicopedagogos de España, señala que la decisión de qué centro será el elegido para nuestros hijos, no es una cuestión baladí ni banal, y debe centrarse en lo que verdaderamente deben importarnos, los hijos. Castillejo manifiesta que “es importante conocer el ideario del centro y que esté en consonancia con nuestras creencias y/o deseos. Si entra en contradicción, es mejor dejarlo; tarde o temprano será una fuente de conflicto”. Asimismo, Castillejo destaca, entre otras prioridades a tener en cuenta, el proyecto educativo que desarrolla el centro, “ya que nos informará sobre los objetivos que se persigue y que nuestro hijo deberá conseguir, recordando siempre que debe ser de interés para el alumno, no para los padres”.

Mikel Egibar, responsable de Educación de Educo, afirma que tal y como señala el pensador y psicopedagogo italiano Francesco Tonucci, “la mejor escuela es la escuela de tu barrio, e indudablemente este es un criterio a tener en cuenta”. Según Egibar, “una escuela cercana permitirá a nuestras hijas e hijos que tengan más tiempo para descansar, para seguir jugando y relacionándose con sus amigas y amigos, que puedan pasar más tiempo con sus familias, y ofrecerá a estas mayores oportunidades de participación en la escuela”. Además, indica que “la posibilidad de que las familias participen y formen parte de las decisiones escolares es un elemento importante a tener en cuenta”.

Para Educo es importante que la escuela esté hecha a medida de la infancia y no al revés. Egibar comenta que este criterio “se centra en una escuela que sueña y se proyecta hacia el futuro pero que está, a su vez, profundamente anclada en el presente y en la vida; significa que es un escuela que da la bienvenida y acoge con respeto y cariño a nuestras hijas e hijos; que busca su desarrollo integral; caracterizada por el buen trato y donde el conflicto se entiende como una oportunidad de crecimiento y aprendizaje”. En definitiva, finaliza Egibar, “una escuela que reconozca y confíe en las capacidades de los niños y niños y potencie su autonomía y la cooperación entre aprendientes. Una escuela que rescate el valor de las diferencias y se construye desde la diversidad”.

Desde la Fundación Trilema, su presidenta Carmen Pellicer subraya que la escuela debe combinar la calidez y la calidad de las relaciones humanas –que es lo que más educa– con un proyecto educativo que sea valioso. El nivel académico que tenga es un factor, pero no es el más importante. En su opinión, “lo esencial es que el entorno afectivo y emocional en el que el niño se desenvuelva tenga una calidad humana excepcional; que los docentes tengan una buena preparación profesional, pero que el ambiente sea amable para que los niños sean felices en ese entorno”. Pellicer reitera que los padres deben elegir una escuela abierta a la familia para que pueda participar del aprendizaje y comparta con los docentes muchas de las iniciativas. Y hace hincapié en que “debe ser una escuela con un compromiso activo con la innovación y que permita el desarrollo de estrategias que fomenten el pensamiento crítico y creativo, así como una educación en valores potente y abierta, también, a la localidad”.

Por último, Carlos Fernández, presidente de la Asociación de Profesores de Madrid EDUCALIDAD, considera que el elemento que marca la diferencia y que resulta ser el pilar de la educación es el profesor. “Es importante averiguar cómo actúan los profesores del centro en las múltiples facetas del educador: capacidad de comunicación y motivación, adaptación al alumno, evaluación del rendimiento, etc. La actitud del profesor depende del equipo directivo, por lo que también es fundamental conocer su línea de trabajo, especialmente en gestión de recursos, aplicación de las normas y comunicación con los padres”, resalta Fernández.

http://elpais.com/elpais/2017/04/10/mamas_papas/1491807289_623882.html

Con cada inicio de curso escolar se reabren viejos debates entre posiciones aparentemente irreconciliables. Está el de los deberes sí o no, el de uniformes sí o no y también, entre otros, el que se centra en la jornada escolar: ¿continua o partida? Hasta hace no tanto, en España primaba la jornada partida. Hoy, como afirma Antonio Tinajas, la balanza está igualada. Según el catedrático de enseñanza secundaria y autor del artículo ¿Jornada escolar continua o jornada escolar partida?, publicado en la Revista Iberoamericana de Educación, “en general, son más las comunidades en las que las escuelas públicas siguen una jornada continua, aunque la población escolar total afectada por un tipo u otro de jornada es muy similar”.

Cabe recordar que las competencias en Educación están hoy cedidas a las Comunidades Autónomas y que son estas las que legislan sobre las características de la jornada escolar y sobre las condiciones en que es posible el cambio de la jornada partida a la continua. En la práctica, siguiendo esas condiciones, es cada colegio, a petición del Consejo Escolar y con la votación favorable del censo del centro, el que decide el paso de una jornada a otra.

Y aquí radica el primer punto de fricción. Para Leticia Cardenal Salazar, presidenta de la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (CEAPA), esta es una decisión que “no debería dejarse a la autonomía del centro, como no se dejan otras cuestiones relevantes, como es la elaboración del currículo de las asignaturas, por ejemplo o el calendario escolar”. Una posición totalmente opuesta a la que defienden desde el sindicato de la enseñanza pública ANPE, para el que la elección del tipo de jornada del centro educativo “debe corresponder a la autonomía de los centros” a través de un proceso “transparente, participativo y con garantías democráticas”. En ese sentido, desde el sindicato del profesorado recuerdan que el Consejo Escolar del Estado ya se pronunció hace años sobre la jornada continuada, “reconociendo el derecho de las comunidades educativas a establecer el tipo de jornada escolar”.

Quién quiere qué

Sea como sea, lo cierto, como la propia Leticia Cardenal reconoce, es que “se está generalizando que sean las comunidades educativas de los centros quienes decidan sobre el tipo de jornada que quieren”, de forma que se han ido incrementando el número de centros que se han acogido a la jornada continua. Un dato que sorprende, cuando desde la principal agrupación de asociaciones de Padres y Madres se muestran reacios al cambio. Según su presidenta, la explicación podría deberse en parte a que los debates sobre el particular “no se realizan en condiciones de igualdad entre familias y profesorado y el profesorado habla de pedagogía cuando lo que hay detrás es un interés de mejora en sus condiciones laborales”.

También señala al profesorado Antonio Tinajas, que señala a la gran diversidad de situaciones particulares que se dan entre las familias de un colegio, una coyuntura que en su opinión aprovecha el equipo directivo y el profesorado, que “tiende a abusar de la autoridad pedagógica que les atribuyen las familias”. Para Mariano Fernández Enguita, catedrático de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid, por su parte, solo existirían dos “grupos de madres” que se inclinan espontáneamente por la jornada intensiva: “las que no tienen ni buscan empleo o tienen uno a tiempo parcial que combina mejor con ella; y las de clase media acomodada y culta que, habiendo optado por la escuela pública, creen que a sus hijos les sobran horas y que podrían emplearlos mejor en otras actividades fuera de las aulas”. El resto, según Enguita, que conformarían la gran mayoría de madres y padres de alumnos, suelen ser sometidos en opinión del catedrático “a una desinformación sistemática y, a menudo, una presión poco escrupulosa desde el profesorado, que no para hasta que se convierten o se rinden”.

¿Tanta fuerza tiene el profesorado entre los padres y madres para que en abril de este año, sin ir más lejos, 215 de los 325 centros educativos de la Comunidad Valenciana que celebraron consultas sobre la organización horaria, votasen a favor de la jornada continua? Al contrario de lo que mucha gente piensa el cambio horario es una reivindicación mayoritariamente de las familias, de hecho, se da el caso de muchos claustros que no apoyan el cambio y ni siquiera se puede llegar a las votaciones de las familias. En el caso de mi centro y en muchísimos más, somos las familias las que hemos instado al centro para que inicien el proceso”, explica Asun Bañón, presidenta de la Asociación Plataforma A Favor de la Jornada Continua por la Libre Elección en la Comunidad Valenciana, una de las asociaciones más activas y reivindicativas en España.

El profesorado también se defiende de las acusaciones de buscar en última instancia una mejora de sus condiciones laborales. Desde ANPE recuerdan que “no se trata de una reducción de la jornada escolar del alumno ni del profesor, sino de una redistribución de la misma” (esta sigue siendo de 25 horas a la semana); y que en todo caso, la compactación de la jornada tiene otro tipo de beneficios para la función docente, que se ejerce “de forma más racional, fomentando una mayor interrelación personal y profesional del profesorado, facilitando la preparación de las clases, mejorando la programación docente y permitiendo el perfeccionamiento profesional de los docentes mediante una mayor posibilidad de acceso a cursos de formación”.

Argumentos a favor y en contra

Para Asun Bañón, la jornada continua también permite poder aprovechar mejor las horas libres de los niños: “Algo tan sencillo como que los niños puedan irse a una actividad (deporte, música, idiomas, cumpleaños) con los deberes hechos o la lección repasada, y no tener que retrasar esto hasta última hora de la tarde cuando los niños están demasiado cansados”. También destaca de ella su “flexibilidad”, lo que permite adaptarla a las necesidades de cada familia (“Las familias tienen diariamente tres opciones para la salida de los niños del cole, a las 14:00, a las 15:30 o a las 17:00 horas”); y la “reducción del absentismo, especialmente en el caso de los niños más pequeños, que se duermen después de comer”, que se produce al tener que ir solo una vez al centro escolar.

Al desarrollo de las actividades extraescolares gracias a la implantación de la jornada continua también aluden desde ANPE, desde donde afirman que “todo los países modernos han comprendido el alcance de las actividades extraescolares como forma nueva, sugestiva y original de prolongar y entender el aprendizaje fuera del ámbito escolar”. Unas extraescolares que deberían ser en todo caso gratuitas, para no caer en la discriminación del alumnado en función de sus posibilidades económicas.

A esa discriminación aluden precisamente desde CEAPA. Recuerda Leticia Cardenal que la escuela es “un espacio de formación integral para todo el alumnado, donde se forman todos sin diferencias de ningún tipo y donde, además se compensan las desigualdades sociales”. Una formación que debería ser entendida en un sentido amplio, más allá de la transmisión de conocimientos o del tiempo exclusivamente curricular; “la escuela es un referente de convivencia, socialización y participación. Por eso, cuanto menos tiempo sea común a todo el alumnado en la escuela, mayores serán las diferencias, ya que estas crecen en las familias porque somos las familias las que marcamos esas diferencias”.

Según Fernández Enguita, por su parte, la intensificación horaria “perjudica especialmente a los alumnos que ya tienen problemas con la escuela, que son muchos”. En ese sentido, aboga por ir hacia horarios flexibles, “con un núcleo central para todos y flexibilidad en las horas de entrada y salida”. En todo caso, en la coyuntura actual considera preferible la jornada partida, “ya que lo que pueden perder con ella algunos (salir antes de una escuela que les aburre y tener tiempo para actividades que les interesan más) me parece menos grave que lo que pueden perder sin ella otros al no poder seguir el ritmo y verse empujados al rechazo o al fracaso escolares”.

¿Existe una alternativa mejor?

Coinciden todas las fuentes consultadas en que no hay ningún estudio de carácter científico que avale que una alternativa es mejor que la otra; o que una de ellas conlleve mejoras significativas en la calidad de la enseñanza. “Ni los hay ni creemos que los haya, porque las mejoras que se pueden producir en la escuela obedecen a múltiples factores y no a uno exclusivamente. Por lo tanto, no podemos decir que un modelo sea mejor”, afirma la presidenta de CEAPA, que no obstante recuerda que ningún argumento de los que se esgrimen para pasar de jornada partida a jornada continua “son objetivables” y que tampoco han demostrado las mejoras con las que, en su día, se convenció a la comunidad educativa: “Podremos hablar del nivel de satisfacción de profesorado o de familias, pero poco más”.

Su opinión la comparte en parte Mariano Fernández Enguita, que aunque reconoce que los horarios escolares en España “no han tenido todavía el estudio sistemático que merecen”, afirma que hay ya “unas docenas de estudios aquí, y muchos más fuera” cuyas conclusiones se distribuyen “entre pocos y muchos, pequeños o grandes, efectos negativos” de la jornada continua. “No existe un solo estudio, ni uno solo, que sustente los beneficios académicos de la jornada continua. He documentado esto en un libro y varios artículos y vídeos”, concluye.

Antonio Tinajas, por su parte, hace referencia a la cronopsicología, una ciencia que intenta comprender qué factores influyen en el mantenimiento sostenido de la atención por parte de los escolares a lo largo de la jornada. “Sabemos que la atención depende de numerosas variables: la edad y la personalidad del individuo, la naturaleza de la tarea a realizar (perceptivo motriz o mental), si se trata de tareas individuales o en grupo, los procesos mentales puestos en juego, la motivación, pero existe un consenso según el cual, en los últimos años de primaria y en la ESO, la atención es baja a primera hora de la jornada y crece hasta alcanzar su máximo entorno a media mañana (la hora del patio). A partir de aquí, desciende a medida que avanza la mañana y decae bruscamente tras la comida. Durante la tarde, vuelve a incrementarse la atención hasta volver a alcanzar otro máximo a media tarde”, argumenta. Una evolución de la atención que, en apariencia, coincide mejor con el horario partido.

“Tal vez pueda influir algo el horario en el rendimiento académico”, conceden desde la Asociación Plataforma A Favor de la Jornada Continua por la Libre Elección en la Comunidad Valenciana, pero en todo caso consideran que esa influencia “sería meramente anecdótica” en comparación con las soluciones que la jornada continua facilita para la adaptación a los horarios “de una sociedad en constante cambio”. Una opinión que también refrendó el estudio A las tres en casa: el impacto social y educativo de la jornada escolar continua, dirigido por Elena Sintes. En él, la doctora en Sociología, en referencia al argumento, utilizado también por la corriente projornada continua de que esta mejoraba el rendimiento académico, concluía que “la causa que marca la mejora de los resultados académicos y escolares de los alumnos, se encuentra en la calidad del proyecto educativo del centro, no en su horario lectivo”. Por tanto, y dado que el horario “no supone una variable fundamental para la obtención de un mejor rendimiento académico”, consideraba “perversa” la asociación entre ambas variables.

https://elpais.com/elpais/2017/09/17/mamas_papas/1505641549_019224.html

La adolescencia es una de las fases de la vida más importantes. En ella, el cuerpo humano experimenta los grandes cambios que llevan a la aparición de los rasgos de la adultez, tanto física como mentalmente.

Ahora bien, la adolescencia no es una etapa única en la que todos los cambios se vayan produciendo en el mismo ritmo. Es por eso que es posible distinguir diferentes etapas de la adolescencia, que van marcando el ritmo del proceso de maduración.
Las distintas fases de la adolescencia

Existen diferentes criterios para establecer en qué momento termina una etapa de la adolescencia y en qué momento empieza otra. De hecho, no hay ningún criterio enteramente objetivo y definitivo para establecer esas fronteras temporales, ni lo puede haber; todo depende de en qué parámetros nos fijemos.

Sin embargo, eso no significa que no exista un cierto consenso acerca de cuáles son estas fases. A continuación puedes verlas explicadas y descritas.
1. Pre-adolescencia

La pre-adolescencia va de los 8 a los 11 años, y consiste en la etapa en la que se produce la transición entre la infancia y la adolescencia. Por eso, existe cierta ambigüedad acerca de si esta fase pertenece a la infancia a la adolescencia. Lo que sí es seguro es que en la mayoría de los casos, la pre-adolescencia coincide con el inicio de la pubertad.
Cambios físicos

Los cambios físicos que se dan en esta etapa son notables y afectan a muchas partes del cuerpo. Por ejemplo, es en este punto cuando los huesos empiezan a crecer de forma rápida y de manera desigual, lo cual puede hacer que cueste un poco más coordinar los movimientos (aparece una sensación de torpeza) y que aparezcan ligeras molestias en algunas articulaciones.
Cambios psicológicos

En esta etapa de la adolescencia se producen grandes progresos en la capacidad para pensar en términos abstractos. Es por eso que se es más capaz de reflexionar sobre situaciones hipotéticas o sobre operaciones lógicas y matemáticas. Sin embargo, normalmente al abandonar esta fase no se tiene un total dominio en estos ámbitos.

Del mismo modo, se tiende a tratar de encajar en los roles de género, para no salirse de los estereotipos relacionados con la apariencia y los comportamientos diferenciados del hombre y de la mujer.
2. Adolescencia temprana

La adolescencia temprana ocurre entre los 11 y los 15 años, y en ella se dan los principales cambios súbitos de tipo hormonal, hasta el punto en el que al abandonar esta fase el cuerpo es muy distinto al que se tenía durante la pre-adolescencia.
Cambios físicos

La adolescencia temprana es la fase en la que se producen los mayores cambios en la voz. Del mismo modo, se desarrolla la musculatura y los órganos sexuales hasta tener una apariencia mucho más adulta. El hecho de disponer de unos músculos más grandes hay que se necesite comer más y dormir durante mayor tiempo.

Del mismo modo, en muchos casos empieza a manifestarse el acné por la cara, debido a un aumento de segregación de sustancia grasa en la piel.
Cambios psicológicos

En la adolescencia temprana se llega a conquistar la total capacidad para pensar en términos abstractos, aunque esto solo se produce si se ha practicado esta habilidad y se ha gozado de una buena educación.

Del mismo modo, el gregarismo ocupa pasa a tener un papel muy importante tanto a la hora de relacionarse con los demás y de buscar referentes fuera de la familia, como a la hora de construir la propia autoestima y autoconcepto. En esta época se experimenta con diferentes elementos que pueden conformar una identidad, como la estética relacionada a tribus urbanas.

Del mismo modo, tiende a valorarse mucho la opinión que los demás tienen de uno mismo. Se considera que la imagen y la estética es un componente primordial de la propia identidad y bienestar.
3. Adolescencia tardía

Esta es la tercera y última de las etapas de la adolescencia, y ocurre aproximadamente entre los 15 y los 19 años, según la Organización Mundial de la Salud.
Cambios físicos

Las personas que se encuentran en esta fase suelen mostrar más homogeneidad en sus características que las que se encuentran en la adolescencia temprana, porque la gran mayoría ya ha pasado por los cambios más bruscos. Esto ha llevado a algunos investigadores a concluir que esta fase no se diferencia sustancialmente de la adultez, y que tan solo es un constructo social existente en ciertas culturas y no en otras. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el impacto psicológico de los constructos sociales es totalmente real y, por consiguiente, puede influir en el proceso de maduración, como veremos.

Durante la adolescencia tardía se acostumbra a alcanzar la altura máxima marcada por el propio crecimiento, y la complexión del cuerpo pasa a ser totalmente adulta. Por otro lado, las aparentes desproporciones que podían darse en la primera fase de la adolescencia desaparecen dando un aspecto mucho más cohesionado a las dimensiones de brazos, piernas, etc. Por otro lado, el cuerpo también gana masa muscular y la propensión a acumular grasas se mantiene más o menos estable o incluso se reduce un poco, si bien la adopción de mejores hábitos alimenticios también cumple un papel en esto.
Cambios psicológicos

En esta etapa termina de desarrollarse la conciencia social y se empieza a dedicar mucho tiempo a pensar en situaciones y procesos que no están limitados a lo que se puede ver, oír y tocar en el entorno inmediato. Es una renuncia al egocentrismo típico de las etapas anteriores, si bien no desaparece del todo.

Los planes a largo plazo pasan a ocupar un papel mucho más importante que antes, y la imagen que se da, aunque sigue siendo relevante, empieza a dejar de ser uno de los principales pilares de la propia identidad. Se abandona buena parte del egocentrismo que definía la infancia y el resto de etapas de la adolescencia, lo cual hace más probable que estos jóvenes se interesen por la política y los procesos sociales en general, pues sus objetivos pasan a estar más relacionados con aquello que está más allá de sus círculos sociales.

A pesar de que la importancia de la estética suele decaer, en algunos casos la estética sigue siendo tan importante que en ciertos casos se puede llegar a desarrollar un Trastorno de la Conducta Alientaria.

https://psicologiaymente.net/desarrollo/etapas-adolescencia

 

La pequeña Ruth, de siete años, tiene claro cómo actuar en la piscina este verano: “Es importante aprender a nadar, estar bajo la supervisión de un adulto y sin hacer juegos peligrosos cerca del agua, porque te puedes caer”, cuenta, aún mojada, tras salir de la piscina del Colegio Litterator de Aranjuez (Madrid). Allí se acaba de celebrar un simulacro de ahogamiento y rescate en piscina del que esta estudiante de Segundo de Primaria ha sido la protagonista. Y algo más: “Tampoco se puede molestar al socorrista, porque él está para ayudar, no para jugar con nosotros”.

Puede que el colectivo infantil no sea el que más ahogamientos sufra, “pero sí es el más evitable. Si la persona adulta asume su responsabilidad, el accidente se puede evitar”, sostiene Laura Muñoz, responsable de Comunicación de la Asociación DIA de Víctimas de Accidentes, organizadora de este simulacro celebrado el pasado 4 de junio y que contó con la colaboración del SUMMA 112 y de la Policía Municipal. En los primeros cinco meses del año, han fallecido 85 personas por ahogamiento; cifra que ascendió a 373 el año pasado, según la Federación Española de Salvamento y Socorristas.

¿Qué hacer en caso de accidente? Lo primero es avisar a los servicios de Emergencias, es decir, marcar el 112: “Cuando se lo explicamos a los niños pequeños, les insistimos mucho en esto, y la verdad es que funciona muy bien”, explica Julián Sánchez, coordinador de Equipos Técnicos del SUMMA 112. “Luego, valorar los signos vitales: si se mueve, si tose o si intenta respirar, algo que cualquier persona puede valorar y que le servirá al SUMMA para saber rápidamente si la víctima está viva. Y, por supuesto, explicar lo que ha pasado y dónde se está”.

Las precauciones de los adultos

A lo largo de los últimos cuatro años (de 2015 a 2018), el número de fallecidos ha alcanzado los 1.706, de los que 111 eran niños y 595 ancianos. Y aunque pueda parecer que las piscinas de casa son más seguras, uno de cada tres ahogamientos sucede en piscinas privadas. Por eso, se esté donde se esté, es fundamental que los padres tomen una serie de precauciones: “Los niños siempre tienen que estar con un responsable adulto; hay que respetar las horas de máximo calor; no dejar juguetes en la piscina o cerca de ella, porque nos podemos despistar, que el niño vaya a por ellos y se pueda caer; y también evitar las comidas copiosas en la piscina”, recuerda Julián Sánchez. Y es que la labor del padre o madre comienza en el mismo momento en que llegamos al recinto:

  • Examina los posibles peligros que haya en la piscina, especialmente si no estás familiarizado con ella: qué profundidad tiene, si hay desagües o algún mantenimiento en curso, por ejemplo.
  • Ponte en el lugar de tu hijo y mira la piscina con sus ojos, incluyendo sus rutas de acceso y el estado de la valla instalada en el perímetro (que, según el Ministerio de Sanidad, ha de tener una altura mínima de 1,2 metros)
  • Tu vigilancia ha de ser permanente mientras estéis cerca del agua (sea piscina, río o playa); nunca la delegues en el socorrista o en otro menor (aunque sea mayor y responsable).
  • Observa la regla del 10/20: mira hacia la piscina al menos cada 10 segundos, y asegúrate de que podrías agarrarle del brazo en no más de 20 segundos.
  • No dejes que se bañen solos.
  • Mejor chaleco que flotadores o manguitos, ya que estos podrían salirse al tirarse al agua, y comprueba que tienen el logotipo “CE” que certifica que está homologado.
  • Enseña a los niños a flotar y nadar cuanto antes, ya que esto incrementará las posibilidades de que no se ahoguen.
Consejos para evitar que los niños se ahoguen en la piscina

¿Qué es lo que no debes hacer?

Socorrer a una persona en apuros es una reacción lógica que, por supuesto, también tenemos cuando estamos en la piscina o en la playa. Pero conviene pensar primero si se está capacitado para prestar esa ayuda: se han dado muchos casos de personas que, queriendo ayudar, acabaron pereciendo junto a la persona que estaba en peligro.

Si hay un socorrista y este no se ha percatado, lo mejor es avisarle y dejarle actuar; si no lo hay y la víctima está activa (es decir, aún se está moviendo), facilitarle un flotador o pértiga a la que se pueda agarrar. Pero si no la tenemos ni estamos entrenados para socorrer a la víctima, “lo mejor es esperar. Si estamos en un lugar donde no hacemos pie, conviene ponerse cerca de la víctima y dejar que se ahogue, es decir, que pase a ser víctima pasiva”, afirma Marcos Andrés, socorrista y trabajador social de Fundtrafic, la fundación de la Asociación DIA. “Entonces ya se le puede abordar y sacar del agua, para iniciar la valoración” y, en su caso, reanimación.

En cualquier caso, la rapidez de acción (siempre con sentido común) es fundamental. Ante un ahogamiento, hay que aplicar la regla del 10%: “Desde que pierde el conocimiento, cada minuto que pasa sin que se actué reduce en un 10% las posibilidades de recuperación de la víctima”, explica Andrés. Puede que, si pasa demasiado tiempo y no hemos hecho nada, la posible recuperación deje secuelas importantes.

También hay otra serie de actuaciones que siempre conviene evitar:

  • No permitas que los niños jueguen con el material de salvamento; no son juguetes.
  • Evita minusvalorar las caídas que puedas sufrir en la piscina, ya que hasta un golpe en apariencia inofensivo puede tener consecuencias serias.
  • No consumas alcohol ni drogas en la piscina, ya que te dan una falsa sensación de control, haciendo que te sobrevalores y no analices bien la realidad.
  • No dejes que tus hijos se metan en la piscina con los cordones del bañador sueltos. Se han dado casos en los que este cordón se ha encajado en alguna rejilla al fondo de la piscina.
  • Es mejor que evites el baño en las dos horas siguientes a la comida, y muy especialmente si el agua está especialmente fría. Lo que nos contaban de pequeños y que nos parecía una exageración tiene su razón de ser: el contraste de temperaturas hará que el cuerpo mueva sangre del estómago, donde está concentrada durante la digestión, a las extremidades. El corte de digestión no causa la muerte, pero sus síntomas (vómitos, mareos) pueden provocar un accidente con consecuencias graves.

Y los niños, ¿qué pueden hacer?

Como padres, es esencial asegurarse de que los niños son conscientes de las medidas de precaución que han de tener siempre presentes, entre ellas ejercer el máximo cuidado al caminar por el borde o áreas aledañas a la piscina (la denominada “zona de playa”), para evitar caídas imprevistas; respetar el tiempo de digestión; que, si ven a alguien que ha sufrido un accidente, o pierden de vista a un hermano o a un amigo, avisen rápidamente a un adulto; y, finalmente, no tirarse de golpe al agua, porque pueden hacerse daño.

Descuentos a jóvenes para viajar en verano. El Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana ha activado descuentos de hasta el 90% para facilitar a los jóvenes de entre 18 y 30 años viajar en transporte público este verano, tanto por España como por Europa.

Descuentos a jóvenes para viajar en verano: Una oportunidad para explorar el mundo

El verano es una época en la que muchos jóvenes aprovechan para explorar nuevos destinos, descubrir culturas diferentes y vivir aventuras inolvidables. Sin embargo, uno de los obstáculos que a menudo se encuentran es el presupuesto limitado. Para hacer frente a esta situación, el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana ha activado descuentos de hasta el 90% para facilitar a los jóvenes de entre 18 y 30 años viajar en transporte público este verano, tanto por España como por Europa.

Estos descuentos son una iniciativa innovadora que busca fomentar la movilidad de los jóvenes, permitiéndoles disfrutar de experiencias enriquecedoras sin que el factor económico sea una limitación. Con ellos, se pretende incentivar el turismo entre la población más joven, promoviendo al mismo tiempo la sostenibilidad y la utilización de medios de transporte más respetuosos con el medio ambiente.

Una de las principales ventajas de estos descuentos es su amplio alcance geográfico. Los jóvenes podrán disfrutar de tarifas reducidas tanto en el transporte público nacional como en el internacional. Esto significa que tendrán la oportunidad de explorar ciudades y rincones de España, así como embarcarse en aventuras más allá de sus fronteras. El acceso a precios más asequibles abre un abanico de posibilidades para los jóvenes viajeros, que podrán conocer distintas culturas, sumergirse en nuevos entornos y ampliar sus horizontes.

Turismo sostenible

Además, estos descuentos contribuyen a impulsar el turismo sostenible. Al facilitar el acceso al transporte público, se fomenta el uso de medios de desplazamiento más respetuosos con el medio ambiente, como el tren o el autobús. Esto es especialmente relevante en un contexto en el que la preocupación por el cambio climático y la sostenibilidad están en constante aumento. Los jóvenes, conscientes de la importancia de cuidar el planeta, podrán elegir opciones de transporte más ecológicas y así contribuir a la preservación del medio ambiente.

Para poder beneficiarse de estos descuentos, los jóvenes deberán cumplir con los requisitos establecidos por el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana. Estos suelen incluir aspectos como la edad, generalmente comprendida entre los 18 y 30 años, y la presentación de un documento acreditativo, como el DNI o el pasaporte. Es importante consultar la normativa vigente y los requisitos específicos de cada oferta, ya que pueden variar en función del destino y el medio de transporte.

En resumen, los descuentos a jóvenes para viajar en verano son una excelente oportunidad para que los jóvenes puedan disfrutar de experiencias únicas sin que el presupuesto sea un obstáculo. Estas iniciativas promovidas por el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana permiten a los jóvenes explorar España y Europa de manera más accesible y sostenible. Viajar en transporte público se convierte en una opción atractiva que combina la diversión, la aventura y la conciencia medioambiental. ¡Es hora de hacer las maletas y comenzar a descubrir el mundo!