La molécula que denomina al alcohol se llama ‘etanol’ y es una sustancia tóxica. En la composición de las bebidas alcohólicas está el etanol en forma natural o adquirida, y su concentración es igual o superior al 1% de su volumen.
Según la RAE, ‘tóxico’ es toda sustancia o preparado que, en pequeñas dosis, produce la muerte o efectos agudos o crónicos, por inhalación, ingestión, o penetración en la piel. “Es un líquido transparente e incoloro y el principal ingrediente de bebidas alcohólicas como la cerveza, el vino o el brandi. Como se disuelve fácilmente en agua y otros compuestos orgánicos, también es un ingrediente de cosméticos, colonias, pinturas, barnices y combustibles. ¿Puede ser saludable algo que se usa sobre todo como disolvente, desinfectante, y combustible?”, alerta en una entrevista el pediatra Carlos Casabona.
Este médico zaragozano ha publicado junto al dietista-nutricionista Julio Basulto ‘Beber sin sed’ (Paidós), una auténtica guía sobre todas las bebidas habidas y por haber, y que suelen formar parte de nuestro día a día, y es que es vital saber lo que bebemos porque es tan importante, o más, que lo que comemos.
Ambos autores dedican un capítulo de su libro a las bebidas alcohólicas, sobre las que llaman la atención que muchas veces las tomamos sin tener sed, gracias a esa ‘cultura de la bebida’ actual que en su opinión “tanto nos perjudica”. De hecho, llaman la atención sobre el hecho de que al año casi 3 millones de muertes tienen lugar como consecuencia del consumo de alcohol, siendo además esta bebida “la primera causa de mortalidad y de discapacidad en personas de 15 a 49 años”.


Las 6 razones por las que el alcohol es malo para nuestra salud


Las razones por las que el alcohol es dañino para nuestra salud serían las siguientes señalando que fundamentalmente éstas se derivan de su composición química:
1.- Es neurotóxico (afecta a las neuronas): El alcohol afecta, en pocos segundos tras su ingestión, a la capacidad de razonamiento cada vez que se bebe, aunque sea poca cantidad. No existe una dosis de consumo segura, aunque la publicidad arme que disfrutemos de un consumo responsable. Así pues, daña, sin duda a las neuronas, lo que provoca un daño permanente a la memoria, a la capacidad de razonamiento y a la forma en la que nos comportamos.
2.- Es adictivo, es decir, que su ingesta habitual puede condicionar una necesidad física de su consumo de manera diaria, de tal manera que se convierte en un hábito insano del que sea muy difícil salir sin ayuda.
3.- Es teratogénico: Afecta al feto y puede provocar malformaciones graves y trastornos del espectro alcohólico fetal (TEAF). Hasta 40.000 bebes nacen con un TEAF cada año en los Estados Unidos. Estos trastornos son de por vida, y sus efectos pueden resultar en problemas graves de orden físico y mental.
4.- Es cancerígeno: Su consumo se ha relacionado con cáncer de boca, faringe, de laringe, de esófago, de mama en mujeres, de hígado y de intestino.
5.- Está implicado en millones de muertes en el mundo por accidentes de tráco, suicidios, agresiones mortales, etc.
6.- Provoca problemas emocionales y laborales en los individuos, en sus familias, en el conjunto de la sociedad y tiene elevados costes económicos y medioambientales.


APUNTES QUE DEBES CONOCER


Ambos especialistas avisan también en el libro de ciertos aspectos que debes conocer, como por ejemplo su enorme rechazo, y más que contrastado cientícamente, de que una copa de vino al día es beneciosa para la salud del corazón: “El nivel de de consumo de alcohol que minimiza la pérdida de salud es cero. Lo único que podemos hacer con las bebidas alcohólicas es desaconsejarlas”.

Aquí recuerdan también que por ejemplo la Sociedad Europea de Cardiología en 2019 declaró que “no debe promoverse en consumo de alcohol con moderación para proteger la enfermedad cardiovascular”, al mismo tiempo que la OMS en 2012 señaló que “el alcohol es perjudicial para el sistema cardiovascular”. Por eso sentencian: “El vino no es bueno para el corazón. Cualquier bebida alcohólica eleva el riesgo de sufrir problemas de corazón”.
Otro aspecto que mencionan es aclara que las ‘cervezas sin alcohol’ sí tienen alcohol. “Poco, pero tienen. Su graduación alcohólica es menor al 1% de su volumen.
Mientras, la ‘0,0’ tiene una graduación alcohólica de un 0,03%”, precisan Casabona y Basulto.
A su vez, destacan que, si lo que te preocupa es tu peso, el alcohol estimula el apetito y sus calorías líquidas (y vacías de nutrientes) aumentan el riesgo de obesidad. “Si te preocupa tu peso, reduce el consumo de bebidas alcohólicas”, agregan.
Casabona y Basulto resaltan también que cualquier dosis de cualquier bebida alcohólica (incluidos el vino y la cerveza) incrementan el riesgo de padecer distintos tipos de cáncer. “El Fondo Mundial para la Investigación del Cáncer aconseja evitar el consumo de cualquier bebida alcohólica para prevenir el cáncer”, agregan.

Fuente: Infosalus.

MÓNICA MORÁN. Acaba de cumplir los 18 y define el móvil como una extensión más de su cuerpo. A pesar del calor no se quita la chaqueta de chándal. Mónica Morán es de León, ha venido a pasar el fin de semana a Madrid. Le cuelgan aros de las orejas, lleva un pendiente plateado en la lengua. Ha comido en un Burger King junto a la plaza Mayor con dos amigos de León y otro de Barcelona, cuya amistad se ha cimentado a través de las redes sociales. En el interior del local los cuatro estaban bastante inquietos porque hablaban de cosas que han vivido, y de las que tienen testimonio gráfico, pero allí no llegaba la cobertura así que cogían el móvil y agitaban el brazo, a ver si les entraba alguna barrita. Al salir, a Morán la frenan dos chicas y entre risas vergonzosas le piden hacerse un selfie. La noche anterior, la leonesa cruzó el umbral de los 700.000 seguidores en Instagram, que es algo así como la gran plaza virtual en la que coinciden millones de adolescentes. A ella suben fotos, vídeos y las llamadas instastories o historias a secas, que a menudo son pequeños fogonazos de sus vidas que desaparecen a las 24 horas. Como cuentan cosas en tiempo presente, a través de una de ellas me he enterado esta misma mañana de que Morán iba de camino a Madrid: aparecía ella en un tren, junto a sus amigos, con cara de dormidos y llamaradas en la cabeza.

Contacto a Morán por WhatsApp:

Conversación por Whatsapp

La cita es en el centro. Y enseguida Morán dice que este es su “primer verano como influencer”. Hace un año solo tenía su cuenta “privada” con unos 1.000 seguidores, lo habitual para alguien de su edad medianamente popular, “popu” en la jerga. En agosto de 2017, abrió una cuenta pública y empezó a colgar en ella vídeos que elaboraba en otra red social llamada Musical.ly, que se propaga entre menores como un tsunami. Los chavales graban en ella piezas breves similares a un videoclip: mueven los labios marcando las letras y se contonean con más o menos gracia. Morán suele acompañarse de trap y reguetón. Se graba sola o con amigos, compone transiciones imaginativas en la calle y en su casa, y baila al ritmo de temas provocativos, como este de Farruko, que supera las 600.000 reproducciones:

Para un novato resulta un misterio cómo se compone uno de estos vídeos. Muy pocos, fuera de la burbuja adolescente, conocen Musical.ly. Oí hablar por primera vez de esta red en un hogar de clase media ubicado al norte de Madrid. Aún era invierno.

QUEMANDO EL MÓVIL


Es un viernes de febrero, ocho y pico de la tarde, ruedan las coca-colas y las patatas fritas, hay una tele encendida con videojuegos ahí al fondo, donde se entretienen los hermanos mayores. Los padres se sientan en el sofá y en la mesa de la cocina se quedan los pequeños. Eva, Laura, Diego. Tienen 13, 14 y 15 años. Para romper el hielo, y explicar cómo usan el móvil, comienzan con “los fueguitos” de la red social Snapchat, que miden, según cuentan, el grado de amistad con una persona al otro lado. Una madre, antes de esfumarse, aporta: “Debe de ser interesante porque, a ver, Laura entre semana no tiene el móvil, porque si no no estudia. Y siempre me dice: ‘Mamá, por favor, déjamelo; es que tengo cinco fueguitos con no sé quién y los voy a perder”. La hija gruñe: “Es que no se pueden recuperar. Es muy difícil”. Otra madre añade: “Yo de esas cosas es que ni me entero”. Finalmente, los adultos se alejan y dejan que hablen sus hijos.

Eva y Laura han colocado su móvil sobre la mesa. Un Bq y un Samsung, táctiles, pantalla grande. Diego lo ha dejado en casa. La conversación transcurre a trompicones. No es fácil colarse en su mundo. Cuesta romper la burbuja, la barrera de la edad. Y hoy, en ese hermetismo, juega un papel clave el smartphone. Un territorio propio. Su adquisición marca, como un rito de paso, el fin de la infancia: a los 10 años, según el INE, tienen un móvil el 25% de la población; a los 14, un 93%. En esta era tecnológica se es adolescente en la medida en que uno dispone de teléfono conectado a la Red.

Los tres recuerdan con precisión la fecha en que lo recibieron:

—Cuando hice la primera comunión, en 2013.

—El pasado verano.

—El 23 de diciembre de 2015.

Si se les pregunta cuánto lo usan, no saben ni qué contestar: “Buf, no sé, ja, ja”. Los padres ponen restricciones o lo esconden. Los profesores lo prohíben y lo requisan. “Te ven con él y es como si estuvieras a punto de explotar una bomba nuclear”, según Diego. Los chavales tienen sus fórmulas para tratar de pasar más tiempo con el aparato, como irse en el recreo detrás de unos bambús. Hablar, en el sentido tradicional, apenas lo hacen. Pero sí se llaman, por ejemplo, cuando juegan a polis y cacos en el pueblo: “¡Es mucho mejor! Se vuelve un juego más de estrategia”. Lo que más usan, convienen, es Whats­App. Vale para una conversación íntima y para saber qué hay de deberes y estudiar en común y para pasar a toda velocidad las respuestas de un examen de una clase a otra y para que los padres sepan dónde andan y para enviar memes y chistes y test psicológicos. “Para hablar con amigos”, sería el resumen. Eva, que es la de 13 años, muestra el chat de su clase. Están 24 de 28 alumnos.

Facebook y Twitter, para ellos, han pasado de moda. Snapchat anda de capa caída. Ahora, dicen, despunta Musical.ly, que definen como “una especie de karaoke; ponen una música y tú tienes como que ir haciendo las cosas”. Diego reniega, porque no hay rock en esa red social. Para escuchar sus canciones favoritas en el móvil convierten vídeos de YouTube a MP3 y las reproducen con Google Play. Siguen a youtubers jóvenes como Paula Gonu, los hermanos Jaso, y Soy una pringada, la más contracultural de los tres, que saluda a sus 220.000 suscriptores maquillada como un cadáver.

A veces, Laura ve series en el teléfono mientras desayuna. O lo usa como un entrenador personal, para hacer tablas de ejercicios en casa. Los tres tienen algún juego en el móvil (de fútbol, de una bolita, de números). Y por encima de todo esto, en el pedestal, se encuentra Instagram. A Laura la siguen casi 700 personas; a Eva algo más de 300; a Diego poco más de 100. Sus perfiles están “candados”, es decir, solo se los puede seguir si ellos lo autorizan. Pero tanto Eva como Laura reconocen que tienen más cuentas. En una de ellas, en la que llaman “privada”, solo dan acceso a su círculo más cercano, y muestran en ella su cara más vulnerable. Los tres siguen a Cabronazi, con 3,5 millones de followers, que tratan de explicar: “Hace memes”, “tonterías”, y los tres se parten de risa. Laura dice que sigue a famosos, como las Kardashian. Y Diego asegura que usa Instagram para “informarse”, es decir, si un periódico al que sigue sube alguna foto, la mira. “No voy a estar bajando a buscarla”. De los tres, la más activa parece Laura, que añade una foto suya cada dos semanas: “Lo tengo programado así para que reciba los mismos likes que la anterior”. En ellas, suele posar mirando al infinito y con alguna frase impactante.

De la casa salgo con un chat compartido con los tres, autorizado por sus padres. Lo bautizo Quemando el móvil, le añado un icono de un teléfono ardiendo. Y a lo largo de cinco meses han ido compartiendo un poco de todo.

Un día, Laura envió un vídeo del youtuber Hamza Zaidi, un joven madrileño de origen marroquí. Y añadió: “Me sentí superidentificada”. Titulado Espionaje de chicas, en el clip Zaidi interpreta a una joven que llama a sus amigas porque su novio ha quedado para salir “de fiesta”; activan de inmediato un “código de espionaje” para comprobar si liga con otras: “Ok, tía, yo me dedico a espiarle los stories”, responde una, mientras otra se dedica “a ver si le da ‘me gusta’ a alguna zorra”.

Unas semanas después, sondeo en el chat sobre ese botón de me gusta y el efecto like:

Conversación por Whatsapp

Tras unos días, vibra el chat:

Conversación por Whatsapp

GENERACIÓN IPHONE


Sean Parker, el arrepentido expresidente de Facebook (compañía también dueña de WhatsApp e Instagram), habló en 2017 sobre ese botón de like. Confesó que surgió de las estrategias para tratar de “consumir el mayor tiempo posible de atención consciente de la gente”; que le daba a los usuarios “un pequeño golpe de dopamina” y de ese modo lograba “explotar una vulnerabilidad de la psique humana”. La validación social. Añadió: “Solo Dios sabe lo que le está haciendo a la mente de nuestros hijos”.

Esos hijos, los adolescentes de hoy, nacieron ya bajo el influjo del móvil. La mayoría de los entrevistados para este reportaje, de entre 13 y 19 años, distinguen en sus primeros recuerdos a los adultos con un apéndice en la mano. El primer teléfono que se le viene a la mente a una de 16 es el Nokia que le dejó su madre para jugar a la serpiente en un restaurante (probablemente para que no diera la lata). Tomaron potitos entre SMS, se desarrollaron a la vez que el 3G, se curtieron en redes sociales en espacios virtuales para niños como Habo, se foguearon en la mensajería instantánea con el Messenger, soplaron diez velitas con la globalización del iPhone, que nació en 2007, y sintieron muy pronto el hormigueo en la tripa de una nueva solicitud de amistad. Para los más veteranos, tener un millar de seguidores es “como la base”, y flirtean antes por Instagram que cara a cara. Cuando quieren pasar a mayores, piden el número de móvil y siguen por WhatsApp, arguyendo alguna excusa que ellos sí entienden: “Es que me quedan pocos datos”.

El 49% de los españoles de entre 14 y 18 años usa más de cuatro horas al día WhatsApp y otros servicios de mensajería y el 70% pasa más de dos horas diarias en redes sociales, según el informe Etudes del Ministerio de Sanidad (2016). Casi todos (más del 95%) lo hacen a diario, a través del smartphone y desde casa, según el Estudio General de Medios.

El móvil, se podría decir, es como la calle del siglo pasado. Algo así me comenta Mónica Morán, que tuvo su primera Blackberry a los 13, en un audio de WhatsApp

“Hoy en día pues obviamente no hay la misma libertad que antes (…) Entonces, claro, cuando te dan el móvil es una especie de libertad que te dan sin necesidad de salir a la calle (…) Puedes hablar, puedes jugar con tus amigos, puedes hacer de todo a través del móvil sin casi ni tener que salir de casa”

En estos tiempos, “abrir un privado” equivale a llamar al timbre de casa de tu mejor amigo. Y las estadísticas (del Injuve, el CIS y el INE) parecen sugerir un cierto efecto jaula dorada: los adolescentes de hoy salen menos por la noche que hace una década (también beben menos, fuman menos y se drogan menos). Pero en los últimos años crece el número de los que nunca quedan a dar una vuelta, nunca practican deporte fuera del colegio ni hobbies del estilo “pintar, tocar algún instrumento, escribir” y nunca leen un libro por placer. También aumenta el número de quienes se declaran “insatisfechos”; y cae el de quienes duermen más de ocho horas. La crisis podría explicar una parte de todo esto, y también el cambio en el modo de consumo y de los patrones sociales. Pero el móvil y la hiperconexión digital probablemente tengan algo que ver. Otra prueba indiciaria: si el coche fue el símbolo de independencia juvenil hasta hace poco, tener el carné de conducir ya no parece indispensable para los que vienen. En 2008 el 52% de los jóvenes se lo había sacado antes de los 20; en 2016 no llegaban al 38%.

En este tipo de investigaciones generacionales trabaja Jean M. Twenge, profesora de psicología de la Universidad de San Diego, que lleva 25 años estudiando la evolución de los adolescentes estadounidenses. Editó el año pasado el libro iGen, una llamada de atención sobre el cambio profundo en el modo de vida de los posmillennials. Tal y como explicó en una adaptación de su ensayo publicada en la revista The Atlantic, siempre han existido diferencias entre épocas, pero estas solían ser graduales. Hacia 2012, sin embargo, comenzó a descubrir saltos abruptos en las gráficas: “Las suaves pendientes se volvieron montañas y acantilados escarpados (…) En todos mis análisis de generaciones —algunos llegan hasta 1930— no había visto nada parecido”. Falta de sueño, menor número de quedadas con amigos, menos citas, menos sexo, ausencia de diálogo con la familia, mayor sensación de soledad, incremento notable en los síntomas depresivos… “Las correlaciones son lo suficientemente fuertes como para sugerir a los padres que les digan a sus hijos que suelten el móvil”.

RADIO GUARIDA


Raquel Robles es profesora en un taller de radio en un centro juvenil de Móstoles, un municipio del sur de Madrid. Sus alumnos tienen 13 y 14 años. Un sábado de abril aceptan recibirme en su programa semanal para hablar de móviles. Ante la inminente cita, la profesora me avisa de que va a crear un grupo de WhatsApp con los chavales y advierte: “Espera la lluvia de corazoncitos”. Enseguida, Robles provoca una cascada de emoticonos cuando envía al grupo un vídeo de ellos haciendo el ganso en la radio:

Conversación por Whatsapp

La Guarida, así se llama el centro juvenil, se encuentra en un edificio colmena encajonado junto a las vías del tren. En la pared de entrada al estudio cuelga un cartel a rotulador: “El amor es como el wifi. Todos quieren tenerlo pero nadie conoce la clave”. En torno a la mesa, los chavales hablan a micrófono abierto:

Lucía: No sé si os pasa, pero como que uno se pone con el móvil para buscar cosas en Internet al estudiar, el significado de palabras, cosas así, y termina en YouTube.

Samia: Estás en la calculadora resolviendo algo, y te llega un mensaje de WhatsApp; dejas la calculadora y te pasas al WhatsApp.

Lucía: Y luego se te olvida lo que estás haciendo.

El programa sigue y Melisa cuenta que sus padres se lo requisan a diario. “Me lo dejan en fin de semana y ya desfogo”. Desfogar significa que puede pasar seis horas seguidas con él. Ve o hace musical.lys, se mete en Snapchat, lee relatos en Wattpad, donde los usuarios suben sus propias historias. De hecho, ha llegado a la radio y se le ha muerto la batería. Lástima, porque quería leer una de las poesías que a veces anota en el móvil, cuando no le quedan datos, y va en el autobús sin wifi. También lo usa para enterarse “de lo que pasa”. Es decir, como es “superfán” de Operación Triunfo, sigue “un canal que te pone las noticias de última hora”. Y usa también la aplicación Classroom, un aula virtual donde los profesores del instituto suben sus lecciones.

Al poco, Melisa alarga el brazo y hace un selfie; Raquel inmortaliza el momento y envía la foto al chat:

Conversación por Whatsapp

Poco después, Lucía dice con timidez: “Mis padres no me lo prohíben. Más bien soy yo la que me lo prohíbo, porque muchas veces me quedo ahí como muy enganchada…”. Samia añade: “Si te quitan el móvil es como que te falta algo. Pero te ayuda a dormir mejor, porque no te acuestas con él, tantas horas, eso daña los ojos, y estudias mejor”. Mario: “Lo complicado es jugar a juegos de mesa con dos personas con el móvil, y no miro a nadie”. Melisa: “Es verdad. Soy culpable. He estado mirando musical.lys”. Samia, de nuevo: “En mi instituto, los de 16 años están enchufados en el recreo, y no lo dejan hasta que suena el timbre. Creo que deberían aprovechar para jugar”. Melisa, sobre los peligros: “Que te hable alguien al que no conozcas. O que un pederasta te pida fotos y se las des”. Y Samia: “Hay que tener cuidado. Si subes una foto medio desnuda o en toalla, todos esos seguidores te van a empezar a comentar y pueden hacer captura, y mandarla a otra red social”.

Por cosas así, Pablo Llama, psicoterapeuta del programa de adolescentes de Proyecto Hombre, con experiencia tratando el uso abusivo de la tecnología, considera peligroso hablar de nativos digitales. “Porque presuponemos que están preparados. Y nada más lejos de la realidad. Manejan la tecnología, pero están desnudos en el mundo digital”. Un estudio de la red europea EU Kids Online da alguna pista sobre el tipo de impactos que recibe ese cerebro desnudo. El documento analiza por tramos de edades, y compara la evolución entre 2010 y 2015, cuando se generalizó el uso del smartphone. Datos para los de 15 y 16 años: un 42% recibió mensajes sexuales en 2015 (frente a un 13% en 2010); un 70% vio imágenes sexuales (frente al 17% en 2010); el 28% sufrió bullying o ciberbullying (frente al 18% en 2010). Creció también el número de quienes se sentían “aburridos” cuando no podían conectarse (39% frente al 15%).

La coordinadora del estudio, la socióloga de la Universidad del País Vasco Maialen Garmendia, dice que, en cualquier caso, a menudo se exagera todo lo que tiene que ver con los jóvenes: “Se habla de dependencia de los adolescentes. ¿Y qué pasa con los adultos?”. Solo hace falta echar un vistazo en el metro, en la oficina, en los parques, en cualquier cena de cualquier hogar.

MILA


Un día, apareció en la redacción una adolescente llamada Mila. Ella quería saber cómo se preparaba un reportaje; yo le dije que, siendo adolescente, podía echarme un cable. Le pasé un artículo de Financial Times titulado ‘La vida secreta de los hijos y sus teléfonos’. Me lo devolvió con la penúltima frase subrayada. Donde decía “las redes sociales permiten a las personas ser ellas mismas”, añadió a lápiz: “A veces te fuerza a ser como los demás quieren y terminas perdiendo tu esencia”.

Mila es alta y fuerte. Cinturón negro de yudo. Y en su mochila lleva un libro de Thomas Mann. Tiene 16 años, los ojos del color del desierto y una melena hasta media espalda. Odia el reguetón, se ha quitado de Instagram. Me ha contado que en su instituto el móvil está prohibido, y entonces los alumnos aprovechan el recreo para salir a la puerta y mirarlo. Así que un viernes por la mañana le escribo un mensaje:

Conversación por Whatsapp

Nos sentamos en un banco a la puerta de un instituto para ver el ambiente. A las 11.00, comienzan a acumularse chavales en la entrada. El que sale, saca el móvil del bolsillo como un acto reflejo. Los novios se besan, se despiden y, al girarse, desenfundan y se alejan mirando la pantalla. Muchos llevan un auricular colgado de la oreja, aunque hablen con el resto. Uno camina haciendo rotar el smartphone como un revólver. En la marquesina, frente a la entrada, destaca un anuncio de Samsung. Mientras, Mila cuenta que, a veces, cuando queda con amigos, hacen una “montaña de teléfonos”. Colocan uno sobre otro, como ladrillos, y el primero que lo coja pierde y paga la cena, por ejemplo. Lo hacen para tratar de hablar cara a cara. Le pregunto si en verano aún se escriben cartas en papel entre amigos. Me mira como a un marciano. “Si quieres ser clásico, mandas un e-mail”.

Al poco, Mila me acompaña a entrevistar a Eulalia Alemany, directora técnica de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción. Pedagoga de 53 años, Alemany constata que cada vez le llegan más padres preocupados; muchos le preguntan por qué miramos tantas veces el móvil: “Porque genera placer. Mirarlo significa charlar con un amigo, ver fotos. Eso está bien. Se convierte en un problema cuando lo necesitas, cuando tienes miedo a perderte algo, a que no llegue un mensaje, a la ausencia de likes”. Añade un dato: el uso compulsivo de Internet ha pasado del 16,4% en 2014 al 21% en 2016 entre los de 14 y 18 años. En su opinión el móvil “no es un demonio”, sino “un gran invento”, con más ventajas que inconvenientes y riesgos educables. “Permite acceder a toda la información desde el bolsillo; ofrece la posibilidad de conectarte al mundo. De solucionar problemas de forma colaborativa. Hemos puesto en manos de nuestros hijos una herramienta hiperpotente. Ahora hay que enseñar a utilizarla”.

Mila también aporta sus preguntas:

—¿Qué uso se considera adecuado?

—El que no te genere problemas ni provoque una actitud compulsiva ni ponga en riesgo tu intimidad. Y que sepas medirlo. Y tenga un acompañamiento de los padres. Los adolescentes están en pleno desarrollo. Tenemos que ser coherentes y no pensar que ya son adultos.

—¿Algún número de horas en concreto?

—La respuesta es el sentido común.

Tras la entrevista, Mila parece algo decepcionada. No hay normas claras de uso. Pero dice que le ha sorprendido que existan tantas estadísticas, como la del incremento en el consumo de hipnosedantes entre chicas, asociado a la falta de sueño. Le encaja con el perfil de una amiga, que sale poco de casa y pasa mucho tiempo en Internet: le cuesta mucho dormirse. “Debe de ser por la exposición a la luz de la pantalla”. Su amiga accede a chatear por WhatsApp. Dice que usa el móvil cerca de una hora al día; usa mucho más el portátil.

Conversación por Whatsapp

Añade que, en estos momentos, se encuentra en su casa y se ha puesto en el portátil, de fondo, un youtube de gameplays (vídeos que recogen una partida de un videojuego), mientras charla por WhatsApp y mira Instagram en el móvil. Como son las ocho del primer viernes de vacaciones, le pregunto si tiene plan fuera de casa. Y no. Está en casa con una amiga.

Pregunto en el chat Quemando el móvilqué hacen ellos, si son de salir por ahí y dónde van cuando quedan. Eva responde la primera. Casi siempre va a un centro comercial: “Vaguada 24/7”, dice su mensaje. Laura añade que ella queda para ir de compras por el centro. Y, a menudo, va “de fiesta a sitios como Kapital y Joylight, que son discotecas de jóvenes”. Lo que se suele hacer en estos locales: “Vas, bailas, bailas mucho, conoces a gente, te tomas algo (sin alcohol), conoces a un chic@ y te vas con él, hablas, etc. Luego vuelves a bailar, vas con tus amigas, haces un par de instastories para dar envidia y ya”.

LAS LINTERNAS


La macrodiscoteca Kapital tiene siete plantas y organiza fiestas para adolescentes de 14 a 18. La sala tiene una cuenta de Instagram en la que cuelgan imágenes de lo que se cuece ahí dentro. Pasando revista a sus publicaciones, un vídeo llama la atención: aparece una chica grabándose a sí misma sobre el escenario, tarareando música de Daddy Yankee, con una legión de chavales detrás. Con la luz tenue, ese ejército en ebullición de pronto eleva sus teléfonos con la luz de la linterna encendida, y el efecto resulta impactante. Cientos de luciérnagas en una cueva. ¿El símbolo de una generación?

La chica que lo graba, en primer plano, tiene una cuenta en Instagram con el seudónimo Monismurf. Casi 700.000 seguidores. En realidad se llama Mónica Morán. Pregunto en Quemando el móvil si la conocen. Eva responde: “Yo sí, de Musical.ly. Si ves sus vídeos e intentas hacerlos como ella es muy difícil. Los hace genial”.

Al link de contacto que aparece en la cuenta de Monismurf responde Marcos Leva, un madrileño de 18 años que dice ser su mánager. Ha fundado la agencia de representación Vicious. Por WhatsApp envía las coordenadas de su oficina, que es un piso en una urbanización familiar. En esa oficina no hay nada salvo una mesa larga y una televisión, y el portátil que se ha comprado Leva “para parecer más pro” porque en realidad no lo necesita. Señala al móvil: todo puede hacerlo con ese aparatito. Criado en Vallecas, alto y largo de piernas, como un flamenco, Leva empezó a los 16 a trabajar en una compañía de publicidad; cuando terminó el instituto, el año pasado, fundó su empresa, y ahora representa a jóvenes con impacto en redes, los llamados influencers. Gestiona para ellos campañas online a cambio de un porcentaje. Sus representados suman 3,3 millones de seguidores en Instagram. “Una persona de 40 años es imposible que entienda cómo funciona esto”, dice. Y sin embargo muestra una visión pesimista sobre la tecnología. Define el móvil: “La peor droga que hay hoy”. A los adolescentes: “Un caos. Veo que no se esfuerzan. Tienen talento, pero poca capacidad de sacrificio. Y cuesta centrarse. El móvil te abre tantas puertas que tienes distracciones por todos lados”. Sobre el botón de like: “Algunos piensan que da la felicidad. Todo lo contrario. Es algo temporal, irreal, online. Todo mentira”. Pero él vive de esa estructura. Organizó, por ejemplo, una fiesta en Kapital en la que el lema era “fichotéame”. Acudieron unas 800 personas.

Pregunto en Quemando el móvil qué significa “fichotéame”. Pillo a los tres juntos de camino a Pirineos. Me mandan un selfie. Y Laura responde con un audio:

Conversación por Whatsapp

Leva añade que en ese tipo de fiestas los chavales llevan en el pecho una pegatina con su nombre de usuario. Si ves a alguien que te interesa, lo buscas en la red y, en lugar de acercarte, le abres un direct (mensaje privado).

Contacto con el director de marketing de Kapital Young por Instagram y, a través de un audio de Whats­App, relata usos y costumbres de los adolescentes.

“Lo que más les gusta hacer son las instastories, las historias de Instagram (…) subir fotos, como que se van de fiesta (…) y el tema del ligoteo, ahora (…) es muy, muy típico encontrarte a alguien que te llama la atención y pedirle el Instagram”

Esta red es donde se mueve hoy todo entre los jóvenes. Están en ella el 72% de los menores de 24. Bastante por encima de Facebook y Twitter, según la consultora IAB. Instagram no da cifras por edades. Pero asegura que cuenta con 12 millones de usuarios en España. El verano pasado, era el cuarto país que más historias producía del mundo. Y Madrid, la quinta ciudad donde se publicaron más stories (tras Yakarta, São Paulo, Nueva York y Londres, con una población muy superior).

La dirección de Kapital deniega el acceso a su última fiesta light antes de verano. En la sala Barceló (antiguo Pachá), en cambio, celebran “The last one. Fin de temporada” y dejan vía libre. En el chat Quemando el móvil:

Conversación por Whatsapp

Sábado, seis de la tarde. Calor en la puerta de Barceló. Un remolino de chicas en shorts; otro de chicos con la camisa por fuera. El jefe de seguridad de la sala franquea el paso al territorio adolescente. La música atruena, cientos de manos con pulseras fluorescentes, cuerpos en movimiento. Mucho móvil. Unos lo miran. Otros chatean. Se graban en grupos, cantan a cámara, ponen morritos. O lo llevan colgados en riñoneras o sujeto entre el pantalón y el ombligo. En el baño, que tiene la puerta abierta, unas chicas se retratan frente al espejo: fotos postu. En la zona vip hay un DJ de 19 años con 41.000 seguidores en Instagram; un chico de 16 que juega al fútbol en el Getafe juvenil con 36.000; una ex de MasterChef Junior con 14 años y 122.000. Los dos últimos se preguntan su cuenta y comienzan a seguirse. La masa se mueve. El DJ coge un micrófono: “¡Manos arriba! ¡Más linternas!”. Se forma una constelación en la oscuridad y brama la jauría con el móvil en alto. En el mundo real el efecto sobrecoge.

VACACIONES DE VERANO


El lunes 25 de junio, tras la fiesta en Barceló, Marcos Leva me envía el móvil de Mónica Morán, alias Monismurf, su representada con 700.000 seguidores en Instagram. Contacto con ella. Es de León. Tiene 18 años. Está preparando sus exámenes de la Evau extraordinaria de julio porque le han quedado dos asignaturas. Al teléfono dice que estar sin móvil es como volver a la Edad de Piedra: “Si se te apaga o te lo dejas en casa es como que empiezas a vivir de otra forma; rollo superviviente o cavernícola”.

Ese mismo día, Mila escribe desde el campamento de yudo al que le han enviado sus padres. Le había pedido que tratara de convencer a un grupo de amigas para ser entrevistadas. Logra organizar el encuentro desde allí.

Nacidas en 2002, el grupo de amigas habla sobre su generación: “Ahora, en realidad, todo es postu. Hacer parecer que tu vida es perfecta, de mayores”. Cuentan una historia real: chico y chica salen juntos; chica envía a chico foto de ella desnuda; chico envía a sus amigos la foto; uno de ellos la enseña en el autobús. “Hay gente que en las redes sociales es otra persona. Uno me empezó a enviar lyrics de trap. Me dijo: ‘Tu clítoris puede ser mi joystick analógico”. Abren Snapchat para mostrar el mapa que geolocaliza a sus amigos: hay avatares de adolescentes en varios continentes. “A las once de la noche”, dicen, “hierven las redes”. “Yo estoy en 15 redes sociales”. “Los jóvenes las usan mucho porque necesitan mucha atención. Antes había más contacto con la familia y los amigos. Somos como más islas únicas”. “Tener amigos en redes no te hace sentir más acompañado”. “Nuestra generación está llorando por dentro, por fuera está todo maquillado”. Tras la conversación, pasan junto a una vieja cabina y solo una recuerda haberla usado una vez.

El viernes 29 de junio, husmeando en Instagram, descubro a través de una instastory que Mónica Morán se dirige a Madrid. En el vídeo salen también sus amigos.

Ventajas de la tecnología: nos citamos de inmediato en el centro. Comemos en el Burger, sus fans le piden un selfie, tomamos café en una terraza. Y, en la sobremesa, su amigo Andrés Juste, que es de Sant Boi de Llobregat (Barcelona), a veces desconecta y mira el móvil: está esperando a que su cuenta llegue a 73.000 seguidores. Le faltan 32. Pronto, añade, tendrá más followers que habitantes tiene su municipio. Rapado por los lados y con un flequillo largo, como la punta de un pincel, Juste confiesa que hubo un momento en que se deprimió porque las imágenes que subía (casi siempre de sí mismo) no generaban el mismo entusiasmo. Más tarde lo aclarará por WhatsApp:

Conversación por Whatsapp

Juste tiene 19 años, estudia un ciclo superior de administración, le encantan los videojuegos, se le pone la piel de gallina cuando en el fragor de una partida se le unen espectadores por las redes. Ahora le ha dado por Musical.ly, por eso conoció a Mónica. Venían eufóricos, diciendo que el móvil les ha cambiado la vida: gracias a él se encontraron. Pero de pronto, la entrevista se vuelve grave. Él habla de cuando va al pueblo. Allí no hay cobertura, sale en bici, pica el timbre a sus amigos. “Es como que vivo más”. Irá este verano. Morán añade: “Me da rabia que hoy, en lugar de vivir las cosas, parece más importante demostrar que lo has vivido”. Ambos piensan que se ve enseguida si existe química entre dos personas porque no miran el teléfono cuando están juntas.

Un instante después, cogen el iPhone de Juste, que lleva el nombre de su cuenta de Instagram tatuado en la funda, abren Musical.ly, miran a cámara, comienzan a grabar, rotan el terminal alrededor de su rostro, como si hicieran un truco de magia, con golpes de muñeca y giros eléctricos; gesticulan la letra, paran, gesticulan de nuevo, y terminan sacando la lengua, lo cual deja bailando en el aire el pendiente de plata que ella lleva en la punta. En dos minutos lo tienen listo. Al revisarlo no le ven calidad suficiente. Deciden no subirlo a Instagram, pero aceptan enviármelo. Y, justo antes de desaparecer por las calles de la ciudad, Morán mira su móvil y murmura: “Me queda un 3% de batería”.

Fuente:

Eduardo Royón, Andrea Blavia, Carmen Martínez y Antonio Egea nos cuentan cómo vivieron ellos aquellas semanas de encierro.

El viaje de fin de curso. Abrazar a tus amigos al hacer el último examen del instituto. La selectividad. Las primeras salidas hasta la madrugada, las primeras borracheras. Esa sensación de libertad al dejar atrás la infancia. Todas esas primeras veces que todos vivimos y que la pandemia ha borrado para los adolescentes, que han tenido que reprimir las ganas de hacer todo aquello para lo que llevan años esperando.

«Aunque las tecnologías nos han ayudado en parte a superarlo, lo que más nos ha molestado, o al menos a mí, ha sido intentar compaginar este confinamiento con los estudios», dice Antonio Egea.

«Fue bastante complicado», admite Eduardo Royón, «porque no todos los profesores nos ayudaban a avanzar con la asignatura, o nos mandaban muchísimos trabajos y luego nos examinaban sin hacer ellos gran cosa, aunque algunos se implicaban, nos ayudaban, estaban disponibles constantemente».

Foto: Eduardo Royón

«Mis estudios se paralizaron», dice Carmen Martínez. Como ella, Andrea Blavia reconoce que perdió ritmo de aprendizaje en el confinamiento: «Mis estudios mejoraron con respecto a notas, pero sentía que no estaba aprendiendo nada».

A todo esto se sumaron, como nos pasó a prácticamente todos, los sentimientos de desesperación, de soledad en ocasiones, de impotencia. «El agotamiento, el agobio de estar en los mismos metros cuadrados constantemente», expresa Eduardo. «Lo peor fue cuando necesitaba estar sola porque no sabía dónde ir, porque al final tenía que ir a mi habitación, que era donde llevaba encerrada horas y horas y necesitaba salir de allí», añade Carmen.

Foto: Carmen Martínez

En el mismo sentido habla Andrea: «Yo creo que para mí lo peor fue ese sentimiento de desesperación, era todo el tiempo sentir que estaba viviendo el mismo día muchísimas veces y sentirme eso, desesperada e impotente, porque no podía hacer absolutamente nada. Ese sentimiento de que el tiempo no está avanzando pero sí está avanzando a la vez era súper desesperante y yo creo que eso fue lo peor de estar encerrado en casa, esos sentimientos de impotencia, soledad y desesperación que no parecían tener solución».

Pero no todo fue malo. A pesar de haber tenido que retrasar toda su transición a la edad adulta, Carmen, Eduardo, Andrea y Antonio han sabido sacar provecho a estos meses de restricciones y la familia ha sido la principal beneficiada. En la adolescencia, las relaciones con los padres cambian, como todo en nuestra vida en ese momento. Para ellos han cambiado, pero para bien.

«La relación con la familia al fin y al cabo tiene que mejorar», dice Antonio, «porque al estar forzados a convivir durante tanto tiempo, aunque cada uno esté en su habitación para asistir a clase o al trabajo, al final te ves forzado a mejorar esa relación».

Foto: Antonio Egea

«Yo creo que sí que mejoró (la relación) porque gracias a Dios nosotros nos llevamos súper bien y sabemos convivir en familia, jugamos, cada noche cocinábamos algo distinto, entonces yo creo que en ese sentido mejoró mucho porque ahora somos mucho más cercanos», agradece Andrea. «Al final como que este confinamiento nos comprobó que sí que somos capaces y que de verdad nos llevamos bien y nos complementamos y eso te llena como familia».

Pero no solo eso, sino que aprendieron a parar, a dedicarse tiempo a sí mismos, a entenderse mejor. «Lo mejor sin duda del confinamiento fue que aprendí a entretenerme sola y a estar sola», dice Carmen. «De allí salió mi afición por la lectura y aprendí a tocar la guitarra y el ukelele», añade. Como Antonio, que asegura que encontró «muchos hobbies e intereses nuevos».

«Como dije que no aprendí en el colegio, aprendí de otras maneras que no eran académicas. Me conocí a mí misma yo creo, conocí lados que no sabía que tenía, que quizá no eran muy buenos pero por lo menos ya sé que los tengo», reflexiona Andrea, que también afirma que ha aprendido a valorar más a qué dedica el tiempo. «También aprendí a vivir más yo creo, aprendí a apreciar las cosas, porque de repente, de la noche a la mañana te quitan absolutamente todo y no te das cuenta de todo lo que has vivido. Y estoy muy agradecida de ahora saber eso, de conocerme un poquito más a mí misma y de vivir las cosas al 100%».

Fuente: https://theobjective.com/

A través de personajes femeninos fuertes y empoderados y de la denuncia de determinados temas, estas producciones audiovisuales buscan reivindicar el papel de la mujer y la igualdad de género.

El papel y la lucha de la mujer por la igualdad en la sociedad actual es a menudo retratada a través de películas o libros que pretenden reivindicar su importancia. La cultura es un arma de transformación y a través de la construcción de referentes y del reflejo de determinadas problemáticas también se puede luchar  contra el machismo y la desigualdad. Otra manera de hacerlo es con series. Estas producciones audiovisuales, que suelen enganchar tanto al público juvenil como adulto, buscan con algunas de sus escenas denunciar situaciones de opresión y apuestan por personajes empoderantes. A continuación, proponemos una lista de series donde el feminismo ocupa un lugar protagonista. 

El cuento de la criada

El cuento de la criada

Basada en la novela homónima de Margaret Atwood, retrata una sociedad distópica donde la tasa de natalidad se ve amenazada por las enfermedades de transmisión sexual y la contaminación. Por ello, un gobierno conservador y fundamentalista religioso, decide relegar a las mujeres totalmente a un segundo plano, convirtiéndose en lo que se conoce como criadas. Estas deben sufrir un terrible destino: ser violadas por sus dueños, líderes políticos y personas influyentes, para seguir perpetuando su descendencia. La producción creada por Bruce Miller y disponible en HBO cuenta con tres temporadas cargadas de simbolismo, que pretenden hacer reflexionar al espectador sobre lo que supondría una sociedad como la que representa.

Vida perfecta

Vida perfecta

La vida de tres mujeres relacionadas entre sí es el hilo argumental de esta serie de Movistar creada por la cineasta Leticia Dolera. María, una dentista que atraviesa una crisis existencial; su hermana Esther, una artista cuyo arte no consigue dar sus frutos; y Cristina, amiga de ambas, que pese a parecer que lo tiene todo en la vida, se siente completamente vacía son las protagonistas de esta comedia cargada de críticas a la sociedad machista. Trata de mostrar mujeres con problemas reales, que llegan a la treintena y sienten que las expectativas que dicha sociedad nos vende no son reales. Busca que la espectadora se sienta reflejada en sus personajes y comprenda que, a veces, las cosas no son como nos las han impuesto.

Creedme

Creedme

Sufrir una violación es una de las situaciones más traumáticas y duras a las que una persona puede enfrentarse. Marie Adler, tuvo que pasar por ello. Basada en el artículo de investigación An Unbelievable Story of A Rape, ganador en 2016 de un premio Pulitzer en la categoría de Reportaje explicativo, esta miniserie cuenta la historia real que envolvió la violación de la joven. Su objetivo es denunciar estas situaciones, en las que la víctima sufre, en muchas ocasiones, un triple problema: el hecho real, el juicio mediático y el desamparo legal. Dirigida por Susannah Grant y Michael Chabon entre otros, retrata de forma fidedigna el proceso de investigación del caso, en el que dos mujeres policía quisieron demostrar que la joven, acusada de denunciar falsamente su violación, contaba la verdad. Se encuentra disponible en Netflix. 

Unorthodox

Unorthodox

Tras escapar de Nueva York abandonando a su reciente marido fruto de un matrimonio concertado, una joven judía llega a Berlín en busca de su madre y de una nueva vida. Basada en la novela homónima y autobiográfica escrita por Deborah Feldman, refleja en cuatro capítulos la cultura y sociedad machista que envuelve la comunidad ortodoxa judía, donde las mujeres ocupan un papel secundario. Esty descubre en Alemania un nuevo mundo, en el que poder perseguir su sueño de dedicarse a la música pero su pasado tratará de hacer que regrese de nuevo a su jaula: el lugar de donde escapó. Disponible en la plataforma Netflix, invita a reflexionar acerca de cómo es tratada la mujer bajo los dogmas más estrictos de algunas religiones. 

Las chicas del cable

Las chicas del cable

Durante los últimos coletazos de la década de los años veinte en España, cuatro jóvenes comienzan a trabajar en una nueva empresa de telecomunicaciones. Ocupan el lugar de telefonistas, un oficio que permitió la entrada al mundo laboral de muchas mujeres, rompiendo las barreras que las relegaban al papel de madres y amas de casa. Creada por Ramón Campos y Gema R. Neira para Netflix, presenta a unas jóvenes que luchan por conseguir una mayor independencia y liberación, donde su amistad será un punto de apoyo clave para conseguirlo. Además, representa relaciones lésbicas y trata temas de identidad de género, tratando de romper con la heteronormatividad que suele estar presente en la sociedad y la cultura. 

Fuente: Educación 3.0

Más de la mitad de los jóvenes de entre 18 y 34 años (del 53 al 55 %) disminuyó el consumo de alcohol durante el confinamiento domiciliario por el estado de alarma, lo que lleva a concluir que “el ocio generalizado y el uso recreativo del consumo de alcohol van de la mano”.

Sin embargo, en los grupos de edad de entre 35 y 65 años, alrededor del 50 % no varió su consumo y el 18 % lo incrementó, según los datos preliminares de un estudio coordinado por Lucía Hipólito, profesora de la Facultad de Farmacia de la Universitat de València (UV).

El trabajo también indica que un 2,5 % de la población empezó a consumir benzodiacepinas (tranquilizantes) sin receta y el 5,7 % lo hizo además con alcohol, y reconocieron haber tomado marihuana el 6 % de las mujeres y el 11 % de los hombres.

El proyecto “Impacto del confinamiento por pandemia de COVID-19 en el consumo de alcohol, benzodiacepinas y analgésicos opioides” forma parte de otro proyecto de investigación básica y clínica sobre el incremento en el riesgo de adicción al alcohol y opiáceos derivada de la presencia de dolor.

OBJETIVO DE LA INVESTIGACIÓN

El fin de la investigación, financiada por la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas (PNSD) del Ministerio de Sanidad, es conocer los hábitos de consumo de estas drogas durante el aislamiento social por la pandemia.

Más de ochocientas personas han participado en la encuesta que ha servido como base en el estudio y que ahora quieren repetir porque la situación es distinta; después de un año luchando contra la pandemia “se está observando un incremento de problemas relacionados con el estrés”, señala Hipólito en declaraciones a EFE.

Además, explica, mientras durante el confinamiento no se podía hacer nada, ahora sí se puede salir a la calle y se hacen fiestas ilegales o quedadas de grupos, lo que puede hacer cambiar bastante los resultados.

Con esta investigación se pretende también conocer la relación entre el estrés y el consumo de drogas en pacientes que no tienen dolor o si lo sufren, ya que estos últimos pueden no haber controlado su tratamiento por la pandemia y al incrementar el sufrimiento, pueden haber experimentado más riesgo al consumo de estas sustancias.

CONSUMO DE ALCOHOL

Según los resultados preliminares del estudio, mientras un 10 % de los encuestados decía que antes del confinamiento no consumía alcohol, el porcentaje se dispara a un 24 % durante esa etapa.

En el caso de aquellos que decían consumir alcohol todos los días, pasa de un 4 % antes del confinamiento a un 7 % durante el aislamiento social, lo que significa que en ambas respuestas el porcentaje se duplica.

Si se analiza en función de si el consumo aumenta, no varía o disminuye, se observa que la población de 18 a 24 años y de 25 a 34 son los que más disminuyen su consumo (un 53 a un 55 % de los encuestados), pero los grupos 35 a 44, 45 a 54 y 55 a 64 o no varían su consumo (alrededor 50 %) o lo aumentan, alrededor de un 18 %.

Según Hipólito, el hecho de que la mitad de los jóvenes dejara de consumir se explica porque viven en casa de sus padres y su uso del alcohol es recreativo, lo que lleva a concluir que “el ocio generalizado y el uso recreativo del consumo de alcohol van de la mano”.

“En el momento en que la población joven no ha podido tener relaciones sociales ha dejado de beber”, señala la investigadora, que considera que quizá “necesitamos acciones preventivas y otros modelos de ocio para los jóvenes, para que no lo basen solo en el consumo de alcohol”.

Destaca que se trata de una proporción muy elevada de gente joven que deja de consumir alcohol, “algo muy importante porque aproximadamente el 12 % de los jóvenes que lo ingieren a esas edades están en riesgo de desarrollar una adicción”.

CONSUMO DE TRANQUILIZANTES

Los investigadores también han observado, como resultado de las encuestas, un incremento del consumo de benzodiacepinas (tranquilizantes) sin receta entre la población y, además, un porcentaje elevado que ha mezclado su consumo con el alcohol.

“Es curioso, estamos hablando de un periodo de tiempo en el que la obtención de estos fármacos era más complicado porque no había atención médica física en atención primaria y las recetas se hacían vía telefónica y se acudía directamente a la farmacia a recogerla”, señala.

Según Hipólito, “es de esperar que en este caso sea más complejo obtener estos medicamentos sin receta o bien estamos ante pacientes que obtienen estos medicamentos con receta y los comparten con sus convivientes. En cualquier caso, el uso de estos medicamentos debe siempre realizarse bajo control médico”.

CONSUMO DE MARIHUANA

La encuesta confirma que los principales consumidores de marihuana son hombres, el 11 % (de los que un 5,8 % afirma haberlo hecho todos los días) frente a un 6 % de las mujeres.

Las personas que no consumían han seguido sin consumir durante la pandemia, aquellas que tenían valores bajos de consumo lo disminuyen y las que tenían valores altos, lo aumentan o lo mantienen.

De hecho, llama la atención que aumentan aquellos que tenían hábitos de consumo más bajos y un 55 % de los consumidores de una vez por semana aumentan su consumo a varios días o todos los días por semana.

Lucía Hipólito también es directora del Laboratorio DOREAL de la UV, el cual estudia la relación entre dolor y adicción en el alcohol y a los opiáceos, así como la relación entre dolor y trastornos de ansiedad y estrés.

En el estudio también ha participado Jesús Lorente Erenas, investigador de DOREAL, y el análisis de los datos ha corrido a cargo de Anabel Forte, profesora de Estadística de la UV.

Fuente: eldiario.es

El 50% de los adolescentes españoles sufren problemas de tipo emocional, según se puso este jueves de manifiesto en la jornada sobre promoción de la salud y el bienestar de la juventud, enfocada a la pandemia del Covid-19 y sus agravantes psicológicos, organizada por el Instituto de la Juventud (Injuve) y la Red para la Promoción de la Salud Mental y el Bienestar Emocional en los Adolescentes (Red Proema), que se celebró de forma virtual.

María Teresa Pérez, directora del Instituto de la Juventud, defendió el papel de la mayoría de los jóvenes durante la pandemia y la «marginación» que sufren últimamente en campañas publicitarias y mensajes públicos. «La estigmatización de los jóvenes en el coronavirus es un caldo de cultivo muy peligroso», manifestó.javascript:falsePUBLICIDAD 

Por su parte, Amparo Botejara, portavoz de Sanidad de Unidas Podemos, enmarcó las consecuencias psicológicas que la pandemia causa en los adolescentes y señaló que «uno de los efectos colaterales de esta pandemia han sido las incidencias de problemas mentales de los jóvenes, como el insomnio, la ansiedad o la depresión».

También mencionó la importancia que estos tienen en la sociedad y mostró la realidad de cara a las generaciones más próximas. «En estas circunstancias, la incertidumbre en los jóvenes es mayor, hay que pensar en el futuro, y los jóvenes son el futuro», concluyó.

Tras la intervención de María Teresa Pérez y Amparo Botejera, Andrés Suárez, consejero técnico de la Subdirección General de Calidad e Innovación de la Dirección General de Salud pública, Calidad e Innovación, habló de las causas de vulnerabilidad que los jóvenes pueden sufrir. «En el caso de la salud mental hay unos factores determinantes, ya sean sociales, ambientales o económicos», afirmó.

Además, consideró que el consumo de alcohol, las drogas u otras adicciones «pueden alterar más las emociones» de una forma negativa. «Tenemos que convertir esta situación en un futuro mejor para saber tratar los problemas de salud mental».

Luis Joaquín García, profesor de la Universidad de Jaén y Responsable de la Red Proema, se refirió a uno de los problemas sociales, el de no considerar que los jóvenes tienen problemas psicológicos y cómo se les puede ayudar. «Los trastornos mentales en jóvenes son los que menos se detectan, incluso tenemos el estrés como una minoría y un problema menor, el suicidio es la segunda causa de muerte en jóvenes», aseguró, y añadió que «la sociedad no tiene futuro sin su juventud no tiene un bienestar mental».

Mireia Orgilés, coordinadora del monográfico y profesora de la Universidad Miguel Hernández, presentó el monográfico «Impacto psicológico de la Covid-19 en niños y adolescentes». A su vez, Lourdes Espinosa, coordinadora principal del monográfico y profesora de la Universidad de Jaén, presentó el monográfico «Promoción de la salud y bienestar emocional en los adolescentes: Panorama actual, recursos y propuestas».

Ambas incidieron en tres aportaciones fundamentales para explicar este monográfico: los efectos de la pandemia, que engloba problemas emocionales y de conducta; los factores de riesgo o protección, que atañe a las prácticas parentales y a las habilidades de regulación emocional; y la eficacia de intervenciones, que hace referencia a las aportaciones sociales para conseguir una mejor adaptación ante estas situaciones.

Fuente: ABC

Rocío Lamela es la mamá de David, un niño de siete años con síndrome de Asperger con alta funcionalidad, trastorno que este martes 18 de febrero conmemora su día internacional. “A edades tempranas no se nota ninguna característica especial, por lo que es muy difícil diagnosticarlo pronto”, relata esta madre por teléfono. Fue la profesora de infantil de David la que les dio la voz de alarma: “Ella notaba que él no interactuaba igual con sus iguales, su vocabulario era más rico y avanzado. Como digo yo, estos niños hablan como los mayores”. Según relata Lamela, estos pequeños tienen un interés muy restringido. Por ejemplo, a David le gustan mucho los mapas, los GPS, los ríos y la tecnología.

El primer diagnóstico del pequeño lo ejecutó el equipo de orientación del colegio que no llegó a un diagnóstico de Trastorno del Espectro del Autismo (TEA) claro, ya “que David se situaba en el límite”. Con el informe, se dirigieron al Gregorio Marañón, a la unidad de diagnóstico complejo, en la que concluyeron que el niño, que entonces tenía cuatro años y medio, tenía un TEA con alta funcionalidad. En España hay unas 450.000 personas con TEA, de estas, se estima que entre un 18 y un 25% son asperger, según la Asociación de Asperger. Y ahí es cuando comenzó la odisea.

“En un primer momento el diagnóstico es un shock, no sabes qué hacer, cómo lidiar con ello, y pasa tiempo hasta que concluyes que solo es una etiqueta y te preguntas: “¿Qué necesita David?” Según explica esta madre, no han obtenido ninguna ayuda desde la Sanidad Pública, a pesar de que la solicitaron en atención primaria. Su destino: un centro privado [formado por psicólogos y terapeutas ocupacionales].

Durante el primer año, tras el diagnóstico, David acudía a una consulta privada dos horas a la semana, “intentábamos que coincidiera con nuestra hora de comer, ambos somos fisioterapeutas y tenemos una clínica, por lo que estaba en terapia y nosotros estábamos fuera”. Pero los padres veían que el peque no evolucionaba: “Y es entonces cuando dimos con la Asociación de Asperger y fue un alivio. Nosotros somos de la firme creencia de que lo mejor es estar asociado porque tú, como padre, solo conoces el caso particular de tu hijo, en cambio, ellos cuentan con un abanico muy amplio de casos”, explica Lamela.

NIÑOS Y ADULTOS CON ASPERGER

Todas las personas con TEA comparten características que definen este trastorno y que se manifiestan fundamentalmente en dos áreas de su desarrollo evolutivo y funcionamiento personal: la comunicación social y la flexibilidad del comportamiento y del pensamiento. No obstante, es importante señalar que se presentan de manera diferente en cada persona, y que pueden variar a lo largo del ciclo vital.

En cuanto a las principales características en torno a la comunicación social, están: las dificultades para comprender y utilizar las claves de la comunicación no verbal (gestos, expresiones faciales, tono de voz, etc.) y los mensajes sutiles que se transmiten a través de este canal; el uso formalmente adecuado del lenguaje, aunque en ocasiones puede parecer demasiado preciso para la situación o la excesiva literalidad en la comprensión del lenguaje, que se interpreta sobre la base del significado exacto de las palabras. Esto provoca dificultades para comprender las bromas, los chistes, las metáforas, los enunciados con doble sentido o los sarcasmos, entre otros.

En cuanto a la flexibilidad de pensamiento y comportamiento, las principales características son: preferencia y fidelidad por las rutinas que, en ocasiones, siguen de manera rígida y repetitiva; la presencia de intereses muy concretos, limitados y específicos sobre los que la persona puede acumular mucha información y a los que dedica mucho tiempo, y la aparición de patrones concretos y rígidos de pensamiento y comportamiento, que dificultan la realización de tareas que requieren flexibilidad o búsqueda de alternativas para la resolución de problemas, entre otros.

Y encontraron lo mejor para David. El niño forma parte de Proyecto ITACA de la asociación, que cambia un poco el paradigma a la hora de atender a estos pequeños: “Olga, que es su terapeuta, trabaja con él y con nosotros en los contextos naturales en los que se mueve David, como puede ser el colegio y en casa”. Según mantiene, es una terapia dirigida a los padres que son los que están 24 horas con el niño: “Olga nos enseña herramientas para que podamos actuar frente a los cambios de humor o de comportamiento de David, incluso, que los podamos prevenir”.

Según describe, David es un niño impulsivo, nervioso, muy sincero y no tiene filtro a la hora de hablar: “Esta terapia ha sido un cambio de 360 grados en la evolución de David. Ahora podemos saber si va a ocurrir algún episodio solo porque vemos que sus manos se agitan, tartamudea o se mueve inquieto en la silla. Y en ese momento, tenemos herramientas para distraer el foco y centrarlo, por ejemplo, en mapas, tecnología o ríos. Aunque la técnica que mejor funciona es un abrazo, bueno, pero eso es más que bueno para todos”, termina esta mujer.

El consejo de Lamela cuando los padres se encuentren frente a un diagnóstico de asperger es “primero mantener tener tranquilidad, es un momento difícil pero hay que pasarlo. Es importante centrarse en las posibilidades y necesidades del niño, de forma que se elijan las herramientas idóneas para su adaptación, este sería el segundo punto. En tercer lugar, yo les recomendaría no guardar silencio, no ocultar lo que le pasa a su hijo, porque lo fundamental, lo que acabará con el estigma, es que las personas, la sociedad, sepan lo qué es y sean empáticos con estos niños y adultos. Siempre digo que es más fácil ver la discapacidad física, pero tenemos que ser conscientes de que existen muchas más que no se ven. Y en todo esto la empatía, ponerte en la piel del otro, es esencial”, prosigue Rocío.

David no sabe que tiene asperger, “pero lo sabrá pronto y le comunicaremos que la diversidad existe, que asperger es solo una etiqueta, que cada uno somos diferentes y es fantástico porque todos sumamos”, concluye esta mujer.

Fuente: El País

Cuando los hijos llegan a la adolescencia las preocupaciones de los padres se multiplican por mil. Una de las más habituales tiene que ver con el tabaco. Parece que los chavales y chavalas que fuman suelen ser del grupo de los rebeldes y malotes. Probablemente la mala imagen que tiene el tabaco en la actualidad se deba en gran medida a la ley antitabaco que arrinconó a los fumadores, mandándoles a la calle. Pero de aquello hace ya 10 años y la idea que se tiene del cigarro ha vuelto a cambiar. Así se deduce del estudio EDADES (Programa de Encuestas sobre Alcohol y Otras Drogas en España), en el que se apunta a que en el año 2019 el 26% de los jóvenes y adolescentes entre 15 y 24 años había fumado en los 30 días anteriores a la encuesta, llegando al 28.5% en varones y al 23% en mujeres.

Entre otras cosas porque ya no nos referimos solo a los clásicos cigarrillos, sino que ahora hay que estar atento, además, al tabaco de liar, los porros, las cachimbas y los cigarrillos electrónicos. La cosa se complica: a mayor oferta, mayor preocupación. Aunque en definitiva, el enemigo es el mismo: la nicotina. Y lo es porque es una sustancia tremendamente adictiva cuyos efectos llevan a cualquier padre a echarse a temblar. Lo de menos es el modo que tiene de llegar al organismo del adolescente.

Distintas formas, mismo efecto

Rodrigo Córdoba, médico de familia y portavoz del Programa de Actividades Preventivas y Promoción de la Salud de semFYC: “El cigarrillo, según documentos de la industria tabaquera, no es más que ‘un vehículo para suministrar dosis de nicotina’. Por eso, la idea es venderla en cualquiera de sus formas porque el efecto va a ser el mismo en todas ellas. No olvidemos que se trata de un producto adictivo y tóxico que compromete el desarrollo cerebral normal de los adolescentes”. Ahí es nada.

Pues hay más: “Los cambios en la estructura cerebral provocados por el tabaco afectan de manera directa al control directo del estado interno de los adolescentes o a la toma de decisiones. En una edad tan sensible como esta, el tabaco puede cambiar drásticamente el desarrollo del cerebro de los jóvenes y afectar de manera importante a su personalidad”, comenta Córdoba, quien señala el rendimiento escolar y las relaciones familiares y sociales como principales damnificados de la nicotina.

Enfermedades cardiovasculares

Por supuesto, también están los problemas cardiorrespiratorios, como afirma Julio Álvarez Pitti, investigador del Centro de Investigación Biomédica en Red-Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (CiberOBN), pediatra y miembro del Comité promoción de la Salud de la Asociación Española de Pediatría (AEP): “La nicotina aumenta la frecuencia cardíaca, la tensión arterial y la contractilidad del miocardio. Además es un agente farmacológicamente activo que produce toxicidad aguda y que ingresa fácilmente en el cuerpo y se distribuye por el organismo. Activa múltiples vías biológicas que son relevantes para el crecimiento y desarrollo fetal, el funcionamiento inmunitario, el sistema cardiovascular, el sistema nervioso central y la carcinogénesis”.

Lo que pasa es que los chicos no solo consumen la nicotina a través del tabaco. Córdoba: “Curiosamente, más de la mitad de los jóvenes comienzan fumando tabaco mezclado con cannabis (porro) y la otra mitad fumando tabaco de liar o cigarrillos convencionales.” Pero aún hay más puertas de entrada: “La mitad de los adolescentes españoles reconocen haber probado el cigarrillo electrónico o las cachimbas”, afirma el médico de familia. Y uno de los principales problemas que suponen ambas es que el público en general y los adolescentes en particular no asocian su consumo con ninguna clase de peligro.

Por supuesto, están muy equivocados. Álvarez Pitti: “La utilización de cachimbas no es más que fumar tabaco prensado y mezclado en melaza, que se quema. El humo se absorbe a través de un tubo sin ningún tipo de filtro e inhalando”. No puede sonar peor. O sí, porque atentos a los sistemas electrónicos de administración de nicotina, que además de esta sustancia llevan “líquidos aromatizados como propilenglicol y glicerina que, al inhalarse pueden producir inflamación de las vías respiratorias. De hecho, durante el año 2019 se produjo brote de lesiones pulmonares asociado al su uso”.

Aumenta el uso de e-cigarrillos

Pero esta información no les llega correctamente a los chavales. Probablemente esa es la razón de que su consumo se haya hecho tan popular entre ellos: “Los datos actuales muestran que las tasas de uso de cigarrillos electrónicos están aumentando dramáticamente entre los jóvenes. Los resultados de un gran estudio epidemiológico realizado en EEUU en el año 2014 detectan que el 3,9% de los estudiantes de Secundaria y el 13,4% de Bachillerato habían hecho uso de un e-cigarrillo en los últimos 30 días. Este consumo se había incrementado en ambos grupos de edad en un 650% y 890%, respectivamente, en comparación con los datos de 2011”, asegura Álvarez Pitti.

Hay que tener claro que ninguna forma de consumir nicotina es mejor que otra porque, en cualquier caso, el peligro de la adicción siempre está presente. “Después de uno o dos años consumiendo nicotina, el cerebro se hace adicto a la sustancia y empieza un camino de retorno complicado. Basta con 100 cigarrillos consumidos en el plazo de uno o dos años para volverse adicto a la nicotina”, afirma el portavoz del Programa de Actividades Preventivas y Promoción de la Salud de semFYC. Y la cosa no acaba ahí, como afirma Álvarez Pitti: “El tabaco es vía de entrada a otras drogas ilegales. Tanto porque algunas de estas drogas son fumadas como porque el tabaco induce en ocasiones a acercarse a otras drogas. Por último, el efecto de recompensa que produce la nicotina hace que el cerebro desee repetir esta misma ‘experiencia’, y si es más potente, mejor.”

Fuente: El País

Ansiedad, irritabilidad, inquietud, pensamientos obsesivos, aislamiento social son algunas de las conductas habituales de un niño con adicción a las pantallas. “La adicción a las pantallas está siendo considerada una enfermedad de salud mental por su alta incidencia en los últimos años en las consultas. Se considera una adicción sin drogas, pero con consecuencias parecidas a la adición a sustancias”, explica Gema José Moreno, psicóloga infanto-juvenil.

El uso incorrecto y desmesurado de las nuevas tecnologías por parte de niños y jóvenes afecta a su bienestar con “respuestas emocionales, como el enfado si se les prohíbe su uso, alteración del sueño, falta de concentración y deterioro del rendimiento escolar y del apetito, debido a que por el uso frecuente de dispositivos tecnológicos se deja de dormir ciertas horas o se retrasan las comidas”, comenta Gema José Moreno. El sobrepeso de niños y jóvenes puede ser otra consecuencia de la adicción a las pantallas, tanto por el hecho del desorden de horarios para comer como por el sedentarismo derivado del exceso de conectividad a las nuevas tecnologías, según afirma el estudio recogido por el organismo Enfermería Comunitaria. Asimismo, “el mal uso de las nuevas tecnologías a través de las pantallas también influye en la falta de concentración y el deterioro del rendimiento escolar”, añade la psicóloga Gema Moreno, que recomienda varias pautas preventivas para evitar adicciones a las pantallas en niños y jóvenes:

  • Ser un ejemplo para nuestros hijos. Las conductas coherentes son un espejo donde se reflejan niños y jóvenes. De forma que, si miramos el móvil mientras cenamos, no podemos exigir que nuestro hijo/a haga lo contrario.
  • Establecer unas normas de uso de las nuevas tecnologías. Unos horarios concretos para la conexión a las pantallas fuera de las cuales no se contemple su utilización, como en la cama, a la hora de dormir o durante los momentos de reuniones familiares, a la hora de comer o cenar.
  • Supervisar el uso de las nuevas tecnologías por parte de nuestros hijos, sin que se sientan controlados por ello.
  • Detectar si existe otra cuestión subyacente que desencadene un aumento del uso de las nuevas tecnologías, como problemas de relación con los compañeros en el centro escolar.

¿Qué hacer cuando se detecta que tu hijo tiene adicción a las pantallas?

El primer paso a seguir desde casa cuando los progenitores descubren que su hijo hace un uso desmesurado e inadecuado de las nuevas tecnologías es “alejarle del estímulo que genera la adicción, aunque no es fácil, porque hoy en día en el móvil o tableta tenemos mucha cantidad de información y es una herramienta para el estudio, el trabajo, las relaciones personales o el ocio. Las claves para un uso correcto de las tecnologías por parte de niños y jóvenes son la confianza, el diálogo y el establecimiento de límites”, explica Cristina de la Rosa Tineo, psicóloga y psicoterapeuta, miembro del centro de psicoterapia Nudos.

La información adecuada de los adolescentes sobre el uso correcto de las nuevas tecnologías es fundamental para evitar dependencias insanas a las pantallas. Conviene que conozcan “los riesgos y los beneficios, así como los usos correctos de las redes. También es clave el establecimiento de límites con respecto al tiempo de utilización de las pantallas y que los padres supervisen el cumplimiento de lo acordado al respecto”, recomienda la psicoterapeuta, Cristina de la Rosa Tineo.

¿Qué tienen las pantallas que tanta adicción crean en nuestros hijos?

El uso de las nuevas tecnologías genera sensaciones agradables por lo que “las pantallas enganchan con facilidad, a los jóvenes y a los mayores. Por un lado, son neurodivertidas porque generan respuestas y sustancias en nuestro cerebro que son excitantes y placenteras, entre ellas, la dopamina. Estar expuesto a estas sustancias continuadamente nos genera, de forma natural, la necesidad de seguir repitiendo las conductas que las producen, por ello usar mucho las pantallas nos crea la necesidad de seguir haciéndolo”, comenta Manuel Ruiz del Corral, ingeniero de telecomunicaciones, compositor musical y autor del libro Ser Digital, hacia una relación consciente con la tecnología

Las pantallas son pequeñas ventanas al mundo “donde los niños y jóvenes depositan sus afectos, relaciones, confidencias y una gran parte de su tiempo de ocio y diversión, a veces casi de forma exclusiva. El teléfono móvil es hoy un objeto preciado que ha conseguido situarse entre las necesidades más fundamentales de cualquier persona y no es solo una cuestión de ocio o comunicación. Los jóvenes encuentran en la Red un lugar donde reforzar cualquier opinión que tengan, por insignificante o extrema que sea. Crean una particular isla de sentimientos de pertenencia, poblada de contactos fáciles y rápidos. Incluso pueden jugar con su identidad, escondiendo fácilmente sus vulnerabilidades. Pueden sentirse exclusivos, acompañados y especiales, sin mover el dedo pulgar de la pantalla”, explica Manuel Ruiz del Corral.

No obstante, las nuevas tecnologías facilitan el aprendizaje de las nuevas generaciones. “Son herramientas fundamentales para la capacitación de los jóvenes en las reglas de la nueva sociedad y economía digital. Hoy, nuestros niños y jóvenes disponen de infinitas posibilidades al alcance de sus manos para aprender y desarrollarse, pero debemos darles herramientas psicológicas y conductuales para decidir cómo utilizar las pantallas de forma saludable. Las nuevas tecnologías ocupan una gran parte del tiempo de nuestros hijos y pueden comprometer el adecuado desarrollo de su atención, su empatía y su concentración. Debemos ser muy conscientes de que estas cualidades dependen muy directamente de la forma que tengan de relacionarse con sus dispositivos digitales, y es fundamental interiorizar pautas saludables para lograrlo”, explica el escritor Manuel Ruiz del Corral, que aconseja no criminalizar las pantallas, ya que no provocan adicciones ni dependencias si se usan de manera adecuada.

Fuente: El pais

Mi niño padece dislexia. ¿Cómo lo has averiguado? En el médico. Esto puede cambiar. La dislexia es la alteración de la capacidad de leer por la que se confunden o se altera el orden de letras, sílabas o palabras. Ahora, según se ha anunciado esta semana, Samsung y Change Dislexia han presentado Dytective para Samsung, “una nueva aplicación gratuita para tabletas que integra por primera vez un test de juegos lingüísticos y de atención con inteligencia artificial para la detección temprana del riesgo de padecer este trastorno”, informa EFE. Es el primer detector en línea de la dislexia.

La aplicación -que está disponible tanto para Android como IOS- consiste en una serie de ejercicios con una duración de un cuarto de hora en las que “tras analizar más de 200 variables y se le notifica al usuario si tiene riesgo o no de padecer dislexia con un 89,5% de precisión”, según explica Change Dislexia en su página web. De uso ilimitado, la prueba está dirigida para familias, profesionales y colegios. Y se ha probado con una muestra de 10.000 personas. “Se puede usar para niños a partir de los siete años y esta prueba no equivale a un diagnóstico médico”, alertan los creadores.

Esta nueva acción forma parte de la campaña ‘Tecnología con propósito’, puesta en marcha por Samsung, cuyo objetivo es eliminar todo tipo de barreras educativas y sociales gracias a la tecnología, como se explica en un comunicado.

Se estima que un 20% de la población padece dislexia, según anunció la Asociación Madrid con la Dislexia el pasado mes de enero. Entre la población infantil, más de 600.000 niños la padecen y muchos ni siquiera llegan a ser diagnosticados. Aunque los menores con dislexia poseen una inteligencia completamente normal, este trastorno está detrás de muchos casos de abandono escolar, según explican los expertos. “Con esta app, podemos ayudar tanto a detectar la dislexia como a mejorar la experiencia y rendimiento escolar de estos niños”, ha declarado el director de Comunicación, Relaciones Institucionales y Ciudadanía Corporativa de Samsung, Francisco Hortigüela.

“Dytective es el resultado de varios años de investigación de Luz Rello, (Premio Princesa de Girona 2016) años duros de trabajo tras los que, finalmente, ha conseguido materializar en una herramienta única”, según explica Asociación Madrid con la Dislexia en su web. Para la investigación, se contó con más de 300 voluntarios de diferentes países (España, Colombia, Argentina y Chile) y la colaboración de más de 100 colegios y centros especializados. El resultado es el mayor estudio realizado hasta la fecha sobre dislexia en el mundo de habla hispana.

“Hablar de Samsung es hablar de innovación, pero innovación con propósito. Dytective for Samsung es un buen ejemplo de esto. Se trata de una iniciativa que contribuye a romper barreras y a ayudar a las personas a través de la tecnología contribuyendo a hacer una sociedad mejor”, comenta el director de Marketing de Samsung España, Alfonso Fernández.

La app está disponible en Samsung App Store. El vídeo promocional sobre estas líneas se podrá ver en Callao (Madrid) y en cines de toda España en las próximas semanas.

http://elpais.com/elpais/2016/12/22/mamas_papas/1482421874_807579.html?rel=mas