Gavin fue diagnosticado con síndrome de Tourette a los cinco años pero, ahora, con siete, algunos niños de su clase han empezado a hacer chistes sobre sus tics. Por esto, él y su hermana Brynn, de Connecticut (EE UU), han decidido hacer un vídeo, publicado en el Daily Mail, explicando qué es este síndrome. Pretenden así acabar con el acoso que recibe el pequeño por su condición.

“Entonces, ¿qué es el síndrome de Tourette?”, se pregunta su hermana Brynn. “Es un trastorno neurológico, ósea, que afecta al cerebro (…) De esta forma, la persona que lo padece hace sonidos que no quiere o movimientos que no puede controlar o no puede parar, es como cuando no puedes dejar de tener hipo. A estos sonidos y movimientos se les llama tics”.

Efectivamente, el síndrome de Gilles de la Tourette (síndrome de Tourette o ST) es un trastorno neurológico que se manifiesta antes de los 18 años. Por lo general, los primeros síntomas son movimientos involuntarios (tics) de la cara, de los brazos, de los miembros o del tronco. Estos tics son frecuentes, repetitivos y rápidos. “Mi hermano Gavin tiene tics”, prosigue Brynn, “hay veces que ocurren con mucha frecuencia, pero hay otras que no ocurren”. Este síndrome también se caracteriza porque todos estos tics perduran durante más de un año. “Es como tener hipo y no puedo parar”, reitera el pequeño Gavin en el vídeo.

“No puedes decirles a las personas con Tourette que paren, porque esto les estresa mucho y si se les estresa, los síntomas se vuelven peores y daña seriamente sus sentimientos”, incide la pequeña. Hay que recordar que estos tics son involuntarios e incontrolables.

*Vídeo publicado por el Daily Mail.

“Hay gente que me acosa un poco, pero estoy bien”, explica Gavin. “El colegio puede ser duro para todos los niños”, continúa su hermana, “todo el mundo sabe que puedes tene algún día duro, pues imagínate cómo será teniendo Tourette, teniendo tics. En esta situación, te vas a tener que enfrentar a gente que te hace burla. Cada día“.

Rebecca, la madre de los niños también participa en el vídeo. En él, la progenitora insiste a Gavin que él es un niño normal: “No hay nada raro en ti, solo tienes pequeñas cosas diferentes, pero eso no te debe impedir hacer amigos, porque puedes hacer lo mismo que hacen los demás”. “A veces, quiero jugar con otros niños y no me dejan porque soy diferente. Pero yo puedo”, repite el pequeño en el vídeo. “Pienso que los niños con Tourette son muy valientes. Por favor, sé amable con ellos”, termina la pequeña Brynn.

La prevalencia de este síndrome se estima en 0,1-1 entre 100 personas en la población general, por lo que no se trata de una enfermedad rara. La afectación comienza durante la infancia y evoluciona en una sucesión de periodos de relativa agravación y remisión de los tics. En la mayoría de los pacientes se observa una mejoría al final de la adolescencia, pero los síntomas pueden persistir hasta la edad adulta en aproximadamente un tercio de los pacientes, según explican desde la Federación Española de Enfermedades Raras.

La mayoría de las personas que sufren este síndrome pueden llevar vidas productivas, explican desde la Asociación Americana de Tourette. “No hay barreras para sus logros en la vida personal y profesional. Se puede encontrar gente con este síndrome en todas las profesiones. El aumento de la comprensión y de la tolerancia del público a los síntomas del ST son de vital importancia para quienes los sufren”, añade en su página web este organismo.

Síndrome de Tourette (ST)

Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5, por sus siglas en inglés)

Para que una persona reciba el diagnóstico del ST, debe cumplir los siguientes criterios:

  • Tener dos o más tics motores (por ejemplo, parpadear y encogerse de hombros) y al menos un tic vocal (por ejemplo, tararear, aclararse la garganta o gritar una palabra o una frase), aunque es posible que no todos ocurran al mismo tiempo.
  • Haber tenido tics durante al menos un año. Los tics pueden ocurrir muchas veces al día (por lo general en ataques), casi todos los días, o de vez en cuando.
  • Tener tics que hayan comenzado antes de los 18 años.
  • Tener síntomas que no se deban al consumo de medicamentos u otras drogas ni a otra afección (por ejemplo, convulsiones, enfermedad de Huntington o encefalitis posviral).

https://elpais.com/elpais/2018/04/04/mamas_papas/1522841565_134723.html

Todas las familias cultas de España, todas las casas en las que alguien ha intentado transmitir un respeto por el conocimiento y por la belleza, todas las personas que han querido reconocerse a sí mismas en sus libros y en su música… Toda esa gente que no sabe qué cara poner cada vez que sus niños suplican por 10 minutos más de tableta, tienen aquí su cachito de autoayuda: los libros viejos que arrastraron en la última mudanza servirán para algo, harán de sus hijos más inteligentes, harán que mejoren sus notas y les abrirán más puertas. No sólo las puertas de la neurosis.

Al mismo tiempo es una obviedad y una sinécdoque, uno de esos juegos verbales en los que la parte (la biblioteca) expresa el todo (la cultura). Pero ahora, por fin, podemos medir con números esa idea tan abstracta que llamamos transmisión de la cultura, indagando en estudios sobre la educación como el Informe PISA de la OCDE que se dio a conocer hace algunos meses.

Hay centenares de variantes entre las que indagar en las tripas de PISA y algunas de ellas retratan la cultura de la familia de los alumnos: número de libros en casa, predisposición a ir al teatro o a exposiciones de arte… Lo bueno es que esos datos se pueden poner en relación con el rendimiento académico de los alumnos.

En España, por ejemplo, los niños de 15 años que vienen de casas con menos de 11 libros obtuvieron en el último examen de PISA 423 puntos. En cambio, los que venían de hogares con más de 500 libros lograron 540 puntos, un 27,65% más. «En PISA consideramos que 40 puntos equivalen a un año académico, de modo que esos 117 puntos de distancia son casi tres años de diferencia», explican, desde París, fuentes de la OCDE, el organismo que elabora el estudio.

Algunos datos complementarios. Primero, los 117 puntos entre un extremo y otro que se dan en España no son ninguna extravagancia. En el conjunto de los países estudiados, la distancia es de 111 puntos. Y segundo: el porcentaje de casas en los que hay menos de 10 libros es el 10%. Al otro lado de la tabla, el 16% de los hogares guarda más de 200 ejemplares y el 8%, más de 500. Los porcentajes son mejores que los de países como Francia, Alemania, el Reino Unido, Estados Unidos… y, además, esta parte del estudio es tan divertida como husmear en el cuarto de estar de los vecinos.

Hay más cifras que van en la misma dirección. Sin salir de PISA, podemos averiguar que los niños españoles que dicen tener libros de literatura clásica en casa reciben 512 puntos. Los que tienen cuadros y otras obras de arte, 510. Y los que tienen más de tres instrumentos musicales, 518.

Además, el informe PIRLS (Progress in International Reading Literacy Study) es otra fuente que insiste en la misma idea: los niños españoles de nueve o 10 años (4º curso de primaria) con más de 200 libros (no se recogen más categorías) en casa leen un 20,8% mejor.

Y ahora, ¿qué hacer con todos estos datos?

Mariano Fernández Enguita es catedrático de Sociología de la Educación en la Universidad Complutense de Madrid. Y pone un poquito de contexto: «La biblioteca es, ante todo, un indicador, además de un componente, del capital cultural y escolar de la familia. Si un niño ve a sus padres leer interesados, ensimismados, riendo, etcétera, quiere aprender antes; y estos le incentivan. Y la escuela empieza masivamente por y gira hasta el final en torno a la lectoescritura, que además es el caldo perfecto para el efecto Mateo (eso de que los ricos se hacen más ricos y viceversa). Además, la familia con más libros también va más a museos, ve otra televisión, otro cine, otra música, hace otro turismo, habla más y mejor, valora la escuela, etcétera. Una pescadilla que se muerte la cola. Si en vez de a la escuela los llevásemos a un taller de carpintería tendrían ventaja los niños con más herramientas en casa».

«No estamos en una relación causa-efecto, más bien es una causa difusa. La cultura es un cúmulo de rasgos difusos que crean una predisposición al aprendizaje. La cultura no está encerrada en un libro ni en un cuadro», explica Antonio Rodríguez de las Heras, director del Instituto de Cultura y Tecnología de la Universidad Carlos III de Madrid. «Pero es evidente que un entorno de cultura es una promesa de información de calidad. E insisto en lo de la calidad, porque en este momento, nos sobra la información. Por eso, cada vez va a ser más importante ese entorno cultural»

Las neuronas espejo y el nivel de renta

Álvaro Bilbao, neurólogo y autor del libro El cerebro del niño explicado a los padres(Ed. Plataforma Actual), le toca explicar cómo funciona esa osmosis cultural: «En el cerebro hay una cosa que se llama neuronas espejo y que son circuitos que permiten aprender a través de la observación y crear patrones desde la réplica. Un niño de dos años que ve a sus padres leer no aprende a leer por eso. Pero sí que crea un patrón que le va a acompañar toda su vida. No habrá que convencerle ni que echarle una charla».

¿Y entonces? «El niño que lee accede a información de más calidad, ésa es la primera razón por la que tiene más éxito académico. La otra razón es que se desenvuelve mejor en la expresión oral y escrita». Y eso también vale para las matemáticas. «Claro, porque el lenguaje no sólo es lenguaje verbal. También es lenguaje abstracto», explica Bilbao.

Vienen más datos. Excellence through equity es el título de otro estudio de la OCDE, esta vez elaborado en 2012, que mide entre otras cosas, las habilidades matemáticas de los estudiantes y que también atiende a datos socioculturales como la existencia de libros en el hogar (sin precisar el tamaño). En el caso de España, los niños con libros mejoran un 5,6% el rendimiento en mates de los que no tienen.

Y aquí viene el truco que todo el mundo ve venir desde hace algunos párrafos: la existencia de una biblioteca en casa no sólo es la expresión de la cultura de una familia. También es el indicador de su nivel de renta. No es fácil ser pobre y tener más de 500 libros en el salón. «Normalmente, el número de libros se utiliza como parte de un índice global que mide el nivel económico, social y cultural del hogar de estudiante», explica Alfonso Echazarra, analista de la OCDE. En ese informe de equidad también se señala que el impacto de los niveles de renta sobre el rendimiento de los niños españoles es irrelevante.

Los responsables de PISA, que lo miden casi todo, no han querido estudiar la relación entre el éxito académico y los niveles de renta de las familias. Lo más parecido que existe es un paper que dice que los hijos de los profesionales tienen mejor rendimiento que los hijos de los gestores, que detrás van los hijos de trabajadores industriales y los de empleados en tareas básicas.

No hay más datos. Nos quedamos, de momento, sin saber si importa más ser rico o ser culto.

http://www.elmundo.es/papel/cultura/2018/03/14/5aa808c4268e3e52548b4676.html

Los hermanos nos vienen dados. No los elegimos. Por esto debemos aprender a socializar con ellos y en el proceso se pueden dar rivalidades, amistades para toda la vida o celos, ya que debemos compartir con ellos el cariño de nuestros padres. La terapeuta familiar y autora del libro ¿Qué le pasa a mi hermano?, Àngels Ponce, responde a varias situaciones que se pueden dar entre hermanos y pautas que nos pueden servir para lidiar con ellas.

PREGUNTA. “Mis hijos se pelean mucho, ¿cómo lidio con ello?”. Muchas veces, los padres son los árbitros de los conflictos entre hermanos, ¿cuál es la mejor manera de actuar? ¿Nos puedes dar algunas pautas?

RESPUESTA. Los padres y madres tienen diferentes formas de manejar las peleas entre hermanos: algunos optan por consolar a los heridos y reprender al agresor. Mientras que otros progenitores piensan que los niños deben aprender a resolver los conflictos por sí mismos. Entre las pautas que nos pueden ayudar a lidiar con estas situaciones están:

  • En primer lugar, hay que priorizar la seguridad: es nuestra responsabilidad evitar que los niños se lastimen. Así que si existe este peligro, debemos intervenir.
  • Enseñar a nuestros hijos a usar palabras (no las manos ni los puños) para defender sus argumentos. Esto, probablemente, lo vamos a tener que repetir muchas veces. No importa si necesitan que se les recuerde continuamente.
  • Reforzar que expresen sus propias emociones con palabras cuando hay un conflicto, como “estoy enfadado”, “estoy triste” o “esto que estás haciendo no me gusta”
  • No tomar partido por uno u otro. Es importante que los niños perciban que no estamos favoreciendo a ninguno cuando hay una pelea (a menos que esté en juego la seguridad de alguien).
  • Aprovechar la calma (que sigue a la pelea) para que todas las partes tengan la oportunidad de hablar y de ser escuchado.
  • Ayudarles a encontrar la solución

P. En el caso de dos hermanas, en la que la pequeña prefiere ir con los amigos de la mayor. La madre está preocupada por los problemas que le puede acarrear a la menor, ¿Es este comportamiento normal entre hermanas? ¿Se resuelve con la edad? ¿cómo lo podemos gestionar como padres?

R. No hay que preocuparse. Es normal que la hermana pequeña esté muy pendiente de la mayor, probablemente la admire y quiera seguir sus pasos muy de cerca. Por otro lado, también puede que entre el grupo de amigas de la hermana despierte cierta simpatía: es más pequeña y quizás por ello le presten ciertas atenciones. Esto reforzaría la preferencia de esta niña por estar rodeada de chicas más mayores, pero también es lógico que a la hermana mayor no le haga mucha gracia. Desde el punto de vista de los padres, es recomendable que a la vez que favorecen la relación entre las hermanas (potenciando juegos compartidos, por ejemplo) también se reconozca y se explique el espacio privado y exclusivo de cada una de ellas, dedicándoles tiempo por separado y preservando la necesidad de que cada una realice actividades adecuadas a su edad al margen del entorno familiar, esto incluye tanto las relaciones sociales como actividades extraescolares, por ejemplo.

P. Los celos, ¿cómo lidiamos con ellos? ¿somos los causantes los padres, qué parte de culpa tenemos?

R. Los celos son algo natural entre hermanos. Todos ellos compiten por la atención de los padres que no pueden recibir en exclusividad (como desearían). Esto no significa que se odien, probablemente sea todo lo contrario. Pero son niños y probablemente no dispongan de las habilidades emocionales y de comunicación necesarias para poder expresarlo de manera civilizada, y, de ahí que aparezcan las peleas. Los padres no somos culpables de eso, somos el motivo por el que rivalizan nuestros hijos y lo único que podemos hacer ante ello es mostrar nuestro afecto a cada uno de ellos por igual, atenderles de manera exclusiva en tantas ocasiones como sea posible y no hacer comparaciones. De manera que sientan que les queremos a cada uno tal como es. Por otro lado, también es importante mantener la calma, probablemente la rivalidad y las peleas se conviertan en una constante en nuestra casa. Debemos recordar también ser un ejemplo para ellos y comportarnos como adultos que no se gritan, ni pelean, sino que son capaces de mostrar diferentes puntos de vista y llegar a un acuerdo de manera pacífica.

P. Hermanos que se llevan mal, no se hablan, ¿con ellos cómo podemos hacerlo?

R. Ante esta situación, sería interesante explorar por qué motivo estos hermanos no se hablan para luego, ayudarles a restablecer la comunicación:

  1. Animarles a que hablen de ello, que expresen cómo se sienten
  2. No tomar partido por ninguno de ellos, mostrando comprensión por ambas posturas.
  3. Apoyarles a que expresen lo que necesitan de la otra persona
  4. Crear un ambiente de calma para fomentar la empatía entre ellos.

P. ¿Cómo lidiamos con la relación filial cuando uno de los hermanos tiene una discapacidad?

R. Los hermanos de niños con alguna discapacidad, naturalmente, también les ven como rivales. Sobre todo porque se llevan la mayor parte de la atención y tiempo de sus padres. De aquí que en ocasiones, tengan que destacar en algo para bien o para mal. Ponen a prueba el alcance de nuestra paciencia, despiertan nuestros más bajos instintos y nos llevan al límite y, como indica Àngels Ponce, “existen pocas personas que sean capaces de sacarnos de nuestras casillas como lo hacen nuestros hermanos”.

Resumiendo

Los ocho consejos fundamentales para fomentar una buena relación entre hermanos que nos recuerda la experta son: evitar comparar y valorar la actitud y habilidades de cada uno en su momento; crear un clima de colaboración en casa; dedicar el mismo tiempo a cada uno de los hijos; hacerles ver que cada uno es especial; dejarles a cada uno su propio espacio; fomentar la comunicación y la escucha en casa; aceptar el conflicto y aprender a reconocer lo que les preocupa.

He escuchado a Mar Romera, maestra y experta en educación emocional, en vivo y en directo en dos ocasiones, ambas en los congresos de educación organizados por el Observatorio de Educación de la Universidad Rey Juan Carlos, de los que ya hablé en un artículo anterior. Cuando la oigo, a ella y a otros expertos en educación, referirse a los padres no puedo evitar ponerme en estado de alerta. Creo que tengo un problema: Estoy harta del discurso de la sobreprotección, de la malentendida cultura del esfuerzo y de la frase “hay que enseñar a los niños a tolerar la frustración”. Y es que, desde hace ya demasiados años para mi gusto, cada vez que se habla de crianza sale el tema de la sobreprotección. Y si además se habla de educación, también resulta inevitable hablar de lo necesario que es el esfuerzo, y tolerar la frustración. Si vas a estrenarte como papá o mamá, ve acostumbrándote a vivir con estas tres cosas.

La situación ha llegado ya hasta el punto de que tal, y como afirma Mar Romera en este vídeo, si eres padre y dices que quieres que tu hijo sea feliz, vas por muy mal camino, tienes muchas papeletas de ser un padre sobreprotector. Yo lo he dicho mil veces, ¿quién no? Y lo repito: yo quiero que mis hijos sean felices, ¿alguien no quiere serlo? Yo quiero ser feliz. ¿Qué tiene de malo? Más bien al contrario, si no ¿por qué a los que están deprimidos los consideramos enfermos? La felicidad, que celebra este martes su día internacional, es un estado natural del ser humano. Y por suerte la valoramos mucho, la buscamos, y cuando la perdemos queremos recuperarla cuanto antes.

Pero claro, si está tan mal visto que digamos que queremos que nuestros hijos sean felices, será por algo. Mi primer impulso al empezar a escribir este artículo ha sido buscar “Qué es la felicidad” en Google lo cual me ha devuelto 18.900.000 millones de resultados. Después he buscado su significado en el diccionario de la RAE. La felicidad tiene tres definiciones en el diccionario de nuestra lengua. La primera de ellas dice: “Estado de grata satisfacción espiritual y física”. Hasta aquí todo bien. Esto es lo que más o menos entiendo yo por felicidad. La segunda definición no dice gran cosa. Y la tercera definición sin embargo es muy interesante: “Ausencia de inconvenientes o tropiezos”. Curiosa manera de entender la felicidad. Y además ¿qué nos pasa cuando encontramos inconvenientes? Que nos frustramos.

Si pensando en esta tercera definición, recuperamos ese momento en el que un papá o una mamá dicen que solo quieren que su hijo sea feliz, es cuando nos damos cuenta del problema. Entender la felicidad únicamente según la tercera definición de la RAE y tratar de mantener esa felicidad en nuestros hijos es lo que nos convierte en sobreprotectores. Si evitamos que se encuentren con inconvenientes o tropiezos por miedo a que dejen de ser felices un rato y que se frustren, no les estamos haciendo ningún favor. Se puede dejar de ser feliz un día, o dos o alguno más, se puede estar triste, frustrado y se debe, como dice Mar Romera en el vídeo, entender y aceptar las emociones, todas, las positivas y las no tan positivas.

¿Es compatible desear que tu hijo sea feliz con no allanarle el camino? Sí, y tanto. De hecho, lo correcto es que nos centremos en la primera definición de felicidad según la RAE, entendiendo que nuestros hijos deben encontrarse en ese estado de satisfacción de manera balanceada. No se trata de que no lloren nunca, no se frustren nunca, no se esfuercen nunca, de que estén todo el día flipados, de que tengan todo lo que se les antoja, y vivan buscando cada día algo nuevo que les haga supuestamente más felices. No hay que confundir felicidad con placer.

El problema, más bien, no está en querer que nuestros hijos sean felices, sino en cómo entendemos la felicidad y en cómo conducimos a nuestros hijos a ella. Los niños tienen que sentirse frustrados muchas veces, y del mismo modo que la felicidad es un estado del que salimos por la razón que sea y al que siempre deseamos volver, la frustración es una emoción que no nos gusta, y por ello podemos sentir la tentación de querer que nuestros hijos no tengan que experimentarla. Pero será pasajera, y finalmente los niños regresarán a su estado de bienestar si todo va bien.

Aceptar la frustración y entenderla es necesario, y así tienen que saberlo nuestros hijos. Pero tampoco podemos convertir una situación frustrante y estresante para un niño en algo cotidiano en su vida con la excusa de que tiene que aprender a tolerar la frustración. Por eso odio la expresión “tolerar la frustración”. Le faltan matices, así que yo prefiero decir que hay que “superar la frustración”. Y esto lleva esfuerzo, y hay muchos esfuerzos que llevan a sentirse bien y feliz. Pero igual que detesto la idea de tolerar la frustración, porque cuando lo pienso me parece que tenemos que enseñar a los niños que deben acostumbrarse a vivir frustrados y fastidiados, como si hubiéramos aceptado desde nuestra perspectiva de adulto que así es la vida, odio también la cultura del esfuerzo sin más.

No entiendo ni comparto la cultura del esfuerzo cuando habla del esfuerzo medido en términos de sufrimiento, en vez de relacionarlo con la satisfacción por el logro y la superación

Yo veo un ciclo en estas tres ideas: la felicidad de nuestros hijos se la roban las frustraciones y el esfuerzo les puede devolver de nuevo a ella. Esforzarse para superar un obstáculo o resolver un problema, y experimentar la satisfacción del logro alcanzado es una emoción por la que deben pasar nuestros hijos. No sería justo robarles esas vivencias. Pero, de nuevo, odio la cultura del esfuerzo porque sí. La humanidad entera busca nuevas formas de afrontar las vicisitudes de la vida con menos esfuerzo cada vez y en lo que en muchos casos a educación se refiere se sigue ensalzando la virtud del esfuerzo sin más: el esfuerzo por aprobar exámenes sobre temas o asignaturas que no llegarán a aplicar jamás en la vida, el esfuerzo para ser capaces de repetir como papagayos sin interiorizar ideas que no han llegado a comprender o por copiar párrafos enteros de libros de texto. No entiendo ni comparto la cultura del esfuerzo cuando habla del esfuerzo medido en términos de sufrimiento, en vez de relacionarlo con la satisfacción por el logro y la superación.

Recuerdo una ocasión en la que un taxista me preguntó que si tuviera que escoger entre ser feliz y ser buena persona qué es lo que elegiría. Yo dije que preferiría ser feliz, porque no creo que pudiera serlo siendo una mala persona; sin embargo hay buenas personas que no son felices. El taxista se quedó pensando mi respuesta, y la rebatió, diciendo que sí hay gente que es mala persona, gente poderosa y adinerada a veces, que es feliz. No creo en ese tipo de felicidad. Por eso para mí la respuesta está clara. Hay tantos conceptos de felicidad como personas, lo dice el psiquiatra Rojas Marcos, pero es cierto que si un padre o una madre viven deseando que su hijo sea feliz, está en el punto de mira de la sobreprotección.

Acabo de decidir que, a partir de ahora, si alguien me pregunta qué quiero que sean mis hijos, les diré que quiero que sean resilientes –la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas–. Es una manera un poco enrevesada de decir que quiero que sean felices, pero al menos espero que así no me tilden de sobreprotectora.

https://elpais.com/elpais/2018/03/20/mamas_papas/1521532331_198316.html

Todas las familias cultas de España, todas las casas en las que alguien ha intentado transmitir un respeto por el conocimiento y por la belleza, todas las personas que han querido reconocerse a sí mismas en sus libros y en su música… Toda esa gente que no sabe qué cara poner cada vez que sus niños suplican por 10 minutos más de tableta, tienen aquí su cachito de autoayuda: los libros viejos que arrastraron en la última mudanza servirán para algo, harán de sus hijos más inteligentes, harán que mejoren sus notas y les abrirán más puertas. No sólo las puertas de la neurosis.

Al mismo tiempo es una obviedad y una sinécdoque, uno de esos juegos verbales en los que la parte (la biblioteca) expresa el todo (la cultura). Pero ahora, por fin, podemos medir con números esa idea tan abstracta que llamamos transmisión de la cultura, indagando en estudios sobre la educación como el Informe PISA de la OCDE que se dio a conocer hace algunos meses.

Hay centenares de variantes entre las que indagar en las tripas de PISA y algunas de ellas retratan la cultura de la familia de los alumnos: número de libros en casa, predisposición a ir al teatro o a exposiciones de arte… Lo bueno es que esos datos se pueden poner en relación con el rendimiento académico de los alumnos.

En España, por ejemplo, los niños de 15 años que vienen de casas con menos de 11 libros obtuvieron en el último examen de PISA 423 puntos. En cambio, los que venían de hogares con más de 500 libros lograron 540 puntos, un 27,65% más. «En PISA consideramos que 40 puntos equivalen a un año académico, de modo que esos 117 puntos de distancia son casi tres años de diferencia», explican, desde París, fuentes de la OCDE, el organismo que elabora el estudio.

Algunos datos complementarios. Primero, los 117 puntos entre un extremo y otro que se dan en España no son ninguna extravagancia. En el conjunto de los países estudiados, la distancia es de 111 puntos. Y segundo: el porcentaje de casas en los que hay menos de 10 libros es el 10%. Al otro lado de la tabla, el 16% de los hogares guarda más de 200 ejemplares y el 8%, más de 500. Los porcentajes son mejores que los de países como Francia, Alemania, el Reino Unido, Estados Unidos… y, además, esta parte del estudio es tan divertida como husmear en el cuarto de estar de los vecinos.

Hay más cifras que van en la misma dirección. Sin salir de PISA, podemos averiguar que los niños españoles que dicen tener libros de literatura clásica en casa reciben 512 puntos. Los que tienen cuadros y otras obras de arte, 510. Y los que tienen más de tres instrumentos musicales, 518.

Además, el informe PIRLS (Progress in International Reading Literacy Study) es otra fuente que insiste en la misma idea: los niños españoles de nueve o 10 años (4º curso de primaria) con más de 200 libros (no se recogen más categorías) en casa leen un 20,8% mejor.

Y ahora, ¿qué hacer con todos estos datos?

Mariano Fernández Enguita es catedrático de Sociología de la Educación en la Universidad Complutense de Madrid. Y pone un poquito de contexto: «La biblioteca es, ante todo, un indicador, además de un componente, del capital cultural y escolar de la familia. Si un niño ve a sus padres leer interesados, ensimismados, riendo, etcétera, quiere aprender antes; y estos le incentivan. Y la escuela empieza masivamente por y gira hasta el final en torno a la lectoescritura, que además es el caldo perfecto para el efecto Mateo (eso de que los ricos se hacen más ricos y viceversa). Además, la familia con más libros también va más a museos, ve otra televisión, otro cine, otra música, hace otro turismo, habla más y mejor, valora la escuela, etcétera. Una pescadilla que se muerte la cola. Si en vez de a la escuela los llevásemos a un taller de carpintería tendrían ventaja los niños con más herramientas en casa».

«No estamos en una relación causa-efecto, más bien es una causa difusa. La cultura es un cúmulo de rasgos difusos que crean una predisposición al aprendizaje. La cultura no está encerrada en un libro ni en un cuadro», explica Antonio Rodríguez de las Heras, director del Instituto de Cultura y Tecnología de la Universidad Carlos III de Madrid. «Pero es evidente que un entorno de cultura es una promesa de información de calidad. E insisto en lo de la calidad, porque en este momento, nos sobra la información. Por eso, cada vez va a ser más importante ese entorno cultural»

Las neuronas espejo y el nivel de renta

Álvaro Bilbao, neurólogo y autor del libro El cerebro del niño explicado a los padres(Ed. Plataforma Actual), le toca explicar cómo funciona esa osmosis cultural: «En el cerebro hay una cosa que se llama neuronas espejo y que son circuitos que permiten aprender a través de la observación y crear patrones desde la réplica. Un niño de dos años que ve a sus padres leer no aprende a leer por eso. Pero sí que crea un patrón que le va a acompañar toda su vida. No habrá que convencerle ni que echarle una charla».

¿Y entonces? «El niño que lee accede a información de más calidad, ésa es la primera razón por la que tiene más éxito académico. La otra razón es que se desenvuelve mejor en la expresión oral y escrita». Y eso también vale para las matemáticas. «Claro, porque el lenguaje no sólo es lenguaje verbal. También es lenguaje abstracto», explica Bilbao.

Vienen más datos. Excellence through equity es el título de otro estudio de la OCDE, esta vez elaborado en 2012, que mide entre otras cosas, las habilidades matemáticas de los estudiantes y que también atiende a datos socioculturales como la existencia de libros en el hogar (sin precisar el tamaño). En el caso de España, los niños con libros mejoran un 5,6% el rendimiento en mates de los que no tienen.

Y aquí viene el truco que todo el mundo ve venir desde hace algunos párrafos: la existencia de una biblioteca en casa no sólo es la expresión de la cultura de una familia. También es el indicador de su nivel de renta. No es fácil ser pobre y tener más de 500 libros en el salón. «Normalmente, el número de libros se utiliza como parte de un índice global que mide el nivel económico, social y cultural del hogar de estudiante», explica Alfonso Echazarra, analista de la OCDE. En ese informe de equidad también se señala que el impacto de los niveles de renta sobre el rendimiento de los niños españoles es irrelevante.

Los responsables de PISA, que lo miden casi todo, no han querido estudiar la relación entre el éxito académico y los niveles de renta de las familias. Lo más parecido que existe es un paper que dice que los hijos de los profesionales tienen mejor rendimiento que los hijos de los gestores, que detrás van los hijos de trabajadores industriales y los de empleados en tareas básicas.

No hay más datos. Nos quedamos, de momento, sin saber si importa más ser rico o ser culto.

http://www.elmundo.es/papel/cultura/2018/03/14/5aa808c4268e3e52548b4676.html

La base de la autoestima está en la confianza. Lo primero que tenemos que saber es que la confianza es una característica innata y universal, una fuerza interior que asiste en mayor o menor medida a todos los niños desde su nacimiento y les posibilita que puedan afrontar cualquier tipo de aprendizaje. El objetivo de los padres debe ser mantener y avivar esa confianza, ese fuego sagrado, como si fueran nuevos y benefactores Prometeos, atizar la llama cada vez que sea necesario, en el momento de iniciar nuevos aprendizajes: desde atarse los cordones, hablar una lengua extranjera o encestar una pelota en una canasta.

Cuando más necesitan los pequeños de padres, entrenadores y maestros es precisamente cuando las cosas no les salen bien, momento en el que deben afianzar su confianza. Y esto se consigue a través de la palabra, que puede constituirse en el gran instrumento de aliento y reafirmación o, utilizada torpemente, también podría representar justo lo contrario. Lo que va a determinar el éxito en la vida de estos niños es justamente la imagen que tienen de sí mismos y, para captar dicha imagen, ellos se contemplan en tres fundamentales espejos: los padres, los maestros y sus iguales.

Algunas herramientas para afianzar la confianza

  • Son muchas las herramientas que podemos utilizar para afianzar esta confianza, pero si tenemos que elegir una estrategia infalible esta sería la de poner todo nuestro énfasis en sus aciertos, minimizando los errores.
  • Debemos partir del axioma de que si un niño es más consciente de las cosas que no le salen bien que de aquellas en las que destaca, nunca desarrollará una autoestima saludable o su máximo potencial creativo, por eso hay que priorizar la atención a sus destrezas naturales sobre el tratamiento de sus dificultades y carencias.
  • Un ejemplo que a menudo planteamos en las sesiones de coaching es el siguiente: supongan que su hijo viene a casa con las siguientes notas al final de un cuatrimestre: Literatura 10, Ciencias Sociales 9, Biología 7 y Matemáticas 3, ¿cuál de todas estas notas atrae más su atención? La mayoría de los padres responde lo mismo: ¡Matemáticas¡. Es evidente que el suspenso está en esta asignatura y se requiere una solución de choque para mejorar la calificación. Pero ¿debe ser la que más atención requiera, la que se convierta en el centro de nuestras preocupaciones? Si esto sucediera, ¿cuánto tiempo dedicaríamos a conversar con nuestro hijo acerca de su talento natural para las ciencias sociales y la literatura? Realmente, muy poco, con lo que magnificaríamos y haríamos crecer la preocupación, eclipsando los logros.

Acompañarlos a superar los desafíos de la vida

Lo mejor que podemos hacer desde la más tierna infancia de nuestros hijos es crear espacios y canales de comunicación, de manera que puedan hablar distendidamente de las cosas que les preocupan, de los obstáculos que deben superar o de los desafíos que tienen ante sí.

Para que los niños se animen a ser sinceros y expresivos y que no se limiten a responder con monosílabos –sí y no– a nuestras preguntas deben percibir que estas no son cerradas y que no tienen una finalidad de vigilancia o control. Como por ejemplo: ¿Qué tal te fue en la escuela? ¿terminaste ya la tarea?

Si, por el contrario, formulamos cuestiones abiertas que den lugar al diálogo y a unas respuestas amplias en las que se puedan explayar acerca de los problemas que están enfrentando, la cosa cambia radicalmente: ¿Cuáles fueron tus mejores resultados esta semana? ¿qué te pareció lo más complicado de lo que estudiaste? ¿qué desafíos o pruebas tienes por delante los próximos días, te infunden temor o estás confiado?

Si sabemos que han vivido algún hecho particular y queremos que hablen sobre ello podemos preguntar: ¿cómo viviste esa experiencia? De esa manera, ellos también se animarán a hablar de los obstáculos que estén enfrentando. Y una buena práctica es que luego todos sugieran posibles soluciones o acciones para salir adelante. Así les enseñaremos dos actitudes clave: que es primordial expresar lo que uno piensa y siente frente a las dificultades de la vida y que es muy importante poner el foco en pensar en posibles soluciones.

Ayudarles a fomentar su autoestima

Un componente muy importante de la autoestima es el sentido de la identidad. ¿Saben cuál es uno de los pilares que definen la identidad de un niño? El valor del atractivo físico. En una encuesta con una muestra muy grande se le hizo la siguiente pregunta a miles de chicos: Cuando piensas acerca de ti mismo, ¿qué viene a tu mente? Casi todos los niños encuestados respondieron sobre atributos o defectos físicos. Las heridas a la imagen que un pequeño tiene de sí mismo pueden empezar desde muy temprano. A veces los padres, de manera involuntaria, son los primeros en producirlas. ¿Cómo? A través de comentarios sarcásticos, irónicos, comparativos. Cualquier apodo que los padres pongamos: gorda, enano, vago, puede generar un impacto negativo en los pequeños El uso del sarcasmo y la ironía también es corrosivo para el sentido de identidad de un niño.

¿Cómo puedes saber si tu hijo tiene su autoestima dañada?

Hay ciertos indicios que pueden dar cuenta de un auto-concepto lastimado. Algunos de ellos son:

  • Con frecuencia usa frases negativas para referirse a sí mismo o a los demás.
  • Es hipersensible a la crítica y se avergüenza con facilidad.
  • Le falta confianza en su apariencia o destreza física.
  • Busca complacer a los adultos y suele depender de ellos.
  • Se pone incómodo frente a los elogios: los desestima, niega o se ruboriza con ellos.
  • Le da miedo mostrarse diferente de los demás.
  • A veces usa la ropa de manera exagerada: o se tapa de pies a cabeza o busca llamar mucho la atención con su forma de vestirse.

Algunas técnicas que recomendamos son:

1. Hablar mucho de sus fortalezas. Nunca demos por sentado sus talentos naturales, sus buenos gestos y actitudes y, fundamentalmente, no hagamos de sus debilidades el centro de nuestra atención. Su identidad se fortalece cuando conocen bien sus áreas más favorables.

2. Crear un espacio llamado tu tiempo: puede ser tan breve como cinco minutos. Es el momento donde nuestros hijos pueden contarnos de manera privada y sin ninguna interrupción cualquier desafío, obstáculo o preocupación que tengan. Si no los hay, tu tiempo puede ser usado para hablar de logros. Hace falta decir que en tu tiempo los teléfonos móviles no están invitados a participar.

3. Hablar de ellos de forma positiva delante de los demás. Muchos padres hacen comentarios negativos o irónicos acerca de sus hijos delante de otros. A veces, con la intención de ser graciosos frente a amigos, pueden decir cosas como: “si vieras el desorden que tiene este niño en su habitación Es un desastre”. Cada vez que hacemos un comentario así frente a otros, el niño se siente expuesto y ridiculizado.

4. Animarlos a expresar sus sentimientos: permitirles llorar, enojarse, estar tristes. Preguntar para comprender, no para intentar solucionar de inmediato. Con niños chiquitos, que aún no saben poner nombre a lo que sienten, es muy útil usar cuentos. Si se siente inadecuado en un grupo nuevo de amigos podríamos leerle El patito feo y, al terminar, invitarlo a hacer una reflexión: ¿te sientes como el patito feo alguna vez?

5. Evitar, como si fuera veneno, el uso del sarcasmo, la ironía y el uso de etiquetas.

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Habrá a quien le parezca un exceso folclórico, pero sus padres no pudieron elegir mejor nombre para ella, aunque solo sea por la razón shakespeariana de que “todo viajero curioso guarda a Granada en su corazón, aun sin haberla visitado”. Sí, ella se llama Alhambra. “Tengo un nombre raro y me dedico a un deporte raro, no es extraño que haya llamado la atención. Cuando hice el curso para árbitro, mis compañeros ya me llamaban La Mediática porque de algún modo preveían que me iba a convertir en una imagen del rugby”, resume la exjugadora y árbitro nacida en Granada en 1983.

Tuvieron ojo, sí, pero el camino hasta ser elegida, hace un año, Mejor Árbitro del Mundo por World Rugby, no puede ventilarse en cuatro líneas ni explicarse solo desde la peculiaridad. Como tantos otros en España, ella descubrió ensayos y melés en la universidad (en este caso, la de Málaga), donde estudiaba Ingeniería de Telecomunicaciones y “fue un auténtico flechazo”.

No le dieron miedo los placajes, tampoco la etiqueta de “marimacho” –ya había practicado kárate, tras probar con fútbol, tenis, baloncesto y voleibol–. A partir de ahí, ascensos a División de Honor, brazaletes de capitana, ligas, copas e incluso la selección española, con la que debutó en un partido del Torneo VI Naciones femenino ante Inglaterra, en 2006.

Tan enganchada estaba que esa misma temporada empezó a arbitrar. “Pero durante los primeros años mi prioridad era jugar y arbitraba muy poco”, recuerda. “El salto lo di cuando dejé de jugar, en septiembre de 2012. Ese diciembre ya fui como asistente a las series mundiales de rugby 7”.

Desde entonces su progresión ha sido imparable: debutó en el XV en el mismísimo Eden Park de Auckland pitando a las All Blacks en 2013; al año siguiente se convirtió en la tercera mujer en dirigir una final de la Copa del Rey masculina y entró en el Mundial femenino por la baja de una compañera. Luego, debut en el Seis Naciones femenino y final en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro y, de nuevo rompiendo el techo de cristal, hace unas pocas semanas, fue la primera árbitro en dirimir un encuentro oficial entre combinados nacionales masculinos (Finlandia y Noruega).

“Me dicen que tengo más mérito por ser mujer, y me molesta. No me están tratando como a una igual”

“Todo árbitro quiere ir creciendo, y cuando ya has llegado al tope en la competición femenina, ya has pitado hasta un Mundial, no hay más retos… Entonces piensas en arbitrar partidos masculinos, y en llegar también a la Copa del Mundo. Esa es, de momento, mi meta”, señala.

Una meta que ha recibido enorme atención mediática, incluso en España, donde las mujeres apenas protagonizan un 5 % de las noticias deportivas. ¿Cómo lo lleva? “Preferiría que fuese solo por mis méritos, la verdad, pero siempre que mejore las cosas, para el rugby y para mí, estupendo. A veces me dicen que tengo más mérito por ser mujer, y me molesta, porque no es así. No lo tengo, y si me lo dan, entonces no me están tratando como a una igual”, dice, justo antes de declararse feminista sin ambages. “Tenemos que conseguir las mismas oportunidades para todos, y para ello es necesario generar las coyunturas que aseguren que las mujeres podamos alcanzar iguales objetivos que los hombres. Oportunidades reales para lograr la igualdad”, señala. Utiliza el plural, pero de ningún modo escurre el bulto; un principio básico del rugby es que, por muy fuerte que uno sea, la verdadera fortaleza está en el equipo.

“Sé que, en mi posición, tengo una gran responsabilidad, porque soy un referente. Muchas chicas al verme piensan que su sueño raro ya no lo es tanto, y que por qué no va a poder cumplirse. Que se puede ser feliz haciendo cosas diferentes, rompiendo moldes. En este sentido, ser un modelo es algo que me ilusiona y me llena de satisfacción. Pero no es algo que yo haya buscado, simplemente me ha pasado. La sociedad es la que busca crear esos modelos para visibilizar determinadas cosas”, reflexiona. Y Alhambra nunca se ha escondido. Ni sobre la hierba ni delante de un café. Sus padres no se equivocaron: una cosa es hacer historia y otra, escribirla.

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Probablemente te has dado cuenta de que muchos niños hablan solos mientras están jugando. A veces incluso decimos que están hablando con su amigo invisible, pues parece que mantengan una conversación muy interesante con alguien que sólo ellos pueden ver.

Esto es algo muy beneficioso para su desarrollo intelectual, ya que en esta situación de juego estará practicando maneras de comunicarse de forma efectiva con los demás.

¿Quieres saber cuáles son los beneficios de que los niños hablen solos mientras juegan?

10 beneficios de que los niños hablen solos mientras juegan

No te preocupes si tu hijo habla solo mientras juega, ya que esto puede tener muchas ventajas para su maduración en el futuro.

1- Practica diferentes maneras de comunicarse. Especialmente cuando utiliza diferentes personajes que interactúan entre ellos.

2- Empatiza con estos diferentes personajes y se pone en otros puntos de vista para entender mejor cómo la misma situación afecta de diferentes maneras.

3- Usa diferentes roles, entendiendo que tendrá que actuar con más o menos firmeza si representa, por ejemplo, ser un profesor o ser un alumno.

4- Se autocorrige, ya que no hay nadie que le diga si lo dice bien o mal. Además necesita hacerse entender para que los demás personajes con los que interacciona puedan participar también (de no ser así, no tendría ningún sentido continuar hablando en voz alta).

5- Organiza y estructura mejor las frases, ya que no hay prisa en dar una respuesta y se concede el tiempo que necesita para elaborar el discurso.

6- Utiliza el turno de palabra. La imposibilidad de que los personajes se interrumpan mientras hablan crea la necesidad de que el niño establezca unos tiempos marcados para que cada uno de los hablantes pueda expresarse y ser escuchado.  

7- Es más flexible y encuentra fácilmente soluciones para que sus personajes favoritos se pongan de acuerdo.

8- Estimula su creatividad a través de la invención de diversos conflictos y soluciones, necesarios para que el juego tenga sentido y se alargue tanto como desee.

9- Se escucha a sí mismo, siendo más consciente de lo que está diciendo. Este punto es básico para comprendernos y deberíamos hacerlo todos, niños y adultos, así que cuanto más practique, más facilidades tendrá para defender sus ideas en un futuro.

10- Aprende más vocabulario, ya que cuando prueba nuevas fórmulas de comunicación surgen maneras distintas de decir lo mismo pero desde diferentes perspectivas. Y en el momento en que no sepa cómo explicar algo, le aparecerá una duda que deberá resolver, con lo que estará muy atento, después del juego, a lo que se diga a su alrededor para encontrar la solución, memorizando más fácilmente las palabras nuevas que utilizará otro día cuando se encuentre jugando nuevamente con sus personajes favoritos.

Como ves, hay muchos beneficios en que los niños hablen en voz alta mientras juegan. Por eso, si le encuentras hablando a solas te recomiendo que evites interrumpirle en la medida de lo posible y que respetes su espacio para que se pueda expresar libremente.

https://www.guiainfantil.com/articulos/educacion/aprendizaje/los-beneficios-de-que-los-ninos-hablen-solos-mientras-juegan/

Lady Gaga, Mark Zuckerberg y Sergey Brin (cofundador de Google) tienen una cosa en común: los tres pasaron por el Centro de Juventud con Talento (CTY) de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore (EE UU), abierto a adolescentes que sacan notas excepcionalmente altas. El CTY es solo un complemento de un proyecto todavía más ambicioso: el Estudio de la Juventud Matemáticamente Precoz (SMPY), creado en 1971, al mismo tiempo que una escuela para superdotados (integrada en la Universidad Vanderbilt, en Nashville) y un estudio longitudinal de 50 años que aún está en marcha.

“Durante 45 años, el SMPY ha hecho un seguimiento de las carreras y los logros de unos 5.000 individuos —recoge un reciente artículo de la revista Nature—, muchos de los cuales se han convertido en científicos de primer nivel. Los datos del estudio, en constante crecimiento, han generado más de 400 ensayos y varios libros, y proveen de claves para detectar y desarrollar el talento en ciencias, tecnología, ingenierías, matemáticas y otros campos”.

Que el SMPY sea una factoría de cerebritos da que pensar: ¿entonces, lo determinante para triunfar en el ámbito profesional es el talento y no el esfuerzo y la experiencia, como nos habían dicho hasta ahora? “Ambas cosas van de la mano”, explica la psicóloga Alicia Banderas, autora del libro Niños sobreestimulados (Cúpula, 2017). “El talento no se desarrolla si no hay esfuerzo y constancia para brillar”.

Camilla Belbow es codirectora del SMPY, y en el citado artículo de Nature da ocho pautas para que los padres expriman al máximo el potencial de sus hijos:

Si se le da bien escribir, no lo apunte a piano

Lo primero es darse cuenta de que su hijo tiene intereses o talentos fuertes. “Si lo observamos, veremos que esa actividad la hace casi sin esfuerzo, su habilidad es reconocida por los demás, continuada en el tiempo y siente placer al realizarla”, describe Banderas. A partir de ahí, refuerce las que están en consonancia con su talento. “Si se le da bien escribir, no le apunte a piano”, añade.

Anímele a que duerma en casa de amigos

Por muy buen estudiante que sea, convertirlo en un ratón de biblioteca no le hará ningún favor. “Debemos permitir a los niños que exploren”, dice Alicia Banderas. “Así reconocerá qué le gusta y se le da bien”. Las experiencias idóneas varían en función de la edad. “En la etapa infantil, cuando aprendemos por los sentidos, recomendaría paseos por la naturaleza, jugar con diferentes texturas (arena, plastilina…). En primaria, es importante el desarrollo psicomotriz, que hagan mucho ejercicio. Otra experiencia muy buena es que duerman en casa de amigos: les sorprenderá ver que desayunan otra cosa, que tienen otros valores familiares… Y ya en la adolescencia, viajar les abrirá la mente”.

Deje que se ponga triste cuando toque

No descuidar el plano sentimental es para Antonio Labanda, psicólogo educativo y director técnico del Instituto de Orientación Psicológica EOS, uno de los retos de la educación. “Eso se traduce en tener un mayor conocimiento de las emociones, el trabajo de la empatía, la autoestima, o las conductas prosociales [comportamientos positivos para socializar y comunicarse]”, enumera. Para Banderas, cuando los niños con altas capacidades se enfadan, tienden a utilizar la ira: “Hay que enseñarles a sacar la tristeza que ha desencadenado esa ira. Deben aprender a reconocer sus emociones y las de los demás”.

No lo etiquete jamás

Un 67% de los niños superdotados ha sufrido algún grado de acoso escolar, según un estudio de 2006. Muchos de ellos esconden su talento o inteligencia para pasar desapercibidos, y eso no es una solución, como tampoco lo es el extremo opuesto: que sus padres o profesores les cuelguen el sambenito de empollones. “En los colegios, hemos visto cómo los niños identifican incluso ciertos estereotipos de imagen con víctimas potenciales de burlas e insultos. Igual que restregarle a un estudiante que tiene dificultad en la comprensión no ayuda mucho, tampoco es recomendable señalarlo como el listo de la clase”, aclara Labanda.

Si pierde un partido de fútbol, réstele importancia

Al alabar el ahínco y no la habilidad, su hijo aprenderá que esforzarse está bien, y eso le ayudará a cosechar mayores éxitos, aseguran los psicólogos. “Al niño hay que marcarle objetivos realistas, que puedan superarse a base de esfuerzo”, sostiene el psicólogo educativo. “Todo lo que se haga con tesón, supone que ese aprendizaje se va a consolidar más”.

Anímelo a asumir riesgos intelectuales

Según los expertos, fracasar ayuda a aprender. “Esa recomendación es muy correcta”, subraya Labanda. “Los niños tienen que ser felices. Y eso se consigue a base de equivocarse y generar resiliencia; es decir, capacidad, ante una situación más o menos dolorosa o frustrante, de seguir hacia delante y no abandonar”.

Trabaje con los maestros

La profesora Belbow afirma que, a menudo, “los estudiantes inteligentes necesitan material más avanzado, apoyo adicional o la libertad de aprender a su propio ritmo”. El psicólogo lo suscribe: “La relación familia-escuela debe ser primordial. Cada uno tiene su papel, pero ir en paralelo, consensuando metas, límites y normas, creo que es correcto y ayuda mucho a la estabilidad escolar y emocional”.

Haga que sus habilidades sean probadas

“Hay niños con depresión, irascibilidad, y emociones desbordadas, y eso puede deberse a que se sienten frustrados porque su capacidad no se ha destapado”, explica Banderas. ¿A qué evaluaciones debe someterse? “En España se realizan pruebas de capacidades cognitivas en las que aparece un cociente intelectual; también de creatividad y personalidad. Con eso se hace un diagnóstico, y se sugieren medidas que pueden ir de la conveniencia de pasar de curso a la ampliación en alguna materia”, concluye Labanda.

http://elpais.com/elpais/2017/05/08/buenavida/1494234106_945446.html?id_externo_rsoc=FB_CM

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es el problema de salud mental más común entre los niños. En 2015, los centros de salud mental catalanes atendieron a 17.322 menores con TDAH, un 140% más que en 2008. Según un informe de la Agencia de Calidad y Evaluaciones Sanitarias (AQuAS), la incidencia sigue al alza y seguramente el volumen real de la población diagnosticada y tratada es superior porque el informe no cuenta con los casos detectados en la sanidad privada.

No son solo niños movidos o inquietos. Pese a la controversia generada alrededor del TDAH —hay profesionales excépticos con la existencia de esta patología—, es una dolencia reconocida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en su clasificación internacional de enfermedades. Además, la evidencia científica demuestra que esta dolencia, cuyos rasgos característicos son la desatención, laimpulsividad y la hiperactividad, pueden aumentar hasta dos veces el riesgo de mortalidad, accidentes de tráfico y adicciones (el 40% de los diagnosticados con TDAH consumen drogas a lo largo de su vida).

“El incremento del diagnóstico tiene una explicación fundamentalmente por la distribución de recursos y la formación de profesionales”, sostiene el doctor Josep Antoni Ramos Quiroga, jefe de psiquiatría en el hospital Vall d‘Hebron de Barcelona. El especialista es, precisamente, uno de los autores de un artículo científico publicado en la revista científica The Lancet donde se demuestra que el cerebro de las personas con TDAH tiene alteraciones estructurales y retraso en el proceso de maduración. “Si es un trastorno que no existe, ¿por qué hay esas alteraciones estructurales? Y si no existe, ¿cómo es posible que esas personas haciendo un tratamiento tengan una vida satisfactoria?”, zanja el médico.

“La evolución también hay que interpretarla con cautela, ya que parte del incremento puede deberse a una mejora de la calidad del registro de la actividad de los centros de salud mental”, matizan los autores del informe del AQuAS. La literatura científica sostiene que entre el 5% y el 7% de los menores padecen TDAH. Según la Encuesta de Salud de Cataluña (ESCA), entre 2014 y 2015, el 4,3% de la población menor de 15 años sufría un trastorno de conducta, hiperactividad o déficit de atención.

Alteraciones en la estructura del cerebro

Un estudio internacional en el que participó Ramos Quiroga demostró que cinco estructuras del cerebro profundo son más pequeñas en personas que tienen TDAH respecto a los individuos que no presentan esta patología.

Los investigadores analizaron resonancias magnéticas de 1.713 personas con TDAH y 1.529 sin este trastorno y probaron que el cerebro de los pacientes con este problema de salud mental tiene alteraciones en su estructura y un nivel de maduración inferior al de personas de su edad que no sufren esta dolencia. En concreto, se han encontrado diferencias en cinco zonas del cerebro: el núcleo accumbens, el núcleo caudado, la amígdala, el hipocampo y el putamen.

Según los autores, este estudio, que fue publicado en The Lancet, demuestra que “el TDAH es un tratorno del cerebro, como lo son otras enfermedades psiquiátricas como la depresión o el trastorno bipolar”.

Frente a las voces que alertan de un sobrediagnóstico del TDAH en los últimos años, Ramos Quiroga asegura que todo se debe a una mejora diagnóstica y a una mayor evidencia científica. “Poco a poco se han incrementado más recursos en salud mental y eso hace que haya más capacidad de atender a más chicos con problemas de salud mental. De hecho, en centros que tienen mucha experiencia con TDAH, no hay un incremento de pacientes porque ya lo estaban detectando bien. En otros centros se ha empezado a hacer ahora formación”, señala el psiquiatra. También alude al descubrimiento de más factores de riesgo. “La prematuridad, el consumo de tabaco y alcohol durante el embarazo o la contaminación ambiental pueden tener un impacto para desarrollar más riesgo de TDAH”, sostiene.

La intervención para tratar el TDAH pasa, según las guías clínicas, por un abordaje psicológico con terapia conductivo-conductual y, para los casos más graves, combinar esta atención psicológica con farmacoterapia. Con todo, los consumidores de medicamentos para el TDAH también aumentaron un 121% en una década, según el estudio del AQuAS: en 2016, 23.689 personas consumieron fármacos para este trastorno. Los autores del informe, no obstante, matizan que solo el 63% de los atendidos en 2015 por TDAH tomaban medicación para esta dolencia.

Ramos Quiroga insiste en que la primera intervención no es farmacológica pero los medicamentos que hay en el mercado para el TDAH —son cuatro fármacos— han dado buenos resultados. El psiquiatra mantiene que existe un infradiagnóstico y una alta variabilidad territorial, un extremo que también expone el AQuAS en su informe. “Tenemos adultos que nunca han sido diagnosticados de niños, pero han consumido muchos recursos. Incluso han sido tratados con antipsicóticos. Eso no tiene ningún sentido. Los medicamentos para el TDAH son muy seguros porque son de hace muchos años y sabemos mucho de ellos”, lamenta el médico.

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