Sólo tres días desde el inicio del curso.

Eso es lo que han tardado en el “cole de mayores” en darnos un papel avisando de que había piojos en el área.

(Por supuesto, el mensaje ni señala ni culpa a nadie, que está muy bien para no estigmatizar a los portadores, aunque entonces no sabes si es que están en toda la escuela, solo en infantil o solo en algunas clases.)

Pero con bichos reales en la cabeza o no, ya nos pica todo. Además, el antiguo chat de padres de la escuela infantil saca humo. En los nuevos colegios donde van los antiguos compañeros de nuestra hija se encuentran con la misma alarma.

¿Barcelona está llena de piojos? ¿También culparán a Ada Colau y al Procés de esto? ¿Es todo un complot de las empresas farmacéuticas para vender más o realmente La invasión de los ultracuerpos será capilar?

Lo que está claro, nos dicen varios amigos con cicatrices piojiles, es que si lo pillan los críos lo acaban pillando los padres. Y aunque nosotros aún no estamos afectados, ya hacemos inspección diaria a la salida de clase, buscando posibles manchas rojas en el cuero cabelludo o directamente algún ultracuerpo asqueroso.

Como soy previsor, he empezado a documentarme en busca de soluciones que no incluyan raparnos al cero ni pasarnos el día lavando almohadas.

Muchas familias con historial piojil me hablan de un árbol legendario, un Ent de El señor de los anillosque en vez de aporrear orcos se carga a los piojos. Es el árbol del té, que en espray o champú protege y desenreda las cabelleras infantiles y adultas. En teoría, ese espíritu ancestral acojona a los piojos para que no lleguen de okupas, pero para mayor efectividad hay que combinarlo con una lendrera, un peine de púas metálicas, para cepillar mucho todo el cabello y arrastrar hacia la destrucción los huevos de piojo, llamados técnicamente liendres o “mierdamierdamierdaquétienesaquí”

Varias madres me comentan que desconfían de las recomendaciones de las farmacéuticas sonrientes, porque suelen usar químicos que dañan el cabello y solo matan a los piojos vivos, no a sus huevos. Y cuando los kínder sorpresa se abren, hay que repetir el tratamiento varias veces.

Como opciones más seguidas, algunas apuestan por suavizante o mascarilla que no causa tantos estragos capilares como ciertos champús y otras prefieren los centros de eliminación especializados (hay locales cuyo único modus vivendi es matar piojos), donde aspiran los piojos y las liendres se quitan manualmente.

Amplío la búsqueda: mirando tutoriales locos en Youtube, encuentro consejos muy culinarios, que se resumen en llenar el cabello de mayonesa, aceite o sal para que ahogue a los bichos, pero me suena más a aliñar ensaladas que a tratamiento efectivo.

Ante este abanico, no sé a quién creerme.

Así que antes de que las hordas de piojos sedientos de sangre y pelo vengan a por nosotros, ayudadnos, querid@s lector@s harrypateresc@s. ¿Qué remedios os han funcionado?

https://elpais.com/elpais/2018/10/04/mamas_papas/1538637860_344931.html

A nadie le gusta equivocarse. Es posible que para evitar el error no arriesguemos cuando presentamos un informe, aprendemos un idioma o realizamos cualquier tipo de actividad. De este modo, tenemos la fantasía de que así nuestra querida autoestima está a salvo. Pero aquí es donde realmente nos equivocamos, como han demostrado los resultados de un experimento de la Universidad Johns Hopkins.

En el experimento, publicado en la revista de Science Express, se pedía a un grupo de voluntarios que hicieran diversas tareas moviendo un joystick. Mientras los científicos medían la respuesta del cerebro ante los errores y aciertos, se encontraron con una grata sorpresa. Se descubrió que tenemos dos circuitos cuando hacemos cosas nuevas: uno que incorpora las nuevas habilidades y otro que procesa las equivocaciones. Este último equivaldría a un coach, que va criticando el aprendizaje, detecta nuestros fallos entre lo deseado y lo que realmente sucede y los memoriza para utilizarlos en un futuro. Curiosamente, este último circuito, el de los errores, es el que nos permite aprender más rápido. Por eso, no es de extrañar que cuando comenzamos algo no se nos dé muy bien los primeros minutos, como un deporte o hablar en otro idioma o hacer una presentación. Pensamos que es porque necesitamos calentamiento, pero, según este descubrimiento, es porque el circuito de las equivocaciones (o nuestro coach mental) necesita acumular fallos para comenzar a actuar. Por ello, cuanto antes nos metamos en el error, antes aprendemos a hacer las cosas, como defiende Scott Young, quien consiguió graduarse en el prestigioso MIT en la carrera de Ciencias de Programación. Los estudios tenían una duración de cuatro años, pero él los sacó en uno.

Según Young, leer o asistir a clase no te permite valorar si estás integrando los nuevos conceptos. Has de ponerte a prueba. En su caso, en el MIT estudió por libre y se apuntó a los grupos de trabajo para experimentar, equivocarse rápidamente, analizar el error y aprender del mismo. Con todo ello, ¡en tan solo 12 meses consiguió aprobar con éxito 33 asignaturas y realizar los proyectos requeridos! No está mal, ¿no? Por tanto, veamos qué podemos hacer para aplicar estos hallazgos a nuestra realidad, seguramente más modesta:

Primero, necesitamos ser sinceros con nosotros mismos con respecto al aprendizaje. Es decir, ¿realmente sabemos hacer aquello que nos preocupa? Decía Feynman, el premio Nobel de Física, que tendemos a engañarnos con mucha alegría. Pensamos que sabemos inglés cuando realmente lo chapurreamos o que podemos resolver una ecuación o hablar en público cuando realmente nos sentimos perdidos. Tenemos que aterrizar nuestra fantasía y reconocer nuestras áreas de mejora.

Segundo, hemos de ir rápido al error sin que la autoestima se vea afectada. Aprender es equivocarse, así de simple, y como ha demostrado la neurociencia. Por tanto, si te confundes en un examen, en una reunión o donde sea, sencillamente estás demostrando que eres humano y no Superman o Superwoman. Así que dejemos un poco tranquila la autoestima y no la vinculemos con acertar en el cien por cien de los casos porque es imposible. Por ello, si quieres hacer una presentación que te cuesta, prepárate, pero ponte rápido a experimentar, pide a tu familia que te escuche, que te diga en qué puedes mejorar y deja que el circuito de tu cerebro que procesa los errores se vaya poniendo las pilas.

Y tercero, rodeémonos de personas que nos ayuden en el aprendizaje. En el caso anterior es la familia, pero tenemos un sinfín de posibilidades: compañeros, amigos, pareja… quien se brinde a darte información valiosa. Por supuesto, existen más opciones: trabajar con personas que están en tu mismo desafío o estar con expertos o mentores que saben del tema y aprender de ellos.

En definitiva, la ciencia nos ha dado un buen argumento para aliviarnos cuando metemos la pata: alimentamos el circuito de los errores que nos permite aprender más rápido. Por ello, métete cuanto antes a experimentar y a equivocarte porque solo de este modo podrás incorporar nuevos conocimientos.

https://elpais.com/elpais/2018/10/01/laboratorio_de_felicidad/1538408312_021408.html?id_externo_rsoc=FB_CM

MÓNICA MORÁN. Acaba de cumplir los 18 y define el móvil como una extensión más de su cuerpo. A pesar del calor no se quita la chaqueta de chándal. Mónica Morán es de León, ha venido a pasar el fin de semana a Madrid. Le cuelgan aros de las orejas, lleva un pendiente plateado en la lengua. Ha comido en un Burger King junto a la plaza Mayor con dos amigos de León y otro de Barcelona, cuya amistad se ha cimentado a través de las redes sociales. En el interior del local los cuatro estaban bastante inquietos porque hablaban de cosas que han vivido, y de las que tienen testimonio gráfico, pero allí no llegaba la cobertura así que cogían el móvil y agitaban el brazo, a ver si les entraba alguna barrita. Al salir, a Morán la frenan dos chicas y entre risas vergonzosas le piden hacerse un selfie. La noche anterior, la leonesa cruzó el umbral de los 700.000 seguidores en Instagram, que es algo así como la gran plaza virtual en la que coinciden millones de adolescentes. A ella suben fotos, vídeos y las llamadas instastories o historias a secas, que a menudo son pequeños fogonazos de sus vidas que desaparecen a las 24 horas. Como cuentan cosas en tiempo presente, a través de una de ellas me he enterado esta misma mañana de que Morán iba de camino a Madrid: aparecía ella en un tren, junto a sus amigos, con cara de dormidos y llamaradas en la cabeza.

Contacto a Morán por WhatsApp:

Conversación por Whatsapp

La cita es en el centro. Y enseguida Morán dice que este es su “primer verano como influencer”. Hace un año solo tenía su cuenta “privada” con unos 1.000 seguidores, lo habitual para alguien de su edad medianamente popular, “popu” en la jerga. En agosto de 2017, abrió una cuenta pública y empezó a colgar en ella vídeos que elaboraba en otra red social llamada Musical.ly, que se propaga entre menores como un tsunami. Los chavales graban en ella piezas breves similares a un videoclip: mueven los labios marcando las letras y se contonean con más o menos gracia. Morán suele acompañarse de trap y reguetón. Se graba sola o con amigos, compone transiciones imaginativas en la calle y en su casa, y baila al ritmo de temas provocativos, como este de Farruko, que supera las 600.000 reproducciones:

Para un novato resulta un misterio cómo se compone uno de estos vídeos. Muy pocos, fuera de la burbuja adolescente, conocen Musical.ly. Oí hablar por primera vez de esta red en un hogar de clase media ubicado al norte de Madrid. Aún era invierno.

QUEMANDO EL MÓVIL


Es un viernes de febrero, ocho y pico de la tarde, ruedan las coca-colas y las patatas fritas, hay una tele encendida con videojuegos ahí al fondo, donde se entretienen los hermanos mayores. Los padres se sientan en el sofá y en la mesa de la cocina se quedan los pequeños. Eva, Laura, Diego. Tienen 13, 14 y 15 años. Para romper el hielo, y explicar cómo usan el móvil, comienzan con “los fueguitos” de la red social Snapchat, que miden, según cuentan, el grado de amistad con una persona al otro lado. Una madre, antes de esfumarse, aporta: “Debe de ser interesante porque, a ver, Laura entre semana no tiene el móvil, porque si no no estudia. Y siempre me dice: ‘Mamá, por favor, déjamelo; es que tengo cinco fueguitos con no sé quién y los voy a perder”. La hija gruñe: “Es que no se pueden recuperar. Es muy difícil”. Otra madre añade: “Yo de esas cosas es que ni me entero”. Finalmente, los adultos se alejan y dejan que hablen sus hijos.

Eva y Laura han colocado su móvil sobre la mesa. Un Bq y un Samsung, táctiles, pantalla grande. Diego lo ha dejado en casa. La conversación transcurre a trompicones. No es fácil colarse en su mundo. Cuesta romper la burbuja, la barrera de la edad. Y hoy, en ese hermetismo, juega un papel clave el smartphone. Un territorio propio. Su adquisición marca, como un rito de paso, el fin de la infancia: a los 10 años, según el INE, tienen un móvil el 25% de la población; a los 14, un 93%. En esta era tecnológica se es adolescente en la medida en que uno dispone de teléfono conectado a la Red.

Los tres recuerdan con precisión la fecha en que lo recibieron:

—Cuando hice la primera comunión, en 2013.

—El pasado verano.

—El 23 de diciembre de 2015.

Si se les pregunta cuánto lo usan, no saben ni qué contestar: “Buf, no sé, ja, ja”. Los padres ponen restricciones o lo esconden. Los profesores lo prohíben y lo requisan. “Te ven con él y es como si estuvieras a punto de explotar una bomba nuclear”, según Diego. Los chavales tienen sus fórmulas para tratar de pasar más tiempo con el aparato, como irse en el recreo detrás de unos bambús. Hablar, en el sentido tradicional, apenas lo hacen. Pero sí se llaman, por ejemplo, cuando juegan a polis y cacos en el pueblo: “¡Es mucho mejor! Se vuelve un juego más de estrategia”. Lo que más usan, convienen, es Whats­App. Vale para una conversación íntima y para saber qué hay de deberes y estudiar en común y para pasar a toda velocidad las respuestas de un examen de una clase a otra y para que los padres sepan dónde andan y para enviar memes y chistes y test psicológicos. “Para hablar con amigos”, sería el resumen. Eva, que es la de 13 años, muestra el chat de su clase. Están 24 de 28 alumnos.

Facebook y Twitter, para ellos, han pasado de moda. Snapchat anda de capa caída. Ahora, dicen, despunta Musical.ly, que definen como “una especie de karaoke; ponen una música y tú tienes como que ir haciendo las cosas”. Diego reniega, porque no hay rock en esa red social. Para escuchar sus canciones favoritas en el móvil convierten vídeos de YouTube a MP3 y las reproducen con Google Play. Siguen a youtubers jóvenes como Paula Gonu, los hermanos Jaso, y Soy una pringada, la más contracultural de los tres, que saluda a sus 220.000 suscriptores maquillada como un cadáver.

A veces, Laura ve series en el teléfono mientras desayuna. O lo usa como un entrenador personal, para hacer tablas de ejercicios en casa. Los tres tienen algún juego en el móvil (de fútbol, de una bolita, de números). Y por encima de todo esto, en el pedestal, se encuentra Instagram. A Laura la siguen casi 700 personas; a Eva algo más de 300; a Diego poco más de 100. Sus perfiles están “candados”, es decir, solo se los puede seguir si ellos lo autorizan. Pero tanto Eva como Laura reconocen que tienen más cuentas. En una de ellas, en la que llaman “privada”, solo dan acceso a su círculo más cercano, y muestran en ella su cara más vulnerable. Los tres siguen a Cabronazi, con 3,5 millones de followers, que tratan de explicar: “Hace memes”, “tonterías”, y los tres se parten de risa. Laura dice que sigue a famosos, como las Kardashian. Y Diego asegura que usa Instagram para “informarse”, es decir, si un periódico al que sigue sube alguna foto, la mira. “No voy a estar bajando a buscarla”. De los tres, la más activa parece Laura, que añade una foto suya cada dos semanas: “Lo tengo programado así para que reciba los mismos likes que la anterior”. En ellas, suele posar mirando al infinito y con alguna frase impactante.

De la casa salgo con un chat compartido con los tres, autorizado por sus padres. Lo bautizo Quemando el móvil, le añado un icono de un teléfono ardiendo. Y a lo largo de cinco meses han ido compartiendo un poco de todo.

Un día, Laura envió un vídeo del youtuber Hamza Zaidi, un joven madrileño de origen marroquí. Y añadió: “Me sentí superidentificada”. Titulado Espionaje de chicas, en el clip Zaidi interpreta a una joven que llama a sus amigas porque su novio ha quedado para salir “de fiesta”; activan de inmediato un “código de espionaje” para comprobar si liga con otras: “Ok, tía, yo me dedico a espiarle los stories”, responde una, mientras otra se dedica “a ver si le da ‘me gusta’ a alguna zorra”.

Unas semanas después, sondeo en el chat sobre ese botón de me gusta y el efecto like:

Conversación por Whatsapp

Tras unos días, vibra el chat:

Conversación por Whatsapp

GENERACIÓN IPHONE


Sean Parker, el arrepentido expresidente de Facebook (compañía también dueña de WhatsApp e Instagram), habló en 2017 sobre ese botón de like. Confesó que surgió de las estrategias para tratar de “consumir el mayor tiempo posible de atención consciente de la gente”; que le daba a los usuarios “un pequeño golpe de dopamina” y de ese modo lograba “explotar una vulnerabilidad de la psique humana”. La validación social. Añadió: “Solo Dios sabe lo que le está haciendo a la mente de nuestros hijos”.

Esos hijos, los adolescentes de hoy, nacieron ya bajo el influjo del móvil. La mayoría de los entrevistados para este reportaje, de entre 13 y 19 años, distinguen en sus primeros recuerdos a los adultos con un apéndice en la mano. El primer teléfono que se le viene a la mente a una de 16 es el Nokia que le dejó su madre para jugar a la serpiente en un restaurante (probablemente para que no diera la lata). Tomaron potitos entre SMS, se desarrollaron a la vez que el 3G, se curtieron en redes sociales en espacios virtuales para niños como Habo, se foguearon en la mensajería instantánea con el Messenger, soplaron diez velitas con la globalización del iPhone, que nació en 2007, y sintieron muy pronto el hormigueo en la tripa de una nueva solicitud de amistad. Para los más veteranos, tener un millar de seguidores es “como la base”, y flirtean antes por Instagram que cara a cara. Cuando quieren pasar a mayores, piden el número de móvil y siguen por WhatsApp, arguyendo alguna excusa que ellos sí entienden: “Es que me quedan pocos datos”.

El 49% de los españoles de entre 14 y 18 años usa más de cuatro horas al día WhatsApp y otros servicios de mensajería y el 70% pasa más de dos horas diarias en redes sociales, según el informe Etudes del Ministerio de Sanidad (2016). Casi todos (más del 95%) lo hacen a diario, a través del smartphone y desde casa, según el Estudio General de Medios.

El móvil, se podría decir, es como la calle del siglo pasado. Algo así me comenta Mónica Morán, que tuvo su primera Blackberry a los 13, en un audio de WhatsApp

“Hoy en día pues obviamente no hay la misma libertad que antes (…) Entonces, claro, cuando te dan el móvil es una especie de libertad que te dan sin necesidad de salir a la calle (…) Puedes hablar, puedes jugar con tus amigos, puedes hacer de todo a través del móvil sin casi ni tener que salir de casa”

En estos tiempos, “abrir un privado” equivale a llamar al timbre de casa de tu mejor amigo. Y las estadísticas (del Injuve, el CIS y el INE) parecen sugerir un cierto efecto jaula dorada: los adolescentes de hoy salen menos por la noche que hace una década (también beben menos, fuman menos y se drogan menos). Pero en los últimos años crece el número de los que nunca quedan a dar una vuelta, nunca practican deporte fuera del colegio ni hobbies del estilo “pintar, tocar algún instrumento, escribir” y nunca leen un libro por placer. También aumenta el número de quienes se declaran “insatisfechos”; y cae el de quienes duermen más de ocho horas. La crisis podría explicar una parte de todo esto, y también el cambio en el modo de consumo y de los patrones sociales. Pero el móvil y la hiperconexión digital probablemente tengan algo que ver. Otra prueba indiciaria: si el coche fue el símbolo de independencia juvenil hasta hace poco, tener el carné de conducir ya no parece indispensable para los que vienen. En 2008 el 52% de los jóvenes se lo había sacado antes de los 20; en 2016 no llegaban al 38%.

En este tipo de investigaciones generacionales trabaja Jean M. Twenge, profesora de psicología de la Universidad de San Diego, que lleva 25 años estudiando la evolución de los adolescentes estadounidenses. Editó el año pasado el libro iGen, una llamada de atención sobre el cambio profundo en el modo de vida de los posmillennials. Tal y como explicó en una adaptación de su ensayo publicada en la revista The Atlantic, siempre han existido diferencias entre épocas, pero estas solían ser graduales. Hacia 2012, sin embargo, comenzó a descubrir saltos abruptos en las gráficas: “Las suaves pendientes se volvieron montañas y acantilados escarpados (…) En todos mis análisis de generaciones —algunos llegan hasta 1930— no había visto nada parecido”. Falta de sueño, menor número de quedadas con amigos, menos citas, menos sexo, ausencia de diálogo con la familia, mayor sensación de soledad, incremento notable en los síntomas depresivos… “Las correlaciones son lo suficientemente fuertes como para sugerir a los padres que les digan a sus hijos que suelten el móvil”.

RADIO GUARIDA


Raquel Robles es profesora en un taller de radio en un centro juvenil de Móstoles, un municipio del sur de Madrid. Sus alumnos tienen 13 y 14 años. Un sábado de abril aceptan recibirme en su programa semanal para hablar de móviles. Ante la inminente cita, la profesora me avisa de que va a crear un grupo de WhatsApp con los chavales y advierte: “Espera la lluvia de corazoncitos”. Enseguida, Robles provoca una cascada de emoticonos cuando envía al grupo un vídeo de ellos haciendo el ganso en la radio:

Conversación por Whatsapp

La Guarida, así se llama el centro juvenil, se encuentra en un edificio colmena encajonado junto a las vías del tren. En la pared de entrada al estudio cuelga un cartel a rotulador: “El amor es como el wifi. Todos quieren tenerlo pero nadie conoce la clave”. En torno a la mesa, los chavales hablan a micrófono abierto:

Lucía: No sé si os pasa, pero como que uno se pone con el móvil para buscar cosas en Internet al estudiar, el significado de palabras, cosas así, y termina en YouTube.

Samia: Estás en la calculadora resolviendo algo, y te llega un mensaje de WhatsApp; dejas la calculadora y te pasas al WhatsApp.

Lucía: Y luego se te olvida lo que estás haciendo.

El programa sigue y Melisa cuenta que sus padres se lo requisan a diario. “Me lo dejan en fin de semana y ya desfogo”. Desfogar significa que puede pasar seis horas seguidas con él. Ve o hace musical.lys, se mete en Snapchat, lee relatos en Wattpad, donde los usuarios suben sus propias historias. De hecho, ha llegado a la radio y se le ha muerto la batería. Lástima, porque quería leer una de las poesías que a veces anota en el móvil, cuando no le quedan datos, y va en el autobús sin wifi. También lo usa para enterarse “de lo que pasa”. Es decir, como es “superfán” de Operación Triunfo, sigue “un canal que te pone las noticias de última hora”. Y usa también la aplicación Classroom, un aula virtual donde los profesores del instituto suben sus lecciones.

Al poco, Melisa alarga el brazo y hace un selfie; Raquel inmortaliza el momento y envía la foto al chat:

Conversación por Whatsapp

Poco después, Lucía dice con timidez: “Mis padres no me lo prohíben. Más bien soy yo la que me lo prohíbo, porque muchas veces me quedo ahí como muy enganchada…”. Samia añade: “Si te quitan el móvil es como que te falta algo. Pero te ayuda a dormir mejor, porque no te acuestas con él, tantas horas, eso daña los ojos, y estudias mejor”. Mario: “Lo complicado es jugar a juegos de mesa con dos personas con el móvil, y no miro a nadie”. Melisa: “Es verdad. Soy culpable. He estado mirando musical.lys”. Samia, de nuevo: “En mi instituto, los de 16 años están enchufados en el recreo, y no lo dejan hasta que suena el timbre. Creo que deberían aprovechar para jugar”. Melisa, sobre los peligros: “Que te hable alguien al que no conozcas. O que un pederasta te pida fotos y se las des”. Y Samia: “Hay que tener cuidado. Si subes una foto medio desnuda o en toalla, todos esos seguidores te van a empezar a comentar y pueden hacer captura, y mandarla a otra red social”.

Por cosas así, Pablo Llama, psicoterapeuta del programa de adolescentes de Proyecto Hombre, con experiencia tratando el uso abusivo de la tecnología, considera peligroso hablar de nativos digitales. “Porque presuponemos que están preparados. Y nada más lejos de la realidad. Manejan la tecnología, pero están desnudos en el mundo digital”. Un estudio de la red europea EU Kids Online da alguna pista sobre el tipo de impactos que recibe ese cerebro desnudo. El documento analiza por tramos de edades, y compara la evolución entre 2010 y 2015, cuando se generalizó el uso del smartphone. Datos para los de 15 y 16 años: un 42% recibió mensajes sexuales en 2015 (frente a un 13% en 2010); un 70% vio imágenes sexuales (frente al 17% en 2010); el 28% sufrió bullying o ciberbullying (frente al 18% en 2010). Creció también el número de quienes se sentían “aburridos” cuando no podían conectarse (39% frente al 15%).

La coordinadora del estudio, la socióloga de la Universidad del País Vasco Maialen Garmendia, dice que, en cualquier caso, a menudo se exagera todo lo que tiene que ver con los jóvenes: “Se habla de dependencia de los adolescentes. ¿Y qué pasa con los adultos?”. Solo hace falta echar un vistazo en el metro, en la oficina, en los parques, en cualquier cena de cualquier hogar.

MILA


Un día, apareció en la redacción una adolescente llamada Mila. Ella quería saber cómo se preparaba un reportaje; yo le dije que, siendo adolescente, podía echarme un cable. Le pasé un artículo de Financial Times titulado ‘La vida secreta de los hijos y sus teléfonos’. Me lo devolvió con la penúltima frase subrayada. Donde decía “las redes sociales permiten a las personas ser ellas mismas”, añadió a lápiz: “A veces te fuerza a ser como los demás quieren y terminas perdiendo tu esencia”.

Mila es alta y fuerte. Cinturón negro de yudo. Y en su mochila lleva un libro de Thomas Mann. Tiene 16 años, los ojos del color del desierto y una melena hasta media espalda. Odia el reguetón, se ha quitado de Instagram. Me ha contado que en su instituto el móvil está prohibido, y entonces los alumnos aprovechan el recreo para salir a la puerta y mirarlo. Así que un viernes por la mañana le escribo un mensaje:

Conversación por Whatsapp

Nos sentamos en un banco a la puerta de un instituto para ver el ambiente. A las 11.00, comienzan a acumularse chavales en la entrada. El que sale, saca el móvil del bolsillo como un acto reflejo. Los novios se besan, se despiden y, al girarse, desenfundan y se alejan mirando la pantalla. Muchos llevan un auricular colgado de la oreja, aunque hablen con el resto. Uno camina haciendo rotar el smartphone como un revólver. En la marquesina, frente a la entrada, destaca un anuncio de Samsung. Mientras, Mila cuenta que, a veces, cuando queda con amigos, hacen una “montaña de teléfonos”. Colocan uno sobre otro, como ladrillos, y el primero que lo coja pierde y paga la cena, por ejemplo. Lo hacen para tratar de hablar cara a cara. Le pregunto si en verano aún se escriben cartas en papel entre amigos. Me mira como a un marciano. “Si quieres ser clásico, mandas un e-mail”.

Al poco, Mila me acompaña a entrevistar a Eulalia Alemany, directora técnica de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción. Pedagoga de 53 años, Alemany constata que cada vez le llegan más padres preocupados; muchos le preguntan por qué miramos tantas veces el móvil: “Porque genera placer. Mirarlo significa charlar con un amigo, ver fotos. Eso está bien. Se convierte en un problema cuando lo necesitas, cuando tienes miedo a perderte algo, a que no llegue un mensaje, a la ausencia de likes”. Añade un dato: el uso compulsivo de Internet ha pasado del 16,4% en 2014 al 21% en 2016 entre los de 14 y 18 años. En su opinión el móvil “no es un demonio”, sino “un gran invento”, con más ventajas que inconvenientes y riesgos educables. “Permite acceder a toda la información desde el bolsillo; ofrece la posibilidad de conectarte al mundo. De solucionar problemas de forma colaborativa. Hemos puesto en manos de nuestros hijos una herramienta hiperpotente. Ahora hay que enseñar a utilizarla”.

Mila también aporta sus preguntas:

—¿Qué uso se considera adecuado?

—El que no te genere problemas ni provoque una actitud compulsiva ni ponga en riesgo tu intimidad. Y que sepas medirlo. Y tenga un acompañamiento de los padres. Los adolescentes están en pleno desarrollo. Tenemos que ser coherentes y no pensar que ya son adultos.

—¿Algún número de horas en concreto?

—La respuesta es el sentido común.

Tras la entrevista, Mila parece algo decepcionada. No hay normas claras de uso. Pero dice que le ha sorprendido que existan tantas estadísticas, como la del incremento en el consumo de hipnosedantes entre chicas, asociado a la falta de sueño. Le encaja con el perfil de una amiga, que sale poco de casa y pasa mucho tiempo en Internet: le cuesta mucho dormirse. “Debe de ser por la exposición a la luz de la pantalla”. Su amiga accede a chatear por WhatsApp. Dice que usa el móvil cerca de una hora al día; usa mucho más el portátil.

Conversación por Whatsapp

Añade que, en estos momentos, se encuentra en su casa y se ha puesto en el portátil, de fondo, un youtube de gameplays (vídeos que recogen una partida de un videojuego), mientras charla por WhatsApp y mira Instagram en el móvil. Como son las ocho del primer viernes de vacaciones, le pregunto si tiene plan fuera de casa. Y no. Está en casa con una amiga.

Pregunto en el chat Quemando el móvilqué hacen ellos, si son de salir por ahí y dónde van cuando quedan. Eva responde la primera. Casi siempre va a un centro comercial: “Vaguada 24/7”, dice su mensaje. Laura añade que ella queda para ir de compras por el centro. Y, a menudo, va “de fiesta a sitios como Kapital y Joylight, que son discotecas de jóvenes”. Lo que se suele hacer en estos locales: “Vas, bailas, bailas mucho, conoces a gente, te tomas algo (sin alcohol), conoces a un chic@ y te vas con él, hablas, etc. Luego vuelves a bailar, vas con tus amigas, haces un par de instastories para dar envidia y ya”.

LAS LINTERNAS


La macrodiscoteca Kapital tiene siete plantas y organiza fiestas para adolescentes de 14 a 18. La sala tiene una cuenta de Instagram en la que cuelgan imágenes de lo que se cuece ahí dentro. Pasando revista a sus publicaciones, un vídeo llama la atención: aparece una chica grabándose a sí misma sobre el escenario, tarareando música de Daddy Yankee, con una legión de chavales detrás. Con la luz tenue, ese ejército en ebullición de pronto eleva sus teléfonos con la luz de la linterna encendida, y el efecto resulta impactante. Cientos de luciérnagas en una cueva. ¿El símbolo de una generación?

La chica que lo graba, en primer plano, tiene una cuenta en Instagram con el seudónimo Monismurf. Casi 700.000 seguidores. En realidad se llama Mónica Morán. Pregunto en Quemando el móvil si la conocen. Eva responde: “Yo sí, de Musical.ly. Si ves sus vídeos e intentas hacerlos como ella es muy difícil. Los hace genial”.

Al link de contacto que aparece en la cuenta de Monismurf responde Marcos Leva, un madrileño de 18 años que dice ser su mánager. Ha fundado la agencia de representación Vicious. Por WhatsApp envía las coordenadas de su oficina, que es un piso en una urbanización familiar. En esa oficina no hay nada salvo una mesa larga y una televisión, y el portátil que se ha comprado Leva “para parecer más pro” porque en realidad no lo necesita. Señala al móvil: todo puede hacerlo con ese aparatito. Criado en Vallecas, alto y largo de piernas, como un flamenco, Leva empezó a los 16 a trabajar en una compañía de publicidad; cuando terminó el instituto, el año pasado, fundó su empresa, y ahora representa a jóvenes con impacto en redes, los llamados influencers. Gestiona para ellos campañas online a cambio de un porcentaje. Sus representados suman 3,3 millones de seguidores en Instagram. “Una persona de 40 años es imposible que entienda cómo funciona esto”, dice. Y sin embargo muestra una visión pesimista sobre la tecnología. Define el móvil: “La peor droga que hay hoy”. A los adolescentes: “Un caos. Veo que no se esfuerzan. Tienen talento, pero poca capacidad de sacrificio. Y cuesta centrarse. El móvil te abre tantas puertas que tienes distracciones por todos lados”. Sobre el botón de like: “Algunos piensan que da la felicidad. Todo lo contrario. Es algo temporal, irreal, online. Todo mentira”. Pero él vive de esa estructura. Organizó, por ejemplo, una fiesta en Kapital en la que el lema era “fichotéame”. Acudieron unas 800 personas.

Pregunto en Quemando el móvil qué significa “fichotéame”. Pillo a los tres juntos de camino a Pirineos. Me mandan un selfie. Y Laura responde con un audio:

Conversación por Whatsapp

Leva añade que en ese tipo de fiestas los chavales llevan en el pecho una pegatina con su nombre de usuario. Si ves a alguien que te interesa, lo buscas en la red y, en lugar de acercarte, le abres un direct (mensaje privado).

Contacto con el director de marketing de Kapital Young por Instagram y, a través de un audio de Whats­App, relata usos y costumbres de los adolescentes.

“Lo que más les gusta hacer son las instastories, las historias de Instagram (…) subir fotos, como que se van de fiesta (…) y el tema del ligoteo, ahora (…) es muy, muy típico encontrarte a alguien que te llama la atención y pedirle el Instagram”

Esta red es donde se mueve hoy todo entre los jóvenes. Están en ella el 72% de los menores de 24. Bastante por encima de Facebook y Twitter, según la consultora IAB. Instagram no da cifras por edades. Pero asegura que cuenta con 12 millones de usuarios en España. El verano pasado, era el cuarto país que más historias producía del mundo. Y Madrid, la quinta ciudad donde se publicaron más stories (tras Yakarta, São Paulo, Nueva York y Londres, con una población muy superior).

La dirección de Kapital deniega el acceso a su última fiesta light antes de verano. En la sala Barceló (antiguo Pachá), en cambio, celebran “The last one. Fin de temporada” y dejan vía libre. En el chat Quemando el móvil:

Conversación por Whatsapp

Sábado, seis de la tarde. Calor en la puerta de Barceló. Un remolino de chicas en shorts; otro de chicos con la camisa por fuera. El jefe de seguridad de la sala franquea el paso al territorio adolescente. La música atruena, cientos de manos con pulseras fluorescentes, cuerpos en movimiento. Mucho móvil. Unos lo miran. Otros chatean. Se graban en grupos, cantan a cámara, ponen morritos. O lo llevan colgados en riñoneras o sujeto entre el pantalón y el ombligo. En el baño, que tiene la puerta abierta, unas chicas se retratan frente al espejo: fotos postu. En la zona vip hay un DJ de 19 años con 41.000 seguidores en Instagram; un chico de 16 que juega al fútbol en el Getafe juvenil con 36.000; una ex de MasterChef Junior con 14 años y 122.000. Los dos últimos se preguntan su cuenta y comienzan a seguirse. La masa se mueve. El DJ coge un micrófono: “¡Manos arriba! ¡Más linternas!”. Se forma una constelación en la oscuridad y brama la jauría con el móvil en alto. En el mundo real el efecto sobrecoge.

VACACIONES DE VERANO


El lunes 25 de junio, tras la fiesta en Barceló, Marcos Leva me envía el móvil de Mónica Morán, alias Monismurf, su representada con 700.000 seguidores en Instagram. Contacto con ella. Es de León. Tiene 18 años. Está preparando sus exámenes de la Evau extraordinaria de julio porque le han quedado dos asignaturas. Al teléfono dice que estar sin móvil es como volver a la Edad de Piedra: “Si se te apaga o te lo dejas en casa es como que empiezas a vivir de otra forma; rollo superviviente o cavernícola”.

Ese mismo día, Mila escribe desde el campamento de yudo al que le han enviado sus padres. Le había pedido que tratara de convencer a un grupo de amigas para ser entrevistadas. Logra organizar el encuentro desde allí.

Nacidas en 2002, el grupo de amigas habla sobre su generación: “Ahora, en realidad, todo es postu. Hacer parecer que tu vida es perfecta, de mayores”. Cuentan una historia real: chico y chica salen juntos; chica envía a chico foto de ella desnuda; chico envía a sus amigos la foto; uno de ellos la enseña en el autobús. “Hay gente que en las redes sociales es otra persona. Uno me empezó a enviar lyrics de trap. Me dijo: ‘Tu clítoris puede ser mi joystick analógico”. Abren Snapchat para mostrar el mapa que geolocaliza a sus amigos: hay avatares de adolescentes en varios continentes. “A las once de la noche”, dicen, “hierven las redes”. “Yo estoy en 15 redes sociales”. “Los jóvenes las usan mucho porque necesitan mucha atención. Antes había más contacto con la familia y los amigos. Somos como más islas únicas”. “Tener amigos en redes no te hace sentir más acompañado”. “Nuestra generación está llorando por dentro, por fuera está todo maquillado”. Tras la conversación, pasan junto a una vieja cabina y solo una recuerda haberla usado una vez.

El viernes 29 de junio, husmeando en Instagram, descubro a través de una instastory que Mónica Morán se dirige a Madrid. En el vídeo salen también sus amigos.

Ventajas de la tecnología: nos citamos de inmediato en el centro. Comemos en el Burger, sus fans le piden un selfie, tomamos café en una terraza. Y, en la sobremesa, su amigo Andrés Juste, que es de Sant Boi de Llobregat (Barcelona), a veces desconecta y mira el móvil: está esperando a que su cuenta llegue a 73.000 seguidores. Le faltan 32. Pronto, añade, tendrá más followers que habitantes tiene su municipio. Rapado por los lados y con un flequillo largo, como la punta de un pincel, Juste confiesa que hubo un momento en que se deprimió porque las imágenes que subía (casi siempre de sí mismo) no generaban el mismo entusiasmo. Más tarde lo aclarará por WhatsApp:

Conversación por Whatsapp

Juste tiene 19 años, estudia un ciclo superior de administración, le encantan los videojuegos, se le pone la piel de gallina cuando en el fragor de una partida se le unen espectadores por las redes. Ahora le ha dado por Musical.ly, por eso conoció a Mónica. Venían eufóricos, diciendo que el móvil les ha cambiado la vida: gracias a él se encontraron. Pero de pronto, la entrevista se vuelve grave. Él habla de cuando va al pueblo. Allí no hay cobertura, sale en bici, pica el timbre a sus amigos. “Es como que vivo más”. Irá este verano. Morán añade: “Me da rabia que hoy, en lugar de vivir las cosas, parece más importante demostrar que lo has vivido”. Ambos piensan que se ve enseguida si existe química entre dos personas porque no miran el teléfono cuando están juntas.

Un instante después, cogen el iPhone de Juste, que lleva el nombre de su cuenta de Instagram tatuado en la funda, abren Musical.ly, miran a cámara, comienzan a grabar, rotan el terminal alrededor de su rostro, como si hicieran un truco de magia, con golpes de muñeca y giros eléctricos; gesticulan la letra, paran, gesticulan de nuevo, y terminan sacando la lengua, lo cual deja bailando en el aire el pendiente de plata que ella lleva en la punta. En dos minutos lo tienen listo. Al revisarlo no le ven calidad suficiente. Deciden no subirlo a Instagram, pero aceptan enviármelo. Y, justo antes de desaparecer por las calles de la ciudad, Morán mira su móvil y murmura: “Me queda un 3% de batería”.

Fuente:

Desarrollar una habilidad no es una tarea para nada compleja ¿A quién no le ha gustado practicar sin parar aquello que ama o le apasiona una y otra vez? Los niños lo hacen continuamente, sueñan despiertos, experimentan y practican todo aquello que, a priori, les encanta o les motiva. Porque con independencia de sus talentos, o esa predisposición innata a sobresalir en algún área mayor que el resto de los niños, las habilidades nos pueden llevar a ser verdaderos expertos en algo, ya sea en el arte, el deporte, la educación o cualquier otra materia, sin la necesidad imperiosa de poseer talento.

Jonhy Chaves, tiene 29 años y es bailarían profesional. Desde muy pequeño aprovechaba la hora del recreo para montar coreografías junto a sus compañeras. No paraba de bailar en casa, en el colegio…, y algo dentro de sí mismo le movía a continuar sin parar. A los 11 años descubrió a través de una serie de televisión que realmente quería dedicarse a ello para siempre. Sin embargo, frases como: “Esa carrera no va a ningún lado” “solo muy pocos llegan” o “bailar es para niñas”, eran frases frecuentes que se repetían en su casa y en su entorno.

Esa protección por parte de sus padres, el miedo, las circunstancias y un largo etcétera, son solo algunos de los impedimentos que se interponían en su camino, aunque en realidad el mayor obstáculo sería vencerse a sí mismo y a su miedo, sino su talento permanecería oculto. Con el fin de entender las dificultades Amaya Prado, psicóloga evolutiva y miembro directivo del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid (COP) nos explica que las personas con mayor proyección y éxito son aquellas que, al final, trabajan más. “El talento existe como una capacidad innata, pero que a esta capacidad se llega a un nivel alto con esfuerzo, trabajo y práctica continuada”, asegura.

Hoy en día, resulta muy complejo pronosticar si un niño será artista o no en el futuro, porque básicamente, ello dependerá de sí mismo, de su educación y de las circunstancias que le rodeen. La famosa “regla de las diez mil horas” que hace cuarenta años se publicaba en la revista American Scientist en un exhaustivo estudio realizado por los psicólogos Herbert Simon y William Chase, dejaba clara la una de las conclusiones más famosas hasta la fecha sobre el talento: “Nadie llega al éxito sin talento innato. Los logros son fruto del talento más la preparación”, dice. Sin embargo, el estudio esclarece que cuanto más estudian los psicólogos las carreras de los superdotados, menor es el papel que desempeña el talento innato y mayor supone la preparación, el esfuerzo y la práctica.

El libro de Anders Ericsson, Peak: Secrets from the New Science of Expertise, Ericsson, un psicólogo cognitivo de la Universidad Estatal de Florida, asegura que aquellos que se dedican de manera persistente a la práctica de sus habilidades finalmente alcanzan los logros en su campo, y, por su parte, Amaya Prado expone que los factores más potentes para el establecimiento de un talento son la motivación, la generación de hábitos y la forma adquirir el conocimiento. “Es la combinación de varios componentes: la predisposición genética, la plasticidad del cerebro, las estructuras cerebrales predispuestas para el desarrollo de una habilidad u otra – objeto de numerosas investigaciones- así como el aprendizaje, el trabajo o la motivación que se desarrolle, entrene y mejore esa habilidad, lo que definirá el logro”, apunta.

Jonhy Chaves era consciente de que el talento hay que trabajarlo. “Yo era un niño que bailaba sin saber lo que hacía. Me dejaba llevar por mi instinto, hasta que un día empecé a trabajar el talento en varias escuelas de danza, porque es fundamental practicar, experimentar y formarte.”, asegura. “Creo que las personas nos movemos por emociones y sentimientos, y el arte no deja de ser emoción. Lo más importante para mí, haga lo que haga encima de un escenario es sentir que todo tiene sentido, porque con ganas y actitud cualquier cosa que te propongas podrá ser cumplido”, continúa.

¿Cómo criar a un niño con talento?

Un estudio publicado hace apenas dos años por la revista Nature informa los puntos necesarios para criar a un niño con talento y habilidades y, entre ellos, destacan: exponer a los niños a experiencias diversas, brindarle oportunidades para desarrollarlas, apoyar sus necesidades intelectuales y emocionales, pero sobre todo ayudarles a desarrollar una “mentalidad de crecimiento” alabando sus esfuerzos, y no tanto la capacidad, pues la etiqueta de ser identificado como “talentoso” podría suponer una carga extra emocional para el niño.

Por ejemplo, La Asociación Nacional para Niños Superdotados (NAGC) ofrece una información muy detallada de algunas de las características que los niños con talento poseen, para de esta manera, identificarlas y poder apoyarles. Sin embargo, no es necesario poseer grandes talentos para llegar al éxito, sino que la constancia, el esfuerzo, la tenacidad y la práctica siempre conducirán al camino que más se aproxima a lo que cualquier niño quiera en la vida.

“Yo siempre hice lo que sentí, me dejé llevar por mis inquietudes, era el diferente, el raro, pero bendita rareza, ya que hoy puedo decir que vivo de mi pasión”, asegura Chaves. “Todos tenemos la capacidad de expresarnos de alguna manera, y por eso mismo todos debemos fomentar cualquier tipo de habilidad o capacidad de cualquier niño”, continúa.

Actualmente, Chaves ha cumplido su sueño, es bailarín profesional, ha sido coreógrafo de Fangoria y bailarín junto a Carlos Baute o Soraya Arnelas, entre otros. Comenta orgulloso que, al final, gracias a su tesón, pudo obtener el reconocimiento y apoyo de sus padres, a los cuales agradece su incondicionalidad, fundamental para el desarrollo de su carrera. “El arte es la capacidad de poder llevar a cabo tu sensibilidad y de expresarla de alguna manera. Hoy me siento orgulloso de haberlo conseguido y de que mis padres lo puedan disfrutar conmigo”, concluye.

https://elpais.com/elpais/2018/09/20/mamas_papas/1537438035_871115.html

Hablemos sobre los adolescentes.  Quejas, lamentos, no quiere que lo vean junto a ti, se avergüenza, te sientes “tonto”, fracasado, incluso culpable;  esa forma irritable de pronunciar mamá o papá o llamarte por tu nombre de pila; alusiones a lo poco que te gustan sus amigos, a que te pasas con los consejos, incluso te llaman “pesado” o te dicen que solo quieres controlar su vida, que… ¡los dejes en paz!

¿Lo reconoces? Tu hijo acaba de emprender su transformación.

La adolescencia  es un proceso, NO ES EL PRODUCTO FINAL. Es el camino que están tomando para conocerse a sí mismos, una parte fundamental que es el puente a la edad adulta.

Los adolescentes tienen 4 necesidades importantes, veamos en este post cómo podemos apoyarlos .

  1.  Privacidad
  2. Acoplamiento social
  3. Examinar nuevos puntos de vista
  4. Cometer errores sin ser juzgados

Privacidad. 

En esta etapa es esencial tener un espacio al margen de la familia, un espacio donde no sentirse observado ni controlado. Necesitan no sentirse malos por experimentar, no sentir que los desaprobamos; esta será la base para no hacer las cosas a escondidas por miedo a no “llegar a la altura”, decepcionarnos o no cubrir expectativas.

Es esencial entonces crear ese clima, esa atmósfera, en la que nuestro adolescente no tenga la necesidad de mentir, en la que se sienta seguro de decir la verdad al menos la mayor parte del tiempo. ¿Cómo?

  • Evitando juicios, reproches, sermones.
  • Validando emociones, empatizando, valorando y respetando su punto de vista aunque no lo compartamos.
  • Confiando en sus habilidades, dando la oportunidad de elegir libremente qué hacer.
  • Experimentando las consecuencias de sus actos, de hacerse responsable de sus errores y dando la seguridad de que confías en que puede solucionarlo y que estás ahí para ayudar (que no rescatar) cuando lo necesite.

Respetar la privacidad no significa abandonarlos a su suerte, sino dejar cometer errores y ayudarlos a solucionar cuando lo requieran, soltar, CONFIAR, mantenerse al margen y dejarlo averiguar qué debe hacer.

Maneras de Respetar la Privacidad.

  1.  Programar tiempos especiales para estar juntos y conocer a nuestro hijo
  2.  Haciendo saber que cuando se acerquen, lo que haremos será escuchar y comprender afectuosamente y no juzgar, criticar o aleccionar
  3. Cuando cometan un error o tengan un problema, usemos preguntas de curiosidad para ayudarles a explorar las consecuencias de su comportamiento (dejamos a parte el por qué, pues es muy acusador)
  4.  Siendo firmes y amables a la vez, lo que permite que ellos se hagan responsables de lo hecho sin necesidad de castigos

2. Acoplamiento Social 

En esta etapa es esencial tener personas alrededor que compartan gustos y puntos de vista, gente con la que puedan relacionarse sintiéndose cómodos e identificados. A algunos de los adolescentes no les importará que conozcamos a sus amigos, pero, conforme vayan creciendo, esto puede cambiar. Pensar en lo que nos agobiaban nuestros padres cuando querían saber todo el rato dónde íbamos, con quién estábamos, qué íbamos a hacer, si habría “algún mayor” presente… Ahora los que necesitamos ese control somos nosotros y para nada tendrá los efectos que esperamos. Esto les ofende, odian que queramos saber todo, reaccionan justamente como queremos evitar, cerrándose a comunicar, escondiendo o mintiendo. ¿Quieres comprobarlo? Pregúntale a tu hijo qué piensa, qué siente y qué decide hacer cuando tu llevas a cabo este “tercer grado”. Hay opciones mejores, pero tendremos que comprender las necesidades de nuestro hijo, mostrar las propias, ser conscientes de la necesidad de hablar, de mantener un diálogo y no un monólogo (lo cual, sin darnos cuenta, es lo que hacemos).

HERRAMIENTAS PARA UNA EDUCACIÓN AMABLE Y FIRME.

  1. Mostrar amor incondicional (hacer saber a nuestro hijo que estamos de su lado y no contra él, que aunque no compartamos lo que hace lo respetamos, que lo queremos por lo que es y no por sus acciones).
  2. Tengamos siempre en mente ser empáticos (validar lo que sienten, comunicarles que somos conscientes de su sentimiento, compartir situaciones en las que nos sentimos igual)
  3.  Hablar CON ELLOS y no A, PARA O POR ELLOS (cuando conversemos, compartamos sentimientos usando frases donde la palabra “yo” esté presente)
  4.  Preguntar más, decir menos. Con el QUÉ y el CÓMO ayudamos al adolescente a explorar las consecuencias de sus decisiones mostrando autentica curiosidad por comprender y  sin necesidad de hacerle sentir mal: ¿Qué pasó entonces? ¿Cómo te sentiste? ¿Qué hiciste después? ¿Cómo lo conseguiste?…
  5.  Compartir situaciones similares que nosotros hayamos vivido acerca a padres e hijos, incrementa el sentimiento de comprensión.
  6. Decidir lo que haremos nosotros y no lo que van a hacer ellos es esencial, controlar nuestra conducta y no la de los hijos permite que ellos decidan qué hacer sabiendo lo que vendrá a continuación sin necesidad de sentirse culpables o inadecuados y tomar responsabilidad sobre las consecuencias de sus decisiones (“he decidido que a partir de ahora sólo lavaré la ropa que esté en el cesto”, por ejemplo).

3. Necesitan espacio para equivocarse

Debemos quitar esa connotación negativa que tiene el error. Equivocarse es una oportunidad para aprender, siempre y cuando nos hagamos responsables de nuestros errores. Este es nuestro objetivo.

Si empatizamos con nuestro hijo y le transmitimos que, aunque no compartamos su decisión sobre cómo actuar la respetamos, será mucho más fácil que tras una equivocación la compartan con nosotros, tomen responsabilidad sobre lo acontecido y se enfoquen en buscar soluciones.

Esto es apoyo incondicional y sustituye el castigo por la oportunidad de aprender de las experiencias vividas. Cuando castigamos lo hacemos porque no tenemos en cuenta su percepción, sólo la nuestra. No consideramos su punto de vista, sus razones, su mundo, sólo en nuestro. Al castigarlos les privamos de un aspecto esencial, no les enseñaremos a afrontar algo que les va a ocurrir con frecuencia: cometer errores.

No hace falta hacer sentir mal para aprender algo, es innecesario además de perjudicial para todos. Sin embargo, con amabilidad y firmeza, podemos hacer que nuestros hijos experimenten las consecuencias de sus decisiones y aprendan grandes habilidades de vida fuera de un clima de culpa, vergüenza, dolor o humillación.

https://cuentosparacrecer.org/blog/conociendo-y-apoyando-a-los-adolescentes-herramientas/

Hay esperas que se hacen eternas, como sabrá cualquier fan de Juego de tronos ansioso por la nueva novela de George R.R. Martin o, si nos ponemos más prosaicos y menos dragoniles, como cualquiera que espera la devolución de la renta. Pero los padres sabemos que hay una espera aún más dilatada: en verano, el espacio-tiempo se desacelera y se expande hasta el infinito mientras no llega el principio de curso.

Porque la paradoja nos afecta a (casi) todos: nos pasamos el año esperando las vacaciones para disfrutar de nuestros hijos full time y luego a la mitad de agosto ya contamos los días para que vuelvan al cole y su energía se regule.

Así que aquí estamos otra vez, insert coin en la nueva partida escolar (y ya puedes tener monedas, porque según colegio y curso, llegan de golpe los libros, el material, el uniforme si es que lo usan, las extraescolares…). En nuestro caso, la niña empieza P3, lo que en nomenclatura infantil se conoce universalmente como colegio de mayores.

En este curso, ella no tendrá deberes, pero nosotros sí. Con todos los informes, fichas y autorizaciones que hemos tenido que rellenar, si algún día se dedica a la política y los periodistas le piden documentación, podrá demostrar tranquilamente que ha cursado P3.

El cambio de ciclo implica un cambio vital importante para todos. Nuevos espacios, nuevos métodos… y nuevas gentes.

Porque los críos se tienen que adaptar a nuevos críos, pero a nosotros también nos tocan nuevos adultos. En la típica reunión de padres de pretemporada, sentados en sillas infantiles, miré a las otras personas, intentando adivinar el futuro. De todos estos, ¿quiénes serán nuestros mejores amigos escolares? ¿A quién criticaremos después en el parque? ¿Cómo lo resolveremos si los padres de un supuesto niño-broncas no reconocen el lado oscuro de su pequeño matón? ¿Podremos continuar manteniendo las amistades creadas en la escuela infantil o les seremos infieles con estos recién llegados? Y la pregunta vital: ¿cuándo abandonamos el WhatsApp de padres del año pasado y montamos uno nuevo con estos, para poder quejarnos del grupo de WhatsApp?

Por lo menos, todas las profesoras parecen encantadoras y nos transmiten que, chorradas aparte, hemos llegado a un buen centro, donde nuestra criatura se formará como una persona feliz y equilibrada.

Y eso es justo lo que necesitamos todos para compensar emocionalmente la vuelta al bullicio, a no olvidarse nada preparando la mochila, a los pasillos llenos de padres que van lentos y de niños que caminan en plan kamikaze en una dirección que solo ellos entienden, a las clases llenas de niños llorando… y a la segunda parte de la paradoja paternal. Porque es salir por la puerta y empezar a echar de menos a tu peque, pasándote medio día pensando: “¿qué estará haciendo ahora?”

Os deseo a todos una adaptación rápida (las profesoras siempre dicen que a los cinco minutos se les pasa), y sobre todo, un buen curso.

Martín Piñol.

https://elpais.com/elpais/2018/09/13/mamas_papas/1536831330_143802.html

Dos de las palabras que más se oyen en casa son “¡Mamá!, ¡Papá!” y en el 90% de los casos esto ocurre porque se ha generado alguna disputa. Si hay algo que nos preocupa como padres, y también nos desespera, es cómo lidiar con las batallas entre hermanos. Debo reconocer que es una de las tareas más difíciles con las que me he encontrado hasta ahora como madre. Las peleas pueden ser muy intensas y a menudo sacan lo peor de nosotros. Y al intentar mediar, muchas veces acabamos más cerca de Cruella de Vil que de Mary Poppins.

Normalmente, ¿qué hacemos ante las broncas entre hermanos? Por ejemplo, si están peleando por un juguete, nos retumba como una vocecita la pregunta: “¿Quién lo tenía primero?” o “Devuélveselo a tu hermano”. Y si no resolvemos el problema… Hacemos desaparecer el juguete o les amenazamos con tirarlo a la basura (cuando no quieren recoger amenazar con tirar los juguetes a la basura esa es otra táctica muy en auge, bendita basura que socorrida es). Esta parece una solución fácil y rápida, bien por la falta de tiempo o por la necesidad de acabar lo antes posible con el problema. Reconozco que la he utilizado muchas veces.

Sin embargo, con esta conducta, ¿estamos ayudando a los niños a desarrollar la capacidad para resolver cualquier conflicto que pueda presentarse en su vida? Y lo más importante, ¿podemos sacar de este tipo de situaciones una oportunidad para aprender e, incluso, llegar a reducir las peleas en casa? Reflexionemos.

Cosas a evitar

Las comparaciones entre hermanos: tendemos a comparar con frecuencia cuando queremos que uno de nuestros hijos haga algo o bien tan solo cuando lo queremos alabar por algo que creemos que ha hecho bien y, sin embargo, no nos damos cuenta de que podemos hacer ambas cosas sin tener que mencionar al hermano u otro niño. Las comparaciones entre hermanos generan rivalidad, sentimientos de ira y revancha, además, dañan la autoestima. Cada niño es único y especial, tratemos de aceptar a cada uno tal cual es y permitamos que cada uno se desarrolle a su manera. A veces se asigna en la familia determinadas etiquetas que además acompañan como una pesada losa hasta bien entrada la edad adulta.

Etiquetar a los niños, limita, encasilla, y condiciona en ocasiones de por vida. Los niños pueden acabar adoptando el papel que les hemos asignado (el pegón, el inquieto o chivato). Escuchar, conectar con nuestro hijo y validar sus emociones, sentirse apoyados y acompañados aunque se hayan equivocado es una manera de hacerles sentir seguros y tenidos en cuenta. Podemos evitar que los niños repriman sus sentimientos y emociones, descarguen su ira hacia otra persona, para ello es necesario ayudarles a canalizar su ira e invitarles a que expresen lo se sienten. Los sistemas de alarma se activan cuando oímos a nuestros hijos discutir y en seguida correremos cual Dash, es el hijo de Los Increíbles, para intervenir en el conflicto. Muchas veces nuestra intervención no hace más que empeorar el problema.

¿Qué podemos hacer en el momento del conflicto?

Si se está produciendo daño entre ellos separar a los niños e intervenir. Pero si se trata tan solo de una disputa:

  1. No apresurarse
  2. Validar los sentimientos, reconocer su enfado.
  3. Tratar de escuchar a cada uno sin hacer juicios tratando de reflexionar sobre lo sucedido.
  4. Describir el problema.
  5. Darles la oportunidad de que intenten resolverlo por ellos mismos.
  6. Marcharse.

Podemos educar a nuestros hijos para que sepan tomar decisiones y resolver conflictos sin necesidad de tener siempre nuestra presencia. Encontrar soluciones democráticas en el hogar, confiar en su capacidad y dejar de tirar juguetes a la basura (por la cuenta que nos trae). Hay que  practicar, a la par que tomamos conciencia de que no todo funciona siempre.

Ruth Alfonso Arias. Educadora Infantil, Educadora de familias de Disciplina Positiva

https://elpais.com/elpais/2018/09/11/mamas_papas/1536657989_877793.html

Francia acaba de anunciar que cumplirá con su promesa electoral de prohibir el móvil en las escuelas. Resulta curioso que una promesa así pueda llevar a un político al poder en los tiempos que corren. Spain is different, desde luego. Aquí, acaba de proponerse un proyecto de ley que baja de 14 a 13 años la edad para consentir al tratamiento de los datos —y por lo tanto para darse de alta a una red social—, a pesar de que el marco legislativo europeo recomendaba 16 años a sus Estados miembros. Unos hablan de “una generación pérdida”, mientras que otros aseguran que “la tecnología es neutra y que el impacto dependerá del uso que se haga de ella”.

¿Es neutra la tecnología? Veamos el caso de una tecnología “neutra”: una nevera. Supongamos que cada vez que abrimos la nevera, se enciende la luz. ¿Volveríamos a abrirla varias veces para ver si se ilumina? No hacemos eso, porque nos resulta previsible que ocurra -mientras la bombilla no se funda-. La luz no provoca fascinación, ni adicción, porque no hay descarga de dopamina en el cerebro cuando abrimos neveras. Ahora bien, imaginémonos que cada vez que abrimos una nevera “inteligente”, nos da noticias en directo de la erupción de un volcán en una ciudad cercana, estadísticas de las personas que han pensado en nosotros en tiempo real, nos dice si esos pensamientos fueron positivos o no, y además nos enseña comidas distintas de las que podemos escoger para comérnoslas inmediatamente con una presentación impecable. ¿Cuántas veces abriríamos la nevera cada día? ¿Creemos que el uso de esa nevera no impactaría en nuestros hábitos alimenticios? ¿En nuestro peso? ¿En la cantidad de tiempo que pasamos en la cocina? ¿En el tiempo que dejamos de dedicar a otras actividades?

Decía Marshall McLuhan que “la postura según la cual la tecnología es neutra es la del adormecido idiota tecnológico”. Frase dura, pero de una curiosa vigencia, después de que Mark Zuckerberg haya confesado en uno de los eventos más destacados de su interminable gira del perdón, su comparecencia ante los representantes del Congreso de los Estados Unidos: “hemos creado una herramienta neutra, pero no hemos pensado en como podía ser usada para hacer el mal”. ¿Solución? La contratación de 20.000 personas que revisarán nuestros muros al peine fino y eliminarán los contenidos considerados “no seguros para la comunidad”. Y muy recientemente, Facebook sorprendió una vez más con el anuncio de la contratación de “especialistas en credibilidad de las noticias”, eufemismo divertido por “editor de noticias de medios de comunicación”. Un duro golpe para un medio que siempre se posicionó como “neutro”. ¿Cómo se decide si un contenido es seguro, o no? ¿Cuál es el criterio? El de la neutralidad. La neutralidad todo poderosa de una empresa que se atribuyó a sí misma la infalibilidad para emitir el sello del nihil obstat sobre el contenido emitido y consumido por sus 2.200 millones de usuarios, nada menos que una tercera parte de la población mundial. Ninguna religión, ninguna organización en el mundo tiene actualmente tantos adeptos susceptibles de ser influidos por el incuestionable dogma de la “neutralidad”. Un dogma con tantas fisuras, que se está empezando a convertir en una pesadilla recurrente para Zuckerberg.

Si pensábamos que el impacto que tiene la tecnología depende del uso que se hace de ella, es que nos olvidamos de que, en la vida, no hay nada gratuito. Cuando usamos una herramienta, tenemos que pagar un precio por ella. Otra cosa es que no seamos conscientes de ello, por mucho consentimiento y acuerdo de uso con letra pequeña que hayamos firmado con el dedo. En el caso de las redes, lo que entregas, no es dinero, eres tu mismo. No solo por las horas y por la preciada atención que le dedicas. Va mucho más allá de eso. Las plataformas que ofrecen contenidos en las redes, o que permiten a los usuarios compartirlos, no están en el negocio de entregar contenidos a cambio de nada. Están en el negocio de entregar usuarios a los que patrocinan sus plataformas y esos contenidos, o incluso a terceros. Por lo tanto, la moneda de cambio por el uso de las redes, es el usuario. Eres tú, o es tu hija o tu hijo. Y pronto podrá hacerlo sin tu consentimiento con tan solo 13 años.

Y si pensamos que el impacto no se aprecia, recordemos que 30 segundos de una publicidad en la Super Bowl valen más de dos millones de dólares. Las empresas no gastarían ese dinero si ello no tuviera un impacto directo e inmediato en el consumo o la apreciación de sus productos o de sus marcas. La atención del usuario y su información privada es un bien preciado que nunca había sido objeto de tanto poder económico y político. Tanto es así, que sabemos que una empresa de consultoría política —Cambridge Analytica—, se hizo indebidamente con la información de más de 50 millones de usuarios de Facebook, consiguió influir en el resultado de las elecciones americanas y cambiar el curso de la historia de la democracia.

Hace unos días, Facebook confesó el intercambio de datos de usuarios con al menos 60 empresas, entre ellas Apple, Amazon, Samsung y Microsoft. ¿Quizás sea esa la explicación por la que el joven fundador de Facebook tiene las entradas del audio y de la cámara de su dispositivo tapadas con un celo oscuro? ¿Podemos, entonces, razonablemente asumir que un menor de 13 años tiene la madurez suficiente para dar su consentimiento a una actividad que tiene tantas implicaciones?

Algunos dicen que, si les quitamos el Internet a los jóvenes, es como si les quitáramos la sangre. ¿Es posible defender la neutralidad de una tecnología de la que hablamos en esos términos? La tecnología en una mente no preparada para usarla, difícilmente será neutra. Y menos si está diseñada para la adicción. Nuestros hijos son hijos de su tiempo, y es cierto que su tiempo no es el nuestro. Pero si deseamos lo mejor para ellos, no podemos dejar que sean esclavos de su tiempo; para ello, necesitamos leyes que no dejen a los padres fuera de juego.

https://elpais.com/elpais/2018/06/11/mamas_papas/1528699518_619925.html

Han transcurrido 63 días desde que los más jóvenes de la casa aparcasen los libros y los cuadernos utilizados durante el curso e iniciaran sus vacaciones de verano. Ahora empieza la cuenta atrás y en pocos días, más de ocho millones de alumnos retomarán sus estudios de enseñanza de Régimen General no universitaria, según datos del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

Esta incorporación de niños y jóvenes a las aulas, tras un dilatado periodo vacacional, se asocia con la aparición de episodios de ansiedad y angustia, al igual que les sucede a algunos adultos. Es el conocido como “síndrome postvacacional”, un proceso de adaptación que presenta unos síntomas bien definidos pero que no está reconocido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como enfermedad. En el grupo de población infanto-juvenil, el síndrome postvacacional puede manifestarse de forma conjunta o aislada y la sintomatología es bastante amplia: tristeza, irritabilidad, alteraciones del sueño, fatiga, pérdida de apetito, aparición de molestias corporales difusas, diarreas o vómitos. Síntomas que hacen que nuestros hijos presenten una conducta alterada.

Arancha Ortiz, psiquiatra infantil del Hospital Universitario La Paz (Madrid), indica que «el síndrome postvacacional es un fenómeno completamente normal, que dura entre uno y tres días. A veces, puede llegar a prolongarse una semana hasta que la persona se adecúa de nuevo a su ritmo de vida normal. Si no remite pasado este tiempo, quizás podrían enmarcarse dentro de los que se denomina trastorno adaptativo y habría que determinar si existen otros factores que están contribuyendo a que el niño no consiga aclimatarse a la nueva etapa”.

Según Yolanda Cuevas Ayneto, psicóloga de la salud y del deporte, “es importante saber diferenciar el síndrome postvacacional de la distimia”. En su opinión, “si el síndrome postvacacional se alarga en el tiempo y persisten pasadas dos semanas hay que acudir a un especialista para poder determinar si se trata de depresión. Detrás de ese estado emocional y físico puede haber dificultades de aprendizaje, miedo a profesores, presión de los padres por los resultados académicos, bullying, problemas de habilidades sociales o dificultades de adaptación al nuevo centro escolar, y no un proceso de adaptación natural a la nueva situación más exigente”. Cuevas Ayneto indica que “si durante un año el niño o adolescente presenta un estado deprimido o irritable la mayor parte del tiempo como criterio principal se trata de distimia, tal como lo marca el Manual de Diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría de los Trastornos Mentales (DSM), y estaría relacionado con otros criterios adicionales como exceso o falta de apetito, falta de energía, problemas relacionados con el sueño, falta de concentración, baja autoestima, dificultad para tomar decisiones o pensamientos negativos”.

Los pediatras explican que el “síndrome postvacacional” es algo normal y muy comprensible, especialmente en niños que llevan desde el mes de junio sin horarios fijos, con menos preocupaciones y responsabilidades y disfrutando de ambientes distendidos. Señalan también que la crisis de adaptación puede ocurrirle a cualquier niño: a aquellos que inician el colegio por primera vez, a los que en verano han variado mucho sus rutinas, a los que cambian de centro y, por lo tanto, también de compañeros y profesores, e incluso a aquellos que cambian de etapa en la escuela.

Por ello, Nieves Nieto, psicóloga y especialista en psicopatotolgía infanto-juvenil y atención temprana, aconseja “tranquilidad y paciencia”, tanto en el entorno familiar como escolar y comenta lo importante que resulta como norma general “la actitud positiva frente a la reincorporación a las rutinas y al colegio”. Asimismo, subraya que “hay que es importante hacerles ver lo positivo de cada época del año y no ser un ejemplo de negatividad frente a nuestra propia reincorporación al trabajo”

Cuevas Ayneto ofrece a los padres una serie de consejos para que sus hijos afronten esta nueva realidad con serenidad y de la manera menos traumática posible.

  1. Ayúdales a que expresen lo que les sucede y respeta el proceso. Muchos niños se encuentran mal y no saben las razones. Su falta de madurez impide que sepan describir lo que sienten y les hace más vulnerables. Observar y hablar de la sintomatología les ayudará a que tomen conciencia. Es importante entender también que cada niño lleva su proceso y que los hermanos, por ser hermanos, no tienen por qué adaptarse igual a una misma situación.
  2. No alimentes sus angustias. Lamentarse de que acaban las vacaciones entrena y favorece un modo de afrontar la situación de manera “tóxica”. Las malas caras y el mal humor potencian un estado negativo y al final la vida familiar se ve afectada.
  3. No des consejos sin saber las razones de su estado y valida sus emociones. Si su miedo es el nuevo profesor de nada sirve que le digas que va a ver a sus amigos. Transmítele tu apoyo. Recibe sus emociones, no le des portazo con expresiones tipo ¿por esa tontería estás así?
  4. El cerebro es teflón para lo positivo, así que enseña a fijar todo lo positivo. La actitud optimista se entrena. Por ejemplo, recuérdales que van a reencontrarse con amigos a los que les van a hacer partícipes de sus vacaciones más allá de compartir fotos por las redes sociales. También, habla con ellos sobre lo divertido que es iniciar su actividad deportiva favorita, disfrutar de sus juguetes, aprender cosas nuevas o hablar de las excursiones que van a hacer este año con el colegio o instituto.
  5. Es importante no volver casi la víspera del comienzo del curso pues esta situación aumenta la probabilidad de padecer “síndrome postvacacional”. A veces con la excusa de que está todo preparado, se pasa directamente del mar al pupitre. Así no se da tiempo para que se adapten. Facilítales ese tránsito permitiendo que forren libros o te ayuden, que pongan su nombre de forma original, diseñen la portada del cuaderno según la asignatura, elijan mochila o estuche. Es importante implicarles en este proceso. Si puedes, recoge el material didáctico la semana anterior para que lo hojeen y se familiaricen. Su cerebro comenzará a conectar con la nueva realidad.
  6. Fomenta los “hábitos de septiembre”. Que se acuesten antes y que los horarios de comidas, meriendas, cenas y baños se aproximen a su horario habitual. Así se facilitará el cambio al cerebro.

https://elpais.com/elpais/2016/08/19/mamas_papas/1471593536_350119.html

Durante el curso las rutinas diarias de levantarse, desayunar, salir corriendo al cole, vuelta a recogerles siempre a la misma hora, extraescolares, deberes, baño, cena y vuelta a dormir nos protegen y protegen a los peques del temido descuido de olvidarnos de ellos.

Vivimos tan acelerados que no es raro que en algún momento de despiste el niño desaparezca, a veces son milisegundos, una esquiva mirada, un suspiro, un bostezo, pero ese leve parpadeo hace que el niño no esté cuando volvemos a recuperar la compostura. No voy a entrar en el abandono flagrante o el niño diluido en una familia supernumerosa como en la película Solo en casa, analizaremos por qué y cómo evitar estos sustos que todos hemos vivido o que en algún momento podríais vivir.

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Confieso que a mí se me olvidó mi hijo un par de veces, no más, y este aún hoy me lo recuerda, se me olvidó ir a buscarlo al colegio por el nefasto cambio de horario de verano y me llamó el director para saber si iba a ir o se lo llevaba él a casa para darle de comer. En fin, un desliz. El caso es que los niños se pierden y ahora que no hay rutinas, que hay aglomeraciones de gente o estamos en sitios extraños de vacaciones es más fácil que los peques se despisten porque tienen que explorar recónditos lugares, o por la felicidad de poder correr libremente en cualquier dirección o simplemente porque les gusta jugar al escondite.

El susto es mayúsculo, seguro. El niño no está, ¿cómo se lo dices a su madre? Esto me parece que puede crear alguna tensión conyugal, fijo. Estás en un centro comercial, solo estabas mirando los estantes de las bombillas, que hay que hacer un cursillo para elegir la buena y cuando te das la vuelta, el peque ha desaparecido. Seguro que está al lado en el lineal de los juguetes o lo que es peor en el de grandes herramientas que le apasionan. Todos tus sentidos se hipertrofian; vista escrutadora de Terminator, oído como el de los murciélagos emitiendo ondas de sonar incluso, el ambiente se hace palpable y puedes detectar el vacío dejado en el aire por donde ha pasado, olfato, esto no tanto, menos mal que se hizo caca al entrar en el super y va dejando rastro, el gusto aquí no vale para mucho porque se te ha quedado la boca seca y es difícil tragar saliva. En cinco eternos segundos allí vuelve a estar con un martillo enorme pidiendo que se lo compres. Salen a borbotones las emociones, ninguna de ellas descriptible en este medio, pero un suspiro de alivio te vuelve a la normalidad, algo habrá que decirle para que no se repita.

Niño, ¿tú que quieres, buscarme la ruina, que se entere tu madre y me monte un lío? Como te vuelvas a perder…

El niño en cuanto viene su madre le dice, mamá, me he perdido y no encontraba a papá, he tenido mucho susto.

Chivato.

Centros comerciales, calles con mucho tránsito, piscinas públicas o la playa son lugares idóneos para que un menor pueda perderse y tener un susto mucho más serio.

Cualquier situación es difícil de admitir, pero quiero destacar tres entornos especialmente graves para perder u olvidar a un crío:

  • La playa, muy frecuente que un niño o niña se despiste jugando o entre las piernas de tanta gente en días sobrecargados, pierda de vista la sombrilla o la confunda con otra y aparezca unos cuantos metros más allá.
  •  Las piscinas, porque además lleva el riesgo de caída al agua y ahogamiento
  •  Y para mí el imperdonable, olvidarse al niño (o al perro) en el coche con las ventanillas cerradas y al sol, pueden pasar pocos minutos, fue un momento, pero el niño se sofoca y tiene un golpe de calor que puede ser mortal.

Habrá que trazar un plan, habrá que tomar medidas para que no suceda, cuando los cinco sentidos no son suficientes, tendremos que conseguir esas rutinas para que el niño esté seguro, empezando por qué aprenda a nadar lo más temprano posible y así ya quitamos un peligro.

  • Que se aprenda el número de teléfono de papá o mamá o escribírselo o tatuarlo si hace falta.
  • Reconocimiento previo del terreno playero o piscinero con puntos de encuentro en caso de perdidas. Visita a nuestro amigo el socorrista o al dueño del chiringuito que también será amigo.
  • Enseñarle que si se pierde se quede quieto, inmóvil, haciendo la estatua, a ver si al menos los transeúntes le echan unas monedas mientras llegan los papás.
  • En vez de llevar pulseras antimosquitos que no valen para nada se le puede poner una que lleve los datos de identificación útiles. No poner el nombre del peque, que eso si se lo sabe y es poco informativo en estos casos.
  • Camisetas o gorras grabadas con el logotipo “Mi papá es lo mejor / teléfono: 666666666”
  • Papás y mamás llevad siempre el teléfono con batería y a ser posible cobertura.
  • ¡Ojo! Con entretenerse con los WhatsApp mientras respondemos se han podido perder veinte veces.
  • En sitios masificados modificar el departamento de objetos perdidos y llamarlo departamento de niños y objetos perdidos, donde puedan los padres pasar a recoger las llaves extraviadas y al peque.
  • En esta época tecnológica no podrían faltar los gadgets, poner un detector GPS en el bolsillo del bañador o pantalón cosido en el forro o cinturilla, para que a través de una App al efecto podamos localizar al menor con un margen de error de menos de 5 metros. O un dispositivo Bluetooth igualmente instalado en el niño, para que nos suene una alarma cuando se separe de nuestro móvil 10 metros. Y no, no vale para controlar adolescentes, hay que respetar su intimidad.

A los niños pequeños les gusta mucho ir con sus padres, pero tienen vida propia y a veces lo olvidamos. Son exploradores y curiosos por naturaleza, cualquier cacharro o cualquier dibujo puede hacer que su interés se dispare y su instinto Indiana Jones se despierte para averiguar y capturar eso que les llama su atención, o al revés padres acelerados pueden distraerse ante los estímulos veraniegos varios y olvidar por un instante que una vez fuimos padres.

Si tienes dos, tres o más peques los sentidos se multiplican, a veces te gustaría llevarlos cual cordada de presos, pero el objetivo es parecerse al guardaespaldas, o al poli sabueso, que persigue a un sospechoso a una distancia prudente para no ser detectado. Los menores tienen que estar seguros y protegidos siempre, pero deben de sentirse libres y notar la tranquilizadora cercanía de sus padres.

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