El acoso escolar es un problema mundial. Así lo ha retratado la Unesco en su último informe denominado Ending the Torment: Tackling bullying from the schoolyard to cyberspace [Poner fin al tormento: cómo abordar el acoso escolar, desde el patio del colegio al ciberespacio], y presentado en Seúl en el marco de una conferencia internacional al respecto. Según el organismo de la Naciones Unidas (ONU), dos de cada 10 alumnos lo sufren o, lo que es lo mismo, unos 246 millones de jóvenes -niños y adolescentes- padecen este tipo de hostigamiento en el planeta.

Según el estudio, un 34 % de los menores de entre 11 y 13 años dice haber sido acosado en los últimos 30 días y un 8 % de ellos dice sufrirlo a diario. La UNESCO reclama una respuesta “eficaz” basada en un enfoque “global”, centrado tanto en la prevención como en la disminución del problema. Recordar que los datos en España también son escalofriantes. Esta lacra afecta al 4 % del alumnado, según datos del Ministerio de Educación, que ha puesto en marcha este curso 2016-2017 un teléfono gratuito, atendido por psicólogos y que no deja huella telefónica, para atajar una problemática en constante aumento. Desde la Fundación ANAR aseguran que, en 2015, se atendieron en su organización 369.969 peticiones de ayuda en toda España, de las que 25.000 se referían a algún tipo de violencia escolar. Estos casos crecieron un 75% con respecto al año anterior.

“El acoso escolar es una violación grave del derecho a la educación y un problema real del que los colegios deben ser conscientes y hacer de ellos lugares seguros para todos”, aseguró la directora general de la Organización de la ONU para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), Irina Bokova, informa EFE. “Muchas veces, la violencia en la escuela está provocada por relaciones de fuerza desiguales -profesor/alumno-, o a menudo reforzadas por estereotipos ligados al género, la orientación sexual u otros factores que contribuyen a la marginación, como son la pobreza, la identidad étnica o el idioma”, añadió la experta.

El informe elaborado en 2016 con los datos de más de 100.000 niños y jóvenes alrededor del mundo -en 19 países, España incluido- ilustra el impacto del acoso escolar. “Nueve de cada diez considera el bullying un problema real e importante; dos tercios de los encuestados asegura haber sido acosado en alguna ocasión, y un tercio piensa que sufrirlo es normal y no lo ha denunciado, aunque es cierto que muchos no saben ni cómo ni a quién hacerlo”, indica la Unesco en su página web. Uno de los colectivos más afectados por el bullying son las lesbianas, gais y transexuales. Un 25% de los sujetos a estudio sufrió acoso por su aspecto y otro 25%, por su orientación sexual.

Uno de los motivos principales, el acceso a Internet

El acceso a la red ha incrementado los casos de cyberbullying, según se alerta en el informe. Este es el acoso que tiene lugar en las redes sociales y que puede ser perpetrado mediante teléfonos móviles, ordenadores o tabletas. “En los últimos tres años, han aumentado un 87% las denuncias por este tipo de acoso en el mundo. Aunque la falta de recursos y que aún se mantiene invisible para algunos profesores y centros educativos entorpece su solución”, según se asegura en el trabajo de la Unesco.

En Europa, donde más del 80 % de los que tienen entre cinco y 14 años tienen un móvil, este tipo de acoso entre los menores de nueve a 12 años ha pasado de afectar a un 8% en 2010 a un 12% en 2014. Los grupos más afectados son las chicas y los de menor edad.

El acoso afecta a todo el individuo

El acoso, según el informe, tiene una repercusión directa sobre la salud física y el bienestar emocional de la persona, llegando, en sus casos más graves, a provocar la muerte del individuo. Además, sufrir acoso físico puede llevar a embarazos no deseados o enfermedades de transmisión sexual.

Entre las soluciones propuestas por la Unesco, figuran un liderazgo político sólido, un entorno escolar “seguro e inclusivo”, la puesta en marcha de mecanismos de alerta y comunicación y de servicios de apoyo apropiados, la recopilación y tratamiento de datos sobre la violencia y una formación específica del personal educativo.

Pese a que muchos países ya han lanzado iniciativas para combatirlo, “aquellos que aplican un enfoque global son relativamente poco numerosos”, advierte la Unesco, que alerta de que las víctimas presentan un mayor riesgo de ansiedad, depresión, marginación, autodestrucción y pensamientos suicidas.

http://elpais.com/elpais/2017/01/17/mamas_papas/1484647388_475258.html

José Antonio Luengo.
José Antonio Luengo.

¿Los adolescentes de hoy en día son como los de antes? ¿Asistimos a una nueva manera de enfocar ese cambio en la vida de todo ser humano? Muchas voces advierten, desde hace tiempo, que el exceso de protección no es en absoluto beneficioso para los niños que crecerán sin saber asumir responsabilidades. José Antonio Luengo, psicólogo experto en adolescentes, reflexiona sobre cómo han cambiado los paradigmas educativos desde hace tan solo tres décadas y cuáles son las consecuencias.

PREGUNTA: Para empezar, ¿qué es la adolescencia y qué etapas de la vida cubre?

RESPUESTA: La adolescencia es una fase de la vida, una etapa crucial del desarrollo, marcada por cambios orgánicos, fisiológicos, cognitivos, psicológicos y emocionales notables y muy significativos en la configuración definitiva de la personalidad; esa que nos hace y hará alguien diferente de todos cuantos nos rodean. Hablamos de un período que abarca, con flexibilidad, desde los 11-12 años a los 16-18, siempre dependiendo de factores personales, individuales, sociales y culturales. El adolescente es un ser que, en términos precisos, crece y aprende a crecer. La palabra, etimológicamente, nos remite a ese principio: un ser que está creciendo. Con los conflictos, incertidumbres, dudas y sorpresas que ello conlleva. Para el propio adolescente y su entorno.

P: ¿Se diferencia en algo la adolescencia de ahora con respecto a la que los que ahora son padres, tuvieron?

R: Existen diferencias y no son pocas. Pero, probablemente, tengamos muchas más cosas en común de las que pensamos en la actualidad. La revolución hormonal y fisiológica que se produce, los cambios físicos y psicológicos… La crisis inherente a un cambio tan drástico y aparentemente inesperado. Las dudas, la ansiedad, por saber, por ser. La impulsividad, la desproporción, el desequilibrio. Y cierta condición de rebeldía y oposición a lo establecido; por los padres y el entorno. Nos diferencian cosas, claro. Relacionadas, sin duda, por cómo vivimos, por cómo están hoy organizadas las cosas, a diferencia de ayer. Influyen en esas diferencias el cómo vivimos los adultos y cómo les hacemos vivir, las características de las familias de hoy, cómo organizamos sus vidas, el papel que juegan las tecnologías, y su fácil acceso a un mundo “inabarcable”…

P: España contempló una explosión económica sin precedentes en los ochenta y noventa. Se sabe que las situaciones económicas condicionan en buena parte la forma de educar. ¿Cree que los jóvenes nacidos a partir de esa época han sido educados en una cultura de poco esfuerzo y de tenerlo todo sin merecerlo solo porque sus padres no lo tuvieron?

R: Creo sinceramente que sí. Siempre se simplifica al realizar una afirmación categórica, pero no faltan evidencias de ello. Considerar que eres “mejor” padre o madre en función de las posibilidades de acceso a lo material que tienen tus hijos, evitar sus incertidumbres y “facilitarles” todo lo que tienen que vivir y experimentar han sido (y aún lo son) principios educativos torpes y, seguro, contraproducentes. Hay quien describió este fenómeno como una forma de “OPA amigable” a la infancia. “Te compro” con todo lo que te doy porque no tengo tiempo para estar contigo, para cuidarte, escucharte, tenerte y educarte como debería… Y como necesitarías.

P. Lo quiero/lo tengo y si no es así, entonces me frustro, tengo traumas, me drogo, bebo, tengo relaciones sexuales muy pronto y con muchas personas… ¿no será que nos hemos pasado de permisivos? ¿Hay lugar para la esperanza?

R: Hoy surge un término muy interesante, el de los padres “helicópteros”, en clara alusión a una manera de gestionar la educación de los hijos, basada en la hiperprotección. Una suerte de hiperpaternidad, que ve a los hijos como seres intocables, que, al fin, acaban teniendo más miedos que nunca. Padres que sobrevuelan sin tregua las vidas de sus hijos (de ahí lo de helicóptero), pendientes de todos sus deseos y necesidades. El mundo parece acabarse si tus hijos dudan, si aparecen frustraciones, desvelos. Si se entristecen o, un día, se enfadan con sus amigos. Involucrarse en la vida los hijos es consustancial, por supuesto, a ejercicio adecuado de la patria potestad. Otra cosa es la ofuscación por la perfección, por la necesidad, casi obsesiva, de que sean los mejores, en todo. En todo.

P: Hace sesenta años se educaba a base de cinturón y ahora se educa cuidando no traumatizar al niño. ¿La virtud está en este caso en el término medio? ¿Qué hemos ganado y perdido con respecto a la generación de nuestros padres?

R. Hablando de nuestro entorno social, el de un país desarrollado, hemos de insistir en una idea. Nunca los niños han estado tan bien “tratados” desde que nos reconocemos como seres humanos. Nunca el ordenamiento jurídico que ampara los derechos de la infancia y de la adolescencia ha adquirido tanto valor, rigor, seriedad, criterio y eficiencia. El secreto, si es que existe, es educar desde el equilibrio, atendiendo las necesidades de nuestros hijos con esmero. Y esto supone, ineludiblemente, entender la frustración como una experiencia imprescindible. Entender que el “no” también educa, que es imprescindible el dolor, la insatisfacción, la duda, el conflicto. Que es necesario que se enfrenten al no puedo o no sé, y saber afrontar las situaciones. Con autonomía.

P: ¿Estamos más perdidos ahora los padres que antes?

R: A pesar de todo lo que sabemos y hemos ido aprendiendo de educación, a pesar de que las condiciones de vida han mejorado notablemente respecto a épocas pretéritas (siempre en términos generales y sin obviar situaciones desfavorecidas que no deben ser pasadas por alto), educar, hoy, es un proceso muy complejo. Influyen muchos factores. Padres y madres sabemos con certeza que el mundo ha cambiado y que nuestros hijos no precisamente van a mejorar las condiciones de vida que nosotros, sus padres, hemos tenido o tenemos. Y aparecen muchas más dudas. Y la obsesión, la preocupación porque no les falte de nada, que sean los mejores, competitivos… Y pueden perderse ciertos papeles en este proceso. Las condiciones de vida han hecho, también, que tengamos menos hijos. Y se pierden cosas. Los hermanos cubrían, y cubren, una parte sustancial de la experiencia de crecer en compañía.

P: La falta de compromiso es una de las características de la adolescencia pero es que ahora dura pasados los 18 y eso tiene que tener un porqué. ¿Sabría decirme cuál?

R: Soy de los que piensan que, a pesar de las circunstancias expuestas, tenemos los mejores adolescentes y jóvenes de toda nuestra historia. Pero no les ayudamos con principios y criterios educativos de hiperprotección. Muy al contrario. Acondicionar su vida desde la inacabable comodidad no es el camino. Nos estamos engañando. Crecer significa afrontar, caerse, saber levantarse, ayudar a quien dobla la rodilla a tu lado; a quien lo está pasando mal. Crecer significa, también, llorar y saber secarse las lágrimas. Y seguir. Crecer significa esforzarse, y tener disciplina. Automotivarse en cada tarea, en cada momento. Estos son, querámoslo o no, principios esenciales del manual del buen padre, del buen educador. ¿Pero es que no nos damos cuenta?

José Antonio Luengo, es Psicólogo educativo, vicesecretario del Colegio de Psicólogos de Madrid. Profesor de la Facultad de Educación de la Universidad Camilo José Cela de Madrid.

http://elpais.com/elpais/2017/01/12/mamas_papas/1484215479_924583.html

“Esta Nabidad compra libros o si no acavarán escribiendo asin”. Esta es la frase que cierra la cruzada personal del escritor Sergio Sola contra las faltas de ortografía, materializada en un vídeo que se ha hecho viral durante las últimas semanas y cuyo objetivo es que los más pequeños aprendan a escribir correctamente mediante el hábito de la lectura.

Recientemente, también hemos sido testigos del lanzamiento de La tabla periódica de la ortografía, una creación del lingüista Juan Romeu que puede resultar muy útil para resolver rápidamente dudas concretas sobre la lengua española y para que los niños consulten y retengan algunas de sus principales normas de una forma divertida. Pero, además, gracias a las aplicaciones móviles, nuestros teléfonos y tabletas pueden convertirse en cuadernos digitales para aprender y reforzar la ortografía desde los primeros palotes. Todo de manera lúdica e incluso con propuestas para usuarios de cualquier edad. Estas son algunas de las apps que ayudan a escribir correctamente.

iCuadernos by Rubio, la preescritura

Desde la década de 1950, son ya varias generaciones las que han aprendido a escribir con los cuadernillos de Rubio, que han sabido reinventarse en formato app para dispositivos iOS y Android. Lo cierto es que en estas versiones digitales hay una mayor oferta de ejercicios matemáticos, pero también es posible encontrar cuadernos de Educación Infantil que proponen actividades de preescritura pensadas para facilitar la soltura manual y el desarrollo motriz de los niños, algo previo al aprendizaje de la escritura. Además, Rubio cuenta con otros cuadernos de iniciación a la escritura para niños de más de tres años centrados en el reconocimiento de las letras mayúsculas y minúsculas.

Gracias a las aplicaciones móviles, nuestros teléfonos y tabletas pueden convertirse en cuadernos digitales para aprender y reforzar la ortografía desde los primeros palotes

Con el fin de evitar disgustos, las compras de los iCuadernos están protegidas mediante control parental y cada nuevo cuaderno cuesta 100 rubis, la moneda propia de Rubio. Para entendernos, primero es necesario adquirir rubis y después canjearlos por cuadernos, según estas correspondencias: 0,99 euros son 100 rubis; 1,99 euros son 200 rubis; 8,99 euros son 1.000 rubis; y 16,99 euros son 2.000 rubis. Antes de comprar, la app permite crear hasta tres perfiles de usuario con los que se puede acceder a una muestra de los ejercicios que contienen los cuadernos, disponibles en español, catalán e inglés. Después, a medida que los niños van superando ejercicios, se les motiva con la obtención de premios en forma de medallas digitales.

Pupitre, la apuesta de Santillana

Otra de las decanas en el mundo de la educación que también se ha adaptado a los nuevos tiempos para enseñar a escribir a los más pequeños es Santillana, que en 2012 lanzó Pupitre, una aplicación pensada para iPad y tabletas Android, si bien es cierto que la oferta de Lengua se limita al sistema operativo de Apple. En concreto, para estos dispositivos existen cuadernos con actividades de escritura para niños de 6 a 8 años, así como cuadernos de vacaciones para Educación Infantil y niños de hasta 8 años que incluyen fichas con ejercicios sobre la composición de las palabras o las normas de acentuación, entre otros. El funcionamiento es muy similar al de los iCuadernos de Rubio, pero sin moneda propia de por medio, de tal forma que cada cuaderno cuesta 0,99 euros, mientras que cada cuaderno de vacaciones tiene un precio de 3,99 euros.

Pupitre da la posibilidad de crear hasta cuatro perfiles distintos y también se basa en un sistema de recompensas acorde a la edad de cada usuario, con el fin de favorecer la curiosidad del niño y su interés por seguir aprendiendo.

Palabra correcta, para aprender mientras juegas

Con un diseño muy sencillo, esta aplicación gratuita para iOS y Android pone a prueba los conocimientos de gramática y ortografía de usuarios de todas las edades a través de distintos juegos. Entre ellos destaca el llamado Gramática (modo clásico), que viene a ser un test en el que hay que elegir, antes de que se agote el tiempo, la palabra exacta que completa los espacios en blanco de una frase. En caso de fallo, la app no sólo muestra la opción correcta, sino que además explica por qué con ejemplos adicionales.

Otras de las posibilidades de juego de Palabra correcta que ayudan a ampliar vocabulario son Arma Palabra, donde hay que ordenar letras para formar el vocablo descrito en una definición; Diccionario, cuyo reto es escoger la opción correcta entre distintas palabras que pueden corresponderse con una definición; y Sinónimos y Antónimos. Es posible batirse en duelo con otros usuarios mediante la opción multijugador o bien retarse a uno mismo.

Los Cazafaltas, el gran juego de la ortografía

Desarrollada por la editorial Planeta, esta app gratuita es un juego para iOS inspirado en el tablero del popular Juego de la Oca. Lo curioso es que para avanzar de casilla en casilla y llegar a la meta es necesario resolver las dudas ortográficas que se plantean en la pantalla del iPhone o el iPad. Con el fin de facilitar la tarea, en todo momento es posible acceder desde un botón a las reglas de la ortografía española, en las que se encuentran las respuestas a todas las preguntas de Los Cazafaltas.

Las partidas se desarrollan por turnos entre dos rivales, aunque cuenta con un modo para un solo jugador. En el primer caso, una vez finalizado el enfrentamiento se actualizan los datos del perfil de cada usuario, de tal modo que se puede acceder a un histórico con estadísticas y comprobar la evolución. Sin embargo, cuando se juega contra uno mismo la partida no queda registrada ni se acumulan los puntos conseguidos, aunque es un buen método de entrenamiento y una forma divertida de seguir aprendiendo ortografía.

http://tecnologia.elpais.com/tecnologia/2017/01/10/actualidad/1484045185_703072.html?id_externo_rsoc=FB_CM

“Los jóvenes son el futuro porque entienden los problemas del planeta y se sienten empoderados para cambiar el curso de la historia”. La primatóloga Jane Goodall ha aprovechado este lunes la ceremonia de entrega a la personalidad ambiental del año 2016 que le ha concedido Ecovidrio en Madrid para destacar la urgencia de actuar para salvar el planeta. Con un discurso plagado de referencias a la juventud, sobre la que recaen todas las esperanzas de la activista medioambiental, Goodall ha intervenido en la XVII edición de los premios periodísticos que celebra cada año la entidad encargada del reciclaje de vidrio en España.

Goodall, presentada como una de las mujeres más influyentes del siglo XX por la periodista Elena Sánchez, cuenta con más de 100 premios internacionales, entre ellos, el Príncipe de Asturias de Investigación de 2003. La primatóloga de 82 años ha recogido con su chimpancé de peluche este nuevo reconocimiento a su trabajo en favor de la protección de los ecosistemas, la educación ambiental y la sostenibilidad como modo de vida. En su discurso, Goodall ha hecho un repaso a su trayectoria profesional que comenzó hace más de 70 años con un viaje a África. “La primera vez que fui a estudiar los chimpancés mi madre vino conmigo, porque una mujer joven no podía viajar sola”, ha recordado Goodall. En aquella ocasión, la primatóloga pasó cuatro meses estudiando a estos primates, hasta que pudo demostrar su capacidad para usar herramientas. “Ellos me miraban como a un primate grande, blanco y, sobre todo, raro”, ha contado Goodall.

Muchos años después, en 1996, Goodall supo por un congreso al que asistió que los chimpancés estaban desapareciendo por la deforestación. “Volví a África y vi que la gente estaba desesperada y usaban los recursos naturales para sobrevivir”, ha señalado la primatóloga. “Si no mejoramos la vida de esta gente, no podemos conservar el medio ambiente”, ha asegurado Goodall. Aquella fue la semilla del proyecto Raíces y Brotes, que en la actualidad cuenta con varios programas enfocados a la juventud y unos 60 grupos activos en el mundo que funcionan fundamentalmente con voluntariado.

Goodall opina que en los jóvenes está la clave del futuro del planeta y de la concienciación. “Muchas veces, son los jóvenes los que convencen a los padres y a los abuelos sobre temas medioambientales”, ha señalado. Goodall asegura que este es el motivo por el que viaja 300 días al año. “Y a medida que los niños crecen, el mensaje se va expandiendo”, ha asegurado la activista.

Jane Goodall con su mono de peluche.

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Jane Goodall con su mono de peluche. Juan Carlos Hidalgo

En cuanto a la importancia de las acciones individuales, Goodall ha explicado que son muy poderosas, aunque mucha gente piense que lo que haga una persona no sirva de nada. “En cambio, si millones de personas toman las decisiones éticas adecuadas, se puede cambiar el mundo”, ha asegurado Goodall, para quien lo importante es dar esperanzas a la gente. “La falta de esperanza conduce a la apatía y esto acabará por destruir el mundo”, ha lamentado Goodall. Según la primatóloga, es urgente actuar para salvar el planeta. “Lo estamos destrozando y hay indicios de que la situación va a empeorar, pero yo soy optimista. Solo tenemos que trabajar todos juntos y en la misma dirección. Y veo a la sociedad cada vez más concienciada”, ha asegurado Goodall.

En la ceremonia han intervenido el director general de Calidad y Evaluación Ambiental y Medio Natural del Ministerio de Medio Ambiente (MAPAMA), Javier Cachón, y el presidente de Ecovidrio, Iñaki Soroa. En esta edición se ha reconocido también la labor de la compañía Car2Go, como la iniciativa de Mayor Impacto Ciudadano. Los trabajos periodísticos premiados han sido un reportaje del programa Aquí la Tierra, de TVE; Javier Martínez por el programa Ecogestiona de Gestiona Radio; Denisse Cepeda por un reportaje publicado en Cinco Días y EFE Verde en la categoría Mejor Campaña 2.0.

http://elpais.com/elpais/2017/01/09/ciencia/1483978740_368983.html?id_externo_rsoc=FB_CM

Comienzan a elegir su propia ropa, prefieren ir solos de compras o con sus amigos, surgen los primeros secretos, las mentiras… Y, paralelamente, les avergüenzan ciertas conductas de los padres. La más clásica: que verbalicen cosas de su vida personal en las reuniones familiares. Posiblemente, si usted es padre de un hijo o hija adolescente (la Organización Mundial de la Salud -OMS- define este agitado periodo como el que va de los 10 a los 19 años), habrá sentido en sus carnes estas actitudes. Incluso quizá pueda recordar cuando ocurría con sus propios padres.

Estos comportamientos son algo absolutamente natural al llegar a esta edad, ya que la adolescencia es una fase clave en el proceso de la formación de la identidad. En palabras de la OMS, “es un periodo importante del crecimiento y la maduración del ser humano”. Durante este tiempo se producen cambios singulares y se establecen muchas de las características del adulto. Tal y como nos explica Eva María Barata Cuenca, psicóloga clínica y de la salud, además de la evolución física, se producen transformaciones de carácter emocional y social: “Es el momento en el que surge el cambio entre adorar a los padres, que se ven como único modelo de referencia, a convertirse en personas con más independencia. En este proceso, algunos comentarios y conductas de los padres provocan vergüenza en sus hijos”.

El sentimiento de vergüenza hacia los padres que surge en esta fase de la vida del hijo no es algo personal hacia las personas que le trajeron al mundo, sino que tiene que ver con la necesidad del adolescente de encontrar su propio espacio en la vida. “Empiezan a vivir experiencias con más valor y emocionalidad. Existen contradicciones porque, por un lado, mantienen conductas infantiles pero, por otra parte, dan indicios de independencia. Aparece la autocrítica hacia ellos mismos y al mundo que les rodea, buscan su espacio e intimidad, su autonomía y diferenciar su mundo del de sus padres”, señala la psicóloga. Entonces no es de extrañar ver cómo los niños comienzan a confiar más en sus amigos que en sus progenitores, pasando a ser ellos su ejemplo a seguir.

La adolescencia es el momento en el que surge el cambio entre adorar a los padres, que se ven como único modelo de referencia, a convertirse en personas con más independencia. En este proceso, algunos comentarios y conductas de los padres provocan vergüenza en sus hijos”

Para los padres primerizos recordarles que se trata de un proceso natural. Es recomendable afrontarlo con serenidad, escucharles y respetar su espacio aunque sea difícil en los primeros momentos. Lo más adecuado es evitar ciertas conductas que teníamos cuando eran pequeños y que ahora, si las mantenemos, ellos las viven como una crítica a su imagen ante el mundo. Y, sobre todo, restar importancia y no hacer un drama de lo que solo será una etapa transitoria. “Se trata de normalizar ese sentimiento de vergüenza que surge en nuestros hijos y enfocarlo como resultado de un cambio en la edad de estos, el paso de la edad infantil a la adolescencia y la posterior entrada a la edad adulta”, apunta Eva María Barata. Un último consejo: intente ponerse en su lugar y pensar en cómo se sentirá antes de que usted decida lanzarse a contar una historia de su infancia o a intentar ser su colega.

Por si sirve de ayuda, hemos querido recoger las anécdotas de adolescentes sobre las veces que sus padres les han abochornado por una u otra razón. Y lo centramos en el padre…

Nota: aunque surjan dudas después de leer estos reproches, todos los niños consultados aman sobre todas las cosas a sus padres.

COSAS QUE ME AVERGÜENZAN DE MI PADRE

1. María (14 años): “Eran las fiestas de mi pueblo y estaba en la plaza con mis amigas. Mi madre y mi padre, mi tía y algunos amigos de ellos estaban cerca nuestro. De repente, mi padre vino donde estaba yo con mis amigos ¡y se puso a bailar conmigo delante de todo el mundo! Qué horror”.

2. Lidia (17 años): “Resulta que mi padre ahora en lugar de enviarme mensajes escritos por guasap me los envía de voz, como hago yo con mis amigas. Un día me envió uno, tenía el volumen alto y me llamaba ‘pispajín’, como hacía cuando tenía tres años. Todo el mundo alrededor lo escuchó. Me puse roja”.

3. Jorge (10 años): “Hace poco íbamos en el coche a ver a mis abuelos y un señor se cruzó en la carretera. Mi padre pegó un frenazo y casi le atropella. Los dos empezaron a gritarse e insultarse. Mi padre se enfadó tanto que se bajó del coche. Yo pensaba que se iban a pegar. Al final mi madre tuvo que bajarse también y llevarse a mi padre de allí”.

4. Víctor (16 años): “Mi padre se puso a discutir en mitad de un partido de fútbol en el que yo estaba jugando con un padre de un niño del otro equipo. Discutían por quién era mejor. ¡Casi se zurran!”.

5. Gabriela (15 años): “El otro día estaba con mis amigas enseñándoles una foto en mi móvil y mi padre me envió un mensaje por snapchat. Claro, mis amigas vieron que era mi padre y quisieron ver el vídeo. Lo tuve que poner y qué vergüenza. Era él haciendo el tonto en la cocina”.

6. Sergio (16 años): “Odio que cuente mis historias a sus amigos. Un día hizo que les enseñase a unos amigos suyos que vinieron a casa el chupetón que me había hecho una chica en el cuello. Qué vergüenza”.

7. María (16 años): “Cuando se acerca donde estoy con mis amigas y utiliza expresiones viejunas tipo ‘chachi”.

8. Adrián (15 años): “Si hay algo que me avergüenza de mi padre es su tono de móvil. Mira que hay tonos donde elegir que se tuvo que descargar Qué viva España. Cada vez que le llaman suena a todo trapo”.

9. Elena (12 años): “Me acuerdo de una mañana que mi padre nos llevaba al colegio que se estropeó la alarma del coche y no paraba de sonar. Nos llevó todo el camino a mi hermano y a mi hasta la puerta del cole en plan ambulancia. ¡Nos miraba todo el mundo!”.

10. Blanca (16 años): “Unas vacaciones de Navidad, mis padres, mi hermana y yo fuimos a Nueva York y pasamos allí el Año Nuevo. El día de Nochevieja reservamos para cenar en un restaurante en el que los camareros cantaban y bailaban. Una de las canciones fue la de Los Pajaritos. Mi padre se emocionó mucho (demasiado) y salió a bailar y a cantar en mitad del restaurante. ¡Me quería morir!”.

11. Rubén (12 años): “Mis padres me llevaron de vacaciones una vez a Disneyland Paris. Cuando nos íbamos del hotel cogieron las toallas de su habitación y se las guardaron en la maleta porque les gustaban para casa. En la recepción vino un señor corriendo antes de que nos fuésemos y les dijo algo que no entendíamos, pero hacía gestos con una toalla en la mano. Yo me puse rojo de la vergüenza porque nos habían pillado, pero mis padres se hacían los locos y decían que no entendían nada. El hombre quería abrir las maletas y mi padre no le dejaba. Todo el mundo nos estaba mirando. Al final nos marchamos de allí con las toallas, pero pasé un rato malísimo”.

12. Marina (16 años): “La vez que mi padre me ha hecho pasar más vergüenza fue cuando íbamos a la Plaza Mayor, de Madrid, en Navidad, y al entrar me agarró del brazo y empezó a hacer el idiota, a gritar y a bailar. No podía soltarme y todo el mundo nos miraba”.

13. Claudia (14 años): “Mi padre, que tiene Instagram, me sigue. El otro día subí una foto y se puso a comentarla. Yo borraba los comentarios, pero él seguía. Hasta que me puso: ‘¡Pero no borres los comentarios que soy tu padre!’. Le bloqueé. Casi me castiga”.

14. Cristina (16 años): “Mi padre tiene la costumbre de cantar en casa a gritos. Hay veces que tiene hasta su gracia, pero un día que fui a casa con mis amigos y estábamos en mi cuarto, empezamos de repente a escuchar algo. Un amigo dijo: ‘¡Es alguien cantando!’. Yo les dije que sería algún vecino. Al final se dieron cuenta de que era mi padre. ¡Casi me muero de la vergüenza!”.

15. Andrea (16 años): “Una vez que volvíamos de vacaciones y paramos a comer, vi a uno de los del programa Mujeres, hombres y viceversa y se lo dije a mi padre. Él quería que el chico viniera para que me diese dos besos y me hiciera una foto con él y yo no quería porque me daba vergüenza. Al final mi padre le llamó. Vaya papelón”.

16. Gorka (16 años): “Estaba yo en el gimnasio y apareció mi padre con un chandal de Ron Barceló y con la tripa que se le salía por la camiseta. Vino a saludarme y a estar conmigo todo mi entrenamiento. ¡Como si no hubiera más sitio en el gimnasio!”.

17. Ohara (19 años): “Pasé mucha vergüenza un verano que fui de crucero con mi familia y estaba una noche en la discoteca del barco bailando con un chico que me gustaba. Mi padre se puso a bailar conmigo sin vergüenza ninguna”.

18. Gonzalo (18 años): “Siendo muy pequeño mi padre me llevó al cine a ver una película de Torrente sin que supiese de qué iba. Creo que no es la mejor película para ver con tu padre…”.

19. María (19 años): “Una vez en verano, en un restaurante de playa, había dos mujeres con un cuerpo impresionante animando la fiesta. Sacaban a gente a bailar y uno de ellos tuvo que ser mi padre. Hizo mucho el ridículo”.

20. Marta (13 años): “El momento más vergonzoso que me ha hecho pasar mi padre fue cuando estábamos de vacaciones y fuimos al karaoke del hotel. Salimos los dos a cantar. Él se puso a bailar y gritar en el escenario. Digo gritar porque lo que hacía no se le podía llamar cantar…”.

21. Miriam 13 (años): “Fuimos a ver un experimento y el señor que lo realizaba hacía preguntas. Mi padre siempre quería contestar y generalmente lo hacía mal. Todo el mundo se reía. Menos yo, claro…”.

22. Elia (14 años): “En muchas ocasiones, cuando estoy con mis amigas mi padre se comporta como si fuese muy gracioso y hace cosas que no tienen ninguna gracia. No se qué pretende, la verdad”.

23. Carlos (16 años): “Mi padre tiene la fea costumbre de ponerse chanclas con calcetines. En plan guiri”.

24. Sergio (18 años): “Me pone enfermo cuando baja a comprar el pan en chandal y con el polo por dentro. Intento no cruzarme con él por la calle”.

25. Cris (17 años): “Siempre me ridiculiza cuando vienen amigas a casa. Me suele decir cosas del tipo: ‘Cris, enséñales a tus amigas lo cerda que tienes la habitación, seguro que ellas se preocupan de tenerla más limpia”.

26. Yolanda (17 años): “Me da cosilla cuando me acompaña a algún sitio porque he quedado con alguien y se despide de mi efusivamente, dando besos y abrazos”.

27. Jorge (17 años): “Ahora no tanto, pero antes, cuando pasábamos juntos por delante de un grupo de chicas jóvenes solía decirles: ‘Mirad que hijo más guapo tengo’. ¡No venía a cuento!”.

28. Adrián (18 años): “Las veces que trata de hablar conmigo o aconsejarme sobre temas (chicas, sexo…) sin que yo se lo pida”.

29. Alba (14 años): “Siempre que me acompaña de compras y la música de la tienda está muy alta (tipo Bershka) se pone a bailar sin vergüenza ninguna. Es como: ¡Papá!”.

30. Felipe (16 años): “Mi padre es más joven que el resto de padres de mis amigos. A veces se cree tan joven que bromea con mis amigos y suelta comentarios fuera de contexto”.

31. Marina (15 años): “Odio que cada vez que salgo con mis amigas me llame 10.000 veces para saber dónde estoy, con quién, etc. Los padres de mis amigas no hacen eso”.

Y LOS PADRES, CÓMO SE SIENTEN

B. de. F.

– José Jiménez (realizador audiovisual): “La mayoría de las veces yo me suelo sentir mal. Sobre todo cuando mis hijos me dicen la típica frase de ‘no me trates como a un niño, papá’. Aquí te vas dando cuenta de que tu trabajo como padre está a punto de terminarse”.

– José Antonio Guerrero (comercial): “Hay veces que mi hijo se avergüenza de mí por mi forma de vestir o mi forma de hablar. Siempre me paro a pensar si realmente estaré haciendo el ridículo. Al final pienso que a él le pasará lo mismo algún día. Se mirará los pies y llevará los calcetines más subidos de lo que a su hijo le gustaría…”.

– Jesús Martínez (administrativo): “Las primeras veces trataba de explicarles que no eran situaciones por las que sentirse avergonzados, que era la edad, lo cual ha derivado en grandes discusiones, enfados y en algunas ocasiones castigos. Con el tiempo te das cuenta de que es mejor dejarles y que se den cuenta ellos mismo. ¡Son adolescentes!”.

– Mateo de Luis (empresario): “Cuando haces algo de ese tipo, lo haces porque te sale. No piensas en la impresión que se van a llevar quienes están a tu alrededor. Después, al ver que mis hijos se han avergonzado, pienso: ‘No entiendo, qué hijos más aburridos tengo, seguro que sus amigos están pensando en lo divertido que soy como padre y ellos no lo aprecian…”.

– Jesús Sánchez (médico): “Mi hija era muy vergonzosa. Tengo que reconocer que cada vez que la hacía sentirse incómoda, me entraba la risa y la seguía picando”.

– Ricardo García (portero de finca): “Ser padre no es fácil y mucho menos cuando tus hijos llegan a esa edad difícil que es la adolescencia. Siempre intentas ponerte en su lugar pero en ocasiones no puedes evitar sentirte triste y, a veces, humillado”.

– Esteban de la Fuente (camarero): “A veces pienso lo fácil que es para mi como padre sacar los colores a mis hijas, son muchos años ya criándolas y conozco sus puntos débiles… Y luego están las fotos de cuando eran pequeñas, que no se por qué les da tanta vergüenza cuando se las enseño a alguien. Pero también soy consciente de lo importante que son para ellas cosas que al resto nos pueden parecer una tontería, así que procuro comportarme con prudencia para no herirlas”.

– Francisco Liceras (economista): “Siempre que noto que mis hijas se avergüenzan de algo que he hecho trato de comportarme de la forma más natural posible, sin complejos”.

– Juan Maza (cámara de televisión): “Tengo que reconocer que yo soy una persona sin ningún tipo de vergüenza y entiendo que en situaciones concretas mi hijo no sepa dónde meterse. A mí me pasaría lo mismo. Muchas veces soy yo el que acaba con la autoestima por los suelos”.

32. Ana (18 años): “Tuve la mala idea de aceptar a mi padre como amigo en Facebook. Ahora cada dos por tres pone fotos o dice cosas ridículas que leen todos mis amigos. El problema es que si le bloqueo se va a cabrear mucho”.

33. Gorka (16 años): “Mi padre tenía Instagram y Twitter y cada vez que subía algo respondía y corregía mis faltas de ortografía. Y, claro, no le quería bloquear porque es mi padre. Al final entre toda la familia le denunciamos y le han cerrado la cuenta. Por pesado…”.

http://elpais.com/elpais/2015/10/28/icon/1446031051_707770.html

El Ministerio de Sanidad, que dirige Ana Mato, ya tiene ultimado el embrión de su ley del alcohol, la primera norma que establecerá una prohibición absoluta al consumo y venta de bebidas alcohólicas a menores de edad en todo el Estado, aunque haya consentimiento de padres o tutores. Es también la primera vez que una legislación se atreve a limitar el consumo en la vía pública de la población adulta y la publicidad.

Si sigue adelante y no se descafeína durante su discusión, se convertirá en una legislación pionera en Europa al integrar bajo un mismo paraguas legal toda la regulación de consumo, etiquetado y publicidad.

El borrador, al que ha tenido acceso a ABC, prevé multas ejemplarizantes de entre 300 y 600.000 euros para quien incite a beber, venda o promocione bebidas alcohólicas para niños y adolescentes. La sanción máxima se reserva para empresas (discotecas, supermercados, tiendas…) en los que se demuestre la presencia, venta y consumo por menores de forma reiterada y en la que los propietarios no faciliten la labor de inspección. Se prevén hasta 4.000 euros de multa para quien suministre alcohol a un chico que haya sufrido coma etílico durante una borrachera y haya puesto en riesgo su vida.

La fuerza sancionadora caerá en quien lo venda pero también se podría penalizar a los padres y tutores legales. Tal y como está redactado este primer documento, se podría multar a los progenitores que demuestren falta de diligencia en el cuidado de hijos menores y estos se emborrachen de forma reiterada con su conocimiento. Aunque, evidentemente, los padres tienen limitada su responsabilidad a hechos que puedan conocer con antelación.

Tutores y padres también deberán hacer frente a multas de 300 euros si la Policía sorprende bebiendo a un chico de menos de 18 años. Los menores están exentos de responsabilidad administrativa, de manera que serán sus padres quienes respondan en caso de sanción a sus hijos. La sanción podría cambiarse por trabajos en favor de la comunidad y ayuda a víctimas de tráfico por haber bebido.

El texto que estudia Sanidad restringe al máximo los anuncios para eliminar la imagen atractiva del alcohol y limita el consumo de adultos en espacios donde pueda haber presencia mayoritaria de niños. No se prohibirá beber en cafeterías, bares, restaurantes, haya o no menores alrededor, pero sí en parques, piscinas, centros escolares o recintos recreativos o deportivos.

A cien metros de estas zonas no podrá haber ninguna valla publicitaria que anuncie estos productos y los anuncios desaparecerán de las televisiones desde las seis de la mañana a las diez de la noche, la franja horaria en la que se presume que un niño puede estar viendo la tele.

Sin distinciones

La intención es no tratar con benevolencia ninguna bebida alcohólica. Por eso, no se favorece a las bebidas con menor graduación y más populares en España, como el vino, la cerveza o la sidra. En el texto se considera bebidas alcohólicas «a todas aquellas que contengan una graduación natural o adquirida, igual o superior al 1,2 por ciento de su volumen», sin distinguir entre las bebidas de mayor o menor graduación. Se tratará, por tanto, con la misma dureza en la ley a la ginebra y al whisky que a la cerveza.

Estas son algunas de las principales medidas contenidas en la nueva ley.

Rótulos de advertencia como en el tabaco

En todos los envases de bebidas alcohólicas deberá constar de forma impresa y en lugar preferente, con caracteres tipográficos visibles, esta leyenda: «Las autoridades sanitarias advierten que el consumo de bebidas alcohólicas por menores de edad puede provocar graves riesgos y daños a su salud y seguridad, y está prohibido». Esta misma leyenda también deberá verse en las paredes de los locales donde se venda alcohol. Asimismo, en los envases deberá verse la graduación alcohólica.

Máquinas automáticas siempre vigiladas

Con la entrada en vigor de la ley, ya no podrá haber máquinas automáticas que vendan cerveza, sangría o cualquier bebida con alcohol en el exterior de las tiendas y locales. Deberán estar siempre en lugares que permitan la vigilancia de su uso por parte de encargados para impedir el acceso a menores de edad. Tampoco se podrán colocar a las entradas y salidas de los espectáculos. En su defecto, «deberán incorporar mecanismos técnicos eficaces que impidan la posesión» de niños y adolescentes.

Adiós a las bebidas en los escaparates

La intención del Ministerio de Sanidad es evitar en lo posible que los menores perciban el alcohol como algo socialmente aceptado y presente en sus vidas. Por eso, se prohibirá que las tiendas y supermercados exhiban bebidas en sus escaparates. En el interior, no deberán colocarse en zonas preferentes de los locales, ni junto a productos de uso habitual por jóvenes como los artículos deportivos, el material escolar, música, telefonía móvil o ropa. Siempre habrá carteles visibles que anuncien la prohibición a menores.

No se podrá beber en parques ni colegios

La ley está enfocada para prevenir la ingesta en menores, pero también limita a los mayores de edad. Por primera vez, se restringe su consumo en espacios públicos, como ya se ha hecho con el tabaco y el cigarrillo electrónico. Se prohíbe en zonas donde haya mayoritariamente niños: en centros escolares (salvo la Universidad), centros de formación deportiva, en el interior de recintos deportivos y en el transporte público. En piscinas, hospitales y parques y jardines solo se podrá beber en lugares acotados (terrazas y cafeterías)

Los médicos, obligados a denunciar

Los médicos de centros públicso y privados que hayan prestado asistencia a menores por ingesta de alcohol «deberán comunicar con la mayor inmediatez posible el hecho indicado a los padres o representantes legales de los menores», reza el borrador de la ley. Si hay un grave riesgo para la salud de los menores asistidos se deberá hacer un informe escrito y comunicarlo al servicio de protección de menores de la comunidad autónoma, servicios sociales y también al ministerio fiscal.

Cierre de negocios por vender a menores

Las infracciones por vender alcohol a un menor o no comprobar con el DNI que tiene la edad necesaria para comprar puede ser leve, grave o muy grave y oscilar entre los 300 y los 600.000 euros, la sanción máxima. Para que se valore el cierre la infracción debe ser «grave» o «muy grave» y se valorará si la venta se produce con regularidad. Los adultos que compren en nombre de menores se enfrentan a sanciones de entre 300 y 90.000 euros, si la compra se ha hecho para una menor embarazada o la bebida está adulterada.

Otras leyes que nunca vieron la luz

Este es el primer intento serio de un Gobierno en España para frenar el alcohol entre los menores de edad. Antes que Mato, tres de sus predecesoras en el Ministerio de Sanidad quisieron poner en marcha medidas similares durante la etapa de Gobierno socialista. Las presiones de los sectores implicados lo impidieron entonces.
Los datos de consumo en España demuestran que no han funcionado las normativas autonómicas y municipales. Las últimas encuestas escolares revelan que, pese a las prohibiciones, la mayoría de los chicos considera «muy fácil» conseguirlo en supermercados (39%), bares (37%) o discotecas (30,7%). Año tras año, el consumo sigue creciendo. El alcohol empieza a probarse de manera ocasional a los 13 años y, una vez a la semana a partir de los 15 años.
El llamado «binge drinking» (beber en atracón hasta emborracharse) también sigue una tendencia ascendente: el año pasado más de la mitad de los jóvenes de 14 a 18 años reconoció haberse emborrachado alguna vez, mayoritariamente en fin de semana. Aunque la ingesta en días escolares alcanza ya el 30 %, lo que podría justificar también el índice tan alto de fracaso escolar.
El alcohol mata neuronas, afecta al rendimiento en los estudios, a su desarrollo psicológico y también les pone en riesgo en la carretera. Neurólogos y psiquiatras advierten que no existe una dosis de alcohol segura para los adolescentes. Al igual que las embarazadas, no deberían beber nunca hasta completar su desarrollado. El sistema nervioso no termina de madurar hasta los 21 años, la edad legal para beber en Estados Unidos.
http://www.abc.es/sociedad/20140610/abci-alcohol-201406092231.html

El binomio adolescentes-alcohol siempre causa inquietud a los padres, pero esta preocupación se vuelve angustiosa ante noticias de episodios que terminan en tragedia. Y la verdad es que los padres tienen motivos para alarmarse: el Plan Nacional sobre Drogas alerta de que en nuestro país la edad media de inicio en el consumo de alcohol es de 13,9 años, lo que significa que hay niños que comienzan a beber desde antes. Y los resultados de la Encuesta sobre Uso de Drogas en Estudiantes de Enseñanzas Secundarias 2014/2015 concluyen que el 76,8% de los chavales entre 14 y 18 años ha consumido alcohol en el último año, y el 68,2% en el último mes. Además, uno de cada tres escolares ha tomado alcohol en forma de atracón (binge drinking) en los últimos 30 días, una de las “modalidades” más peligrosas, pues el consumo masivo de bebidas alcohólicas en un periodo corto de tiempo resulta mucho más agresivo para el organismo que el mismo consumo realizado durante un intervalo de tiempo más prolongado.

“El consumo de alcohol en la adolescencia no es un problema de unos pocos, sino un problema social, y para prevenirlo los padres deben mantenerse muy alerta”, afirma el doctor Mariano de Iceta, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Infanta Sofía (San Sebastián de los Reyes, Madrid). ¿Cómo? “Primero, dando buen ejemplo a su hijo: si el alcohol está presente en la casa, que su consumo sea siempre moderado, nunca masivo. Segundo, prohibiendo su acceso a los menores, pues además de nocivo para la salud, es ilegal. Y tercero, aprendiendo a distinguir los signos de que un menor está consumiendo alcohol, pues detectar que algo pasa desde los primeros momentos en que empieza a ocurrir es el paso inicial para evitar que el problema se agrave y poder solucionarlo con más facilidad”, responden. Estas son algunas señales que pueden alertarle de que tiene un problema en casa:

Su comportamiento es errático cuando llega por la noche: Es habitual que después de salir con los amigos, el menor que ha bebido se escabulla rápidamente a su habitación. Los expertos recomiendan a los padres que, pese a todo, intenten cruzar dos palabras con él. Si el chico o la chica ha estado bebiendo, su aliento le delatará. Lo mismo que si su boca despide un intenso olor a chicle: o es un fanático de la goma de mascar a las tres de la mañana o seguramente estará tratando de camuflar los efluvios del alcohol. Lo que desde luego no hay que hacer es ponerse en el papel de detectives y empezar un interrogatorio intempestivo. “Esto provoca que el niño vea a sus padres como enemigos, y termina siendo contraproducente”, dice el psiquiatra.

Llega enrojecido y se mueve con torpeza: Aproveche el momento para buscar signos como enrojecimiento ocular o rubor facial también pueden evidenciar que su hijo le ha dado a la botella. Fíjese también en sus movimientos. El desequilibrio en la marcha y la torpeza motora revelarán que está mareado, lo mismo que una conducta desinhibida y cierta euforia. Al día siguiente puede mostrarse más apático, inapetente, enlentecido y desganado.

Tiene bruscos cambios de humor: David Ribera Jiménez, técnico en conductas adictivas del Centro Can Rosselló (Barcelona), alerta de alteraciones en el comportamiento cotidiano que pueden servirle de pista. “Los padres notarán empobrecimiento del vocabulario, disminución de la comunicación verbal y afectiva, irritabilidad, altibajos de humor, disminución o aumento del apetito, llanto frecuente, ansiedad, trastornos del sueño…”, señala.

“Los padres notarán empobrecimiento del vocabulario, disminución de la comunicación, altibajos de humor…” (David Ribera Jiménez, técnico en conductas adictivas)

Se ha vuelto taciturno y ha cambiado de amigos: “Un cambio súbito de amistades podría ser otra mala señal”, según Ribera Jiménez, sobre todo si va acompañado de cierto secretismo. Poco o nada saben los padres de con quiénes se está juntando su hijo, a dónde van, qué hacen… ¿Son de su misma edad o mayores?

Se le ve desmotivado: “El abandono de sus actividades habituales de ocio, la despreocupación por los estudios y la dejadez en sus responsabilidades” también nos estarán indicando, según Ribera Jiménez, que el niño puede estar bebiendo sin que usted lo sepa.

Usted descubre vacíos en su mueble-bar (y en su cartera): ¿Echa en falta la botella de ron de su armarito de bebidas? ¿De un tiempo a esta parte tiene la sensación de que los billetes desaparecen como por arte de magia de su cartera? “También es frecuente que le pidan con insistencia un aumento de la paga”, añade Ribera. Puede que la respuesta sea una sola palabra: botellón.

¿Y ahora qué hacemos?

Ante estos signos debemos dejar muy claro al adolescente que rechazamos su conducta de beber alcohol. Como señala MedlinePlus, la web de la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos, el consumo de alcohol en edades tan tempranas daña las células cerebrales, lo que hace que los chicos rindan menos en el colegio, adopten conductas conflictivas, se vuelvan más vulnerables al consumo de otras drogas y corran más riesgo de sufrir trastornos mentales a lo largo de su vida.

“No sirve de nada regañarle, gritarle ni enfadarse”, advierte David Ribera Jiménez. “Hay que dejar el diálogo para el día siguiente, pero eso sí, nunca obviarlo. Pasar por alto este comportamiento o intentar normalizarlo para evitar una bronca familiar es esconder la cabeza debajo del ala ante una situación que tiende a agravarse con el paso del tiempo”.

Resulta primordial encontrar un porqué, como aconseja el psiquiatra del Hospital Infanta Sofía: “Es fundamental que nos cuente en qué situación estaba cuando bebió, qué tomó y si lo ha hecho más veces. Saber si se siente presionado por su grupo es una circunstancia muy distinta a que el adolescente beba porque no se siente bien consigo mismo, por ejemplo. Conocidas sus razones podemos mostrarle otras soluciones más saludables para resolver sus conflictos e insistirle en los efectos negativos del alcohol y en su inutilidad para solventar problemas. Hecho esto, hay que acabar la conversación con el compromiso por parte del menor de que no va a volver a beber en salidas posteriores y confiar en él. Nuestra misión es acompañarle y apoyarle y, una vez habladas las cosas, dejarle decidir en ciertos ámbitos, puesto que no podemos seguir protegiéndole como cuando era un bebé ni perseguirle a escondidas cuando queda con sus iguales”.

Una respuesta madura para cada excusa

Desde el departamento de salud mental infanto-juvenil del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Infanta Sofía nos explican cómo rebatir las falsas expectativas que los jóvenes persiguen al beber alcohol:

“Me relaciono mejor”. No es verdad. En general, cuando beben no controlan lo que dicen, suelen mostrarse irritables y presentan conductas inadecuadas de las que al día siguiente se arrepienten (es posible que ni siquiera las recuerden). Además, las interacciones sociales no tienen continuidad y no son auténticas.

“Me divierto más”. ¿Cómo es posible, si acaban la noche vomitando y mareados? Contrariamente a la idea que tienen de que van a estar más eufóricos y enérgicos, terminan la “fiesta” en un desagradable estado de sopor, faltos de reflejos y con dificultades para darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor.

“Si no bebo, soy un pringao”. La mayoría de los adolescentes sucumben a la presión de su grupo, con tal de sentirse integrados en él. Hay que ponerles ejemplos de compañeros que son muy valorados en su entorno por otras cualidades que no tienen nada que ver con “beber y saber aguantar” o descontrolarse y terminar en la sala de Urgencias de un hospital, tales como ser deportista, actor, músico o voluntario en una ONG.

“Así ligo más”. ¡Imposible! El mal aliento, las dificultades de pronunciación y construcción de frases y la torpeza de movimientos no hacen a nadie más atractivo, sino al contrario. Además, las chicas están más expuestas a situaciones de abuso sexual cuando están intoxicadas.

http://elpais.com/elpais/2016/12/09/buenavida/1481285468_386982.html

Los menores de edad españoles, sobre todo los adolescentes y las chicas en general, incumplen de largo las recomendaciones de actividad física establecidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), según un informe elaborado por expertos de seis universidades españolas y dos centros de investigación. En la adolescencia, solo el 14% de las chicas alcanza los niveles mínimos solicitados por la OMS para los jóvenes mayores de 5 años: una hora diaria de actividades de intensidad moderada a vigorosa. En adolescentes varones, de 13 a 17 años, el porcentaje llega al 50%.

“Hay una diferencia impresionante entre chicos y chicas”, lamenta la médica del deporte Blanca Roman, coordinadora del Informe 2016 sobre Actividad Física en Niños y Adolescentes en España. En niños menores de 10 años, el suspenso es generalizado. Solo el 30% de los niños y el 12% de las niñas llevan a cabo al menos una hora de actividad física, incluyendo juegos en el recreo, desplazamientos a pie o en bicicleta y ejercicio en el tiempo libre. Entre los 11 y los 12 años, solo cumplen el 39% de los niños y el 24% de las niñas.

“Hay una diferencia impresionante entre chicos y chicas”, lamenta la médica del deporte Blanca Roman

El informe es el primero que se realiza con la metodología de referencia internacional establecida por la red Active Healthy Kids (Niños Activos y Saludables) de Canadá. El documento analiza nueve indicadores de actividad física y sedentarismo y otorga una puntuación de la A a la F según el grado de cumplimiento. En actividad física global, España saca un D-, lo que significa que menos del 40% de los niños y adolescentes cumple las recomendaciones y además se detectan diferencias entre chicos y chicas.

Inglaterra y EE UU también obtienen un D-. México y Brasil se llevan una C (alrededor de la mitad de los niños y adolescentes cumplen). Y Eslovenia es el único país con una A: más del 81% de los chavales satisfacen las recomendaciones de la OMS. La comparativa global se publica en la revista especializada Journal of Physical Activity and Health.

El informe español, producido por la Fundación para la Investigación Nutricional, también llama la atención sobre el comportamiento sedentario, otro de los indicadores investigados. Para los adolescentes, la OMS fija un máximo de dos horas diarias dedicadas a actividades como jugar a videoconsolas, ver la televisión o sumergirse en el teléfono móvil o el ordenador. Solo el 17% de los chicos y el 26% de las chicas se quedan por debajo de ese límite saludable.

Roman, profesora de la Universidad Ramon Llull, en Barcelona, recuerda la imagen tópica de los recreos escolares, con los chicos jugando al fútbol y las chicas sentadas hablando. “A las adolescentes no les damos lo que les gusta. No hay que ofrecerles solo deportes de competición, como fútbol y baloncesto, sino que también deberían poder realizar actividades no competitivas, como el baile o los juegos clásicos de toda la vida”, propone Roman.

El nuevo informe es una recopilación de otros estudios realizados entre 2006 y 2015, nacionales y europeos, como los bautizados IDEFICS, HELENA y EYHS. Roman y el resto de autores hacen un llamamiento a las autoridades para que pongan en marcha de manera “urgente” programas de promoción de la actividad física entre los menores de edad. Los niños obesos tienen más probabilidades de sufrir en la edad adulta problemas de corazón, diabetes y cáncer de mama o colon, según la OMS.

http://elpais.com/elpais/2016/12/20/ciencia/1482262626_601000.html

  • Este comportamiento puede alterar ciertos genes, según un estudio.
  • Se considera alcohol en exceso o en atracón si un hombre consume cinco o más bebidas durante dos horas o si una mujer toma cuatro o más.
  • Casi el 35% de los españoles de 15 a 29 años ha bebido en atracón en el último mes, según la encuesta 2015 del Plan Nacional de Drogas.

Consumir bebidas alcohólicas en exceso durante la adolescencia puede afectar las funciones cerebrales de las futuras generaciones y provocarles depresión, ansiedad y desórdenes metabólicos, entre otras consecuencias, según un nuevo estudio conocido este lunes.

La investigación, presentada en la reunión anual de la Sociedad de Neurociencias de Estados Unidos, sostiene que el consumo en exceso de alcohol en los adolescentes puede alterar el comportamiento de ciertos genes en su eventual descendencia.

Para llevar a cabo esta investigación, los expertos de la Universidad de Loyola, de Chicago, estudiaron el comportamiento de un grupo de ratas, pues aunque el modelo animal no se traduce directamente al humano, hay similitudes importantes entre ambos.

Los científicos expusieron a un grupo de ratas adolescentes a una cantidad de alcohol comparable a seis episodios de consumo excesivo y, una vez sobrias, estas se aparearon.

Estudio con ratas

Las hembras también permanecieron sobrias mientras estaban preñadas, para que no se pudiera atribuir el resultado al síndrome del alcoholismo fetal, como se conoce al daño que un niño puede tener si su madre bebió alcohol durante el embarazo.

Finalmente, los científicos compararon los resultados encontrados en las crías de esas ratas con los hallados en la descendencia de otras que no habían estado expuestas al alcohol.

Los investigadores analizaron el hipotálamo de las crías, una región del cerebro que se ocupa de diversas funciones, como la reproducción, la ingesta de alimentos y las respuestas emocionales.

Allí descubrieron diversos cambios moleculares en el ADN que pueden invertir el comportamiento de los interruptores genéticos, los encargados de activar o desactivar los genes en un organismo.

Hallaron 159 cambios en las crías cuyas madres fueron expuestas al alcohol, 93 modificaciones en aquellas cuyos padres habían pasado por ese proceso y 244 en los casos en los que ambos habían consumido alcohol en exceso.

Los cambios habían trastocado los interruptores: si normalmente los genes se encuentran activados, los científicos los hallaron desactivados, y viceversa.

Causa de muerte entre adolescentes

Según la Organización Mundial de la Salud, el consumo nocivo de alcohol es una de las principales causas de traumatismos, violencia y muertes prematuras en los jóvenes.

Para los investigadores que realizaron el estudio, esta investigación es la primera en mostrar el camino molecular por el que el consumo excesivo durante la adolescencia, ya sea de la madre o del padre, puede causar también cambios en la salud neurológica de las siguientes generaciones.

Se considera alcohol en exceso si un hombre consume cinco o más bebidas durante un lapso de dos horas o si una mujer toma cuatro o más.

En Estados Unidos, casi el 90 por ciento del consumo de alcohol en los menores de 21 años se produce de esa forma.

http://www.20minutos.es/noticia/2888227/0/alcohol-adolescencia-futuras-generaciones/

Como muchas otras personas, nunca sale del trabajo antes de las siete, y cuando llega a casa lo que más le gustaría es abrirse una cerveza y leer un libro. Sin embargo, en no pocas ocasiones lo que le espera en su supuesto oasis de tranquilidad es una obligación más: hacer deberes para el colegio de sus hijos. Matiz importante: no ayudar a sus hijos a hacer los deberes, sino acometer él mismo tareas en principio encomendadas a sus pequeños pero que, a todas luces, necesitan de la mano de un adulto para llevarse a cabo.

“A mi hija de tres años le encargaron hacer un escudo de la familia, cuando ella no pasa de hacer garabatos. Si no es eso, es hacer un disfraz con telas recicladas, un pequeño cuestionario en casa o una maqueta del barrio. Y mis aptitudes artísticas son nulas”, se lamenta. “Eso, cuando no recibes la invitación de acudir al colegio a dar una charla a la clase de tu hijo explicando en qué consiste tu profesión, lo que implica pedir una mañana libre y quitarle tiempo, precisamente, a tu trabajo”. Miguel, como otros muchos adultos, no entiende por qué tiene que hacer deberes para el colegio. Y sin embargo los hacen: no quieren que sus hijos pasen la vergüenza al día siguiente de ser los únicos que aparecen en clase sin el escudo, el cuestionario o la maqueta.

Esta doble jornada (laboral y seudoescolar) torpedea el equilibro psicológico de muchos padres. “Cuando nos vemos obligados a mantener una conducta o una suma de ellas que hace que se tambalee nuestro bienestar físico, psíquico y social, las probabilidades de que nos afecte a la salud aumentan”, advierte la psicóloga y psicoterapeuta Marta Isasi, cofundadora de Gordon Training España. Lo cierto es que no son casos aislados y ya se puede decir que existe una amplia mayoría de los padres que hacen tareas escolares, lo que significa, en última instancia, que los profesores no están evaluando a sus alumnos, sino a sus progenitores. “Dependiendo del carácter de cada persona se podrían dar situaciones de rivalidad o competitividad entre los padres, del mismo modo que siempre se ha producido entre estudiantes”, reflexiona Isasi.

Esta situación que roza el sinsentido es descrita por la psicóloga como “un conflicto de necesidades entre las familias y los profesores”. Así detalla la experta la realidad actual y sus consecuencias: “Las familias se sienten obligadas a hacer cosas que no aceptan y eso conlleva impotencia, resentimiento, frustración, rechazo e incluso es posible que se generen sentimientos de venganza y rebelión. Además, muchos padres se sienten presionados y otros tantos no pueden evitar la aparición del sentimiento culpa cuando no hacen las tareas”. Una retahíla de síntomas que dibujan un claro cuadro de estrés emocional al que la misma experta añade “el cansancio físico por un sobreesfuerzo”.

Tampoco la otra parte del conflicto, los maestros, está exenta de sufrir las consecuencias de esta situación. “Nadie queda satisfecho, ya que los docentes, al imponer una solución que no es aceptada, también pueden sentir culpa y rechazo”, apunta Isasi. Los padres temen que su mayor o menor implicación pueda influir en la percepción que el profesorado tiene de su hijo.

Hogar ¿dulce hogar?

Tal y como están las cosas, muchos padres empiezan a plantearse si no sería bueno añadir en su curriculum vitae un par de líneas más haciendo referencia a sus habilidades con las tijeras y el papel pinocho o a su recién descubierta creatividad con los disfraces. ¿Acaso el tiempo libre que las familias pasan en sus hogares no debería destinarse a disfrutar en familia y desconectar del trabajo y la escuela? “Entre las horas que están los niños en el colegio, las que pasan en la academia después, el trabajo de los padres y los quehaceres domésticos, la convivencia en casa ha quedado reducida a la mínima expresión”, valora Francisco Mora, presidente de la Asociación de CODAPA (Confederación Andaluza de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado por la Educación Pública), Las agendas de los niños y las de sus progenitores cada vez se parecen más, y no porque las dos estén llenas de la mañana a la noche, sino porque en muchas de ellas llega una hora en la que se podrían intercambiar sin problemas.

Que los padres inculquen el sentido del deber de los hijos es bueno. Como dice Rafael M. Hernández, doctor en Ciencias de la Educación, coordinador de comunicación de Kumon y profesor del área didáctica y organización escolar de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, “los deberes tienen una función educadora fundamental en el ámbito de las actitudes”. Y añade: “Aunque ahora te apetezca jugar a la Play, lo que toca es coger la tablet y agrupar los alimentos ricos en hidratos de carbono, que es la actividad que te ha puesto el profesor para hacer en casa”.

Pero una cosa es eso, y otra que los padres se vean inundados con tareas que a menudo no saben ni hacer. “Los padres deben limitarse a dar apoyo al niño para aclararle alguna duda básica. Pero no se trata de explicarle ni de hacerle los ejercicios”, apostilla. “Aprender es algo muy personal y nadie lo puede hacer por ti”.

A la vejez, viruelas

Pero, ¿qué pasa cuando los deberes exceden los conocimientos de los niños (y a veces de los padres)? El presidente de CODAPA y padre de dos hijos Francisco Mora, admite que “ni yo, ni muchos padres, tenemos la capacidad para enseñar materias como por ejemplo, matemáticas”. Cuando esto ocurre, suelen desencadenarse una serie de situaciones que pueden acabar en un grave conflicto familiar. Al menos así lo percibe Mora: “Con frecuencia, los hijos nos ponen en situaciones bastante comprometidas, ya que hay muchos conceptos y conocimientos que nos quedan muy lejos. Además, no somos docentes. Es decir, que aunque conozcamos el tema o la respuesta a sus dudas, no sabemos cómo enseñárselo de la manera más adecuada”.

En los mismos términos se expresa Beatriz, profesional de la sanidad y madre de una adolescente de quince años, quien reconoce que hace tiempo que no puede resolver muchas dudas académicas de su hija María. “Más bien le pregunto yo. Eso sí, siempre le animo a que jamás se quede sin entender algo, que pregunte mil veces si hace falta y que su duda se convierta en un debate”, afirma. Una cosa parece clara: el tiempo, las habilidades y la disponibilidad de los padres no deberían influir en el expediente académico de los pequeños.

http://elpais.com/elpais/2016/11/29/buenavida/1480437776_226544.html