Los alumnos de secundaria que aprenden Música se desempeñan mejor en otras asignaturas como Matemáticas, Ciencia y Lengua que sus compañeros sin estudios musicales, según un análisis que publica este lunes la revista Journal of Educational Psychology.

“En los sistemas de educación pública de América del Norte, los cursos de artes, incluidos los de música, comúnmente reciben menos recursos que aquellos considerados como ‘académicos’, incluidas las Matemáticas, la Ciencia y el Inglés”, señaló uno de los autores del estudio, Peter Gouzouasis, de la Universidad de Columbia Británica, en Canadá.

Para el análisis se tuvieron en cuenta cursos como jazz vocal, piano de conservatorio o orquesta, entre otros

Para esta investigación, los expertos usaron los registros académicos de 112.916 alumnos que comenzaron el primer grado entre 2000 y 2003; completaron los tres últimos años del secundaria e hicieron el examen estándar de Matemáticas, Ciencia e Inglés (en el décimo o el duodécimo grado). De esos alumnos, sólo el 13% había participado por lo menos en un curso de música entre los grados décimo y duodécimo.

Además, para el análisis se tuvieron en cuenta cursos como banda de concierto, piano de conservatorio, orquesta, banda de jazz, coro de concierto y jazz vocal. Los autores del estudio no consideraron cursos de música general o de guitarra porque no requerían de una experiencia musical previa, y en el caso del primero, no exigían crear música o practicarla.

No consideraron cursos de música general o de guitarra porque no requerían de una experiencia musical previa

“Los estudiantes que participaron en Música, que obtuvieron un mayor desempeño en Música y estuvieron muy implicados en Música tuvieron mejores notas en los exámenes de todas las asignaturas, mientras que estas asociaciones fueron más pronunciadas para aquellos que tomaron Música instrumental más que vocal”, dijo Gouzouasis.

El investigador subrayó que “de media los menores que aprendieron a tocar un instrumento musical durante muchos años y ahora tocan en una banda y orquesta del instituto de secundaria tienen el equivalente a un año de adelanto respecto a sus compañeros en capacidades de Inglés, Matemáticas y Ciencia”.

“Los estudiantes que participaron en Música, tuvieron mejores notas en los exámenes de todas las asignaturas”

Peter Gouzouasis, uno de los autores del estudio

Un dato que sorprendió a los académicos fue la consistencia de la relación entre la música y esas tres asignaturas, que se mantuvo en alumnos de diferente sexo, etnia y antecedentes socioeconómicos, entre otros.

“Aprender a tocar un instrumento musical y tocar en un grupo es muy exigente. Un estudiante que tiene que aprender a leer las notas musicales desarrolla la coordinación ojo-mano, capacidades de escucha y de equipo para tocar en un grupo y desarrolla disciplina para practicar”, destacó Gouzouasis. “Todas estas experiencias de aprendizaje desempeñan un papel en promover las capacidades cognitivas de los menores y su autoeficacia”, indicó el experto.

https://www.lavanguardia.com/vida/20190625/463106770636/estudiantes-musica-analisis-expertos.html?utm_source=facebook&utm_medium=social&utm_content=vida&fbclid=IwAR0VNO2dPYbsNyRqcXp-VG140uvIALguIsNXXe5x3QjcUph3xubhEAZ3sRo

Dice Julio Rodríguez, doctor en Medicina molecular, psicólogo y autor de Lo que dice la ciencia sobre crianza y educación (Plataforma editorial), que a ser padres se desaprende porque la sociedad nos obliga a ir muchas veces en contra del sentido común. No ayudan las expectativas sesgadas de lo que se supone que es “ser padres”, ni la falta de políticas familiares que faciliten una crianza más saludable de los hijos. Todo suma para que legiones de padres y madres se sientan –nos sintamos– culpables e impotentes por no poder llegar a todo. A todos. “El sufrimiento frente a todo lo que no podemos hacer por nuestros hijos en una sociedad incapacitada para responder a las necesidades humanas, puede convertirse en culpa y autocastigo”, escribía Adrienne Riche en ‘Nacemos de mujer’. Quizás la revolución, entonces, deba empezar en cada casa, levantando trincheras de sentido común.

MÁS INFORMACIÓN

PREGUNTA: Dices al principio del libro que no han sido tus titulaciones sino tu experiencia como padre la que te ha llevado a escribirlo. ¿Se pueden abordar cuestiones como la educación y la crianza de los hijos sin el “plus” de la experiencia?

RESPUESTA: Se puede, pero ser padre te da el plus de la experiencia, te da el sentido de realidad. Como científico he aprendido que teorizar está muy bien, pero que si no haces la parte experimental todo se queda en hipótesis. No puedes tener ningún resultado ni conclusión sin haber hecho los experimentos. Por eso en el libro me baso en los últimos datos científicos en materia de educación –tanto desde una perspectiva psicológica de aprendizaje y bienestar psicológico, como biológica–, pero también teniendo en mente el “trabajo de campo” de padre; sabiendo que lo óptimo está muy bien, pero hacerlo las 24 horas de los 365 días del año, habiendo dormido 5 horas, trabajado 8, dado biberones, ordenado los juguetes, bañado, contado cuentos, cantado nanas, aguantado berrinches, preparado cenas, comidas y desayunos, y vuelta a empezar en una espiral sin final, es muy difícil. Aún así es necesario saber qué es lo correcto para intentar aproximarse a ello lo que se pueda.

P: Sobre lo correcto tenemos la presión de los “opinadores”.

R: Precisamente lo que me ha llevado a escribir el libro es haberme enfrentado a las dudas que te surgen en el día a día como padre sin haber encontrado información suficiente para afrontarlas. Lo que sí me encontré fue la paradoja de que mientras “tú no sabes nada”, tu entorno “lo sabe todo” y no para de decirte cómo lo debes hacer como si ellos (sobre todo aquellos que no tienen niños) dispusiesen del manual mágico de la crianza y a ti te hubiese sido vetado su acceso.

P: ¿A ser padres también se aprende?

R: Y se desaprende. Muchas cosas de las que digo en el libro son de sentido común, pero la sociedad nos ha obligado a hacerlo de manera incorrecta porque la sociedad es adultocéntrica, despiadadamente capitalista y no tiene en cuenta el bienestar y el correcto desarrollo de los pequeños. Por ejemplo, en la naturaleza a nadie se le ocurriría decir que la lactancia no es lo correcto, pero en nuestra sociedad se dice o se recomienda acortarla porque es “incómodo”. O a nadie se le ocurriría dejar al niño durmiendo solo y llorando hasta que se calle “para que se acostumbre”, pero en nuestra sociedad se hace, y se le echa la culpa al niño por no dejarnos dormir. La realidad es que los niños tienen su propio patrón de sueño y lo que no nos deja dormir es la alarma del despertador a las 7 de la mañana para ir a trabajar.

Debería existir una escuela para padres porque es la labor más importante de la vida. Contribuimos a la creación de un ser humano por lo que nuestra obligación –y su derecho– es proporcionarle la mejor de las vidas posibles desde el punto de vista psicológico. La sociedad del futuro estará regida por los niños del presente por lo que el futuro es nuestra responsabilidad.

P: “El haber tenido niños es una de las principales causas de divorcio en el mundo occidental”. Dejas claro que la paternidad no siempre es emocionante, maravillosa o divertida, sino que también tiene una cara B. ¿Somos conscientes de hasta qué punto la paternidad y la maternidad hacen saltar nuestra vida anterior por los aires?

R: Es que ser padres no es una aventura, es una responsabilidad compleja. Esto nadie nos lo dice porque todo tiene que ser perfecto y maravilloso en “la sociedad Instagram”, la que niega la parte real de la paternidad/maternidad porque no encaja en los “cánones de belleza”. Como consecuencia hay madres y padres frustrados y estresados porque piensan que son los únicos que están sobrepasados, que son los únicos que –en ocasiones– se hartan de la crianza. Y luego, claro, se sienten culpables y se vienen abajo. Lo que hay que decir es que eso es lo normal, que tener hijos es lo más maravilloso del mundo, pero también es muy duro y requiere mucho trabajo y sacrificio. Te cambia la vida por completo, tu tiempo y tus energías y tu espacio físico y vital se desvanecen, y aparecen nuevos y mayores miedos. Nuestros hijos no tienen la culpa de nada, son inocentes, somos nosotros quienes debemos adaptarnos a ellos.

P: Decía Adrienne Riche en ‘Nacemos de mujer’ que “El sufrimiento frente a todo lo que no podemos hacer por nuestros hijos en una sociedad incapacitada para responder a las necesidades humanas, puede convertirse en culpa y autocastigo”. ¿Se puede criar y educar sanamente en una sociedad como la nuestra?

R: Es muy difícil en una sociedad de mercado que está obsesionada con explotar a los seres humanos para producir y consumir frenéticamente. No queda tiempo ni fuerzas para cuidar y educar a los niños porque los padres tenemos que trabajar, y casi no vemos a nuestros hijos. Además, como el esfuerzo de criar es descomunal, nuestro rendimiento laboral se deteriora y al final ni una cosa ni la otra. Y que conste que no estoy hablando de destruir la sociedad capitalista sino de construir políticas que apoyen una conciliación real y poder criar a seres humanos adecuadamente y no a robots separados de sus padres.

Existen datos que demuestran que un 35% de las mujeres mayores de 35 años que no tiene hijos, los querría tener. Esto es un drama social: la misma sociedad que nos pone un tremendo obstáculo para poder tener hijos –y criarlos adecuadamente–, nos pide aumentar los índices de natalidad para poder mantener la sociedad del bienestar.

Todo esto deriva en culpa y autocastigo para los padres y para quienes desean serlo y no pueden. A nivel psicológico se traduce en estrés, ansiedad y depresión; lo que lleva a un consumo desmesurado de psicofármacos, drogas y alcohol, además de otros problemas psiquiátricos. En definitiva, estamos ante un problema de dimensiones descomunales, que se ramifica y afecta a todos los estratos sociales y a todas las generaciones de la sociedad. Un tema que debería ser central en las agendas de los partidos políticos, porque los niños son la base de la sociedad del futuro, y la educación que reciban se reflejará en la sociedad que crearán. Es algo tan obvio que me resulta difícil que no se entienda.

P: ¿Hasta qué punto las expectativas influyen en cómo asumimos la responsabilidad del cuidado de los hijos?

R: Las expectativas sesgadas que vierte el imaginario popular a la sociedad influyen en la satisfacción real de la maternidad/paternidad. Si llegas a ella con las expectativas que te cuentan las películas de Disney, te vas a frustrar, agobiar, deprimir y sentir culpable. Si ya conoces la realidad, todo irá mucho mejor. La vida perfecta no existe, solo existe la vida real.

P: Mencionas en el libro que el castigo, la agresividad e imponer las cosas a la fuerza no solo crean sentimientos negativos sino también el rechazo en el niño y barreras defensivas hacia lo que se pretende enseñar. ¿Qué aprende un niño con un estilo educativo impositivo?

R: Nada. Lo que se produce es miedo, evitación, rechazo hacia lo que nos causa daño; que el más fuerte manda, que la autoridad impone por la violencia. Y todo esto es casi un acto reflejo, no un verdadero aprendizaje, ya que las estructuras cerebrales racionales no toman parte en el asunto.

P: Dado que los niños aprenden principalmente por imitación, supongo que también es importante que haya coherencia entre lo que les pedimos que hagan y lo que nosotros mismos hacemos. ¿Nos cuesta ser coherentes en este sentido?

R: Nos cuesta mucho, pero si queremos que nuestros hijos hagan algo, la mejor manera y la más efectiva es hacerlo nosotros mismos. Esto es lo maravilloso de la educación, que es bidireccional: para educar a nuestros hijos tenemos que educarnos nosotros. Si queremos fomentar la lectura, por ejemplo, no vale que se lo digamos y luego estemos todo el día con el móvil, lo que tenemos que hacer es leer.

P: Otra cuestión compleja es la de la libertad: libertad para decidir, libertad para expresar y libertad para explorar. ¿Qué aporta apoyarles en sus decisiones y cuál debe ser el límite de esa libertad?

R: La libertad es un concepto central en la construcción de personalidad. Sin libertad el individuo nunca puede evolucionar. Según lo que se desprende de los últimos y mejores estudios en materia de educación y crianza es que, al final, todos confluyen en el concepto de libertad. Y todo eso lo tiene en cuenta el método cognitivo-emocional: al enseñar y fomentar la expresión de sus emociones y sentimientos, el niño está siendo libre, y más libre que se sentirá cuando descubra que los podrá expresar artísticamente; al explicarles la realidad, enseñarlos a razonar y hacerlos partícipes, les estamos aportando el conocimiento y las herramientas cognitivas necesarias para ser independientes y libres a la hora de afrontar la que será su vida. Claro que alguna vez se equivocarán, pero eso es parte del proceso vital.

https://elpais.com/elpais/2019/06/19/mamas_papas/1560949950_052658.html?id_externo_rsoc=FB_CM&fbclid=IwAR3lbQd7QYUJcAq99ERp8l3zo-UqKHX13Qa3eHUHnaL2Mz8vQlPMEAsPXGc

La curiosidad explica la búsqueda de información nociva por parte de los menores. Pero, los datos que están revelando las investigaciones alertan sobre la necesidad de poner cotos ante el riesgo serio que supone para la salud y la vida de los más desprotegidos, los menores. Así lo pone de manifiesto el estudio “Actividades, mediación, oportunidades y riesgos online de los menores en la era de la convergencia mediática”, elaborado por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), que advierte del incremento del porcentaje de adolescentes que consultan páginas peligrosas en los últimos ocho años, especialmente las chicas. Según este trabajo, el 45% de las menores de entre 14 y 17 años visitan webs que enseñan a autolesionarse, un 38% otras que fomentan la anorexia y la bulimia y el 59%, páginas con mensajes de odio hacia el diferente.

Este trabajo forma parte del la iniciativa europea para el estudio de los menores y la tecnología (EU Kids Online), ha contado con el apoyo institucional de INCIBE (Instituto Nacional de Ciberseguridad), dependiente del Ministerio de Economía y Empresa. El informe se basa en la respuesta de 2.900 menores: el 47% de entre 13 y 17 años y el 53% restante, entre 9 y 12 años.

Uno de cada tres menores ha sido víctima de acoso y uno de cada cinco ha sido acosador

La investigación constata que los niños y adolescentes de entre 9 y 17 años dedican la mayor parte del consumo online a comunicarse con sus familias y amistades (70%), seguido del consumo de ocio (escuchar música, 63% o ver videoclips, 55%) y, a cierta distancia, la práctica de juegos online (46%) y realizar tareas escolares (43%).

Más allá del uso que realizan del smartphone, se destaca los comportamientos de riesgo que realizan. “En los aspectos más preocupantes, cabe destacar que uno de cada tres menores ha sido víctima de bullying, que uno de cada cinco menores ha ejercido esta práctica en alguna de sus modalidades y que afecta más a las niñas que a los niños”, indicó Maialen Garmendia, investigadora principal del grupo EU Kids Online de la UPV.

El visionado de imágenes sexuales y el sexting (envío de mensajes sexuales, eróticos o pornográficos) son otras de las prácticas que se están implantando en estos colectivos. Así, el 42% de chicas y chicos de entre 11 y 17 años han visto imágenes de carácter sexual y tres de cada diez menores han recibido mensajes de contenido sexual o sexting. Una frecuencia que es mayor según aumenta la edad de los menores analizados.

Un tercio de los niños de entre 11 y 12 años contacta con desconocidos; la mitad, en el caso de los preadolescentes de 12 y 13 años

La práctica de contactar online con desconocidos está significativamente extendida entre los menores de 9 a 17 años, algo que se incrementa en la medida que aumenta la edad del grupo. Así, entre 11 y 12 años: uno de cada tres lo practica; de 12 a 13 años: son más de la mitad (53%) y 2 de cada tres jóvenes de entre 15 a 17 años lleva a cabo estos contactos. Es de destacar que el 83% se mostró satisfecha con estos encuentros.

Los menores combinan diversas estrategias para afrontar las experiencias negativas: los amigos son la principal fuente de apoyo (70%) y también es importante la mediación de las madres y de los padres (46%). En ocasiones intentan que la persona que les molesta les deje en paz (57%), la bloquean (56%), cambian su configuración de privacidad (24%) y, en menor medida, denuncian el problema (16%).

El INCIBE, con el objetivo de fomentar un uso seguro y responsable de Internet y las tecnologías, y como servicio público, pone a disposición de ciudadanos, empresas y padres, menores y educadores, la Línea de Ayuda en Ciberseguridad, gratuita y confidencial. A través del 900 116 117, un grupo de expertos en ciberseguridad atienden de lunes a domingo las consultas y preocupaciones de los usuarios.

https://www.lavanguardia.com/vida/20190618/462955657982/internet-menores-autolesion-anorexia-suicidio-online.html?utm_source=facebook&utm_medium=social&utm_content=vida&fbclid=IwAR1rEuKczTPgLSWTynLYqA178ZTTEKlzdKohcvrVFtGT26hMN2DyPQSdgPQ

Probablemente te has dado cuenta de que muchos niños hablan solos mientras están jugando. A veces incluso decimos que están hablando con su amigo invisible, pues parece que mantengan una conversación muy interesante con alguien que sólo ellos pueden ver.

Esto es algo muy beneficioso para su desarrollo intelectual, ya que en esta situación de juego estará practicando maneras de comunicarse de forma efectiva con los demás.

¿Quieres saber cuáles son los beneficios de que los niños hablen solos mientras juegan?

10 beneficios de que los niños hablen solos mientras juegan

No te preocupes si tu hijo habla solo mientras juega, ya que esto puede tener muchas ventajas para su maduración en el futuro.

1- Practica diferentes maneras de comunicarse. Especialmente cuando utiliza diferentes personajes que interactúan entre ellos.

2- Empatiza con estos diferentes personajes y se pone en otros puntos de vista para entender mejor cómo la misma situación afecta de diferentes maneras.

3- Usa diferentes roles, entendiendo que tendrá que actuar con más o menos firmeza si representa, por ejemplo, ser un profesor o ser un alumno.

4- Se autocorrige, ya que no hay nadie que le diga si lo dice bien o mal. Además necesita hacerse entender para que los demás personajes con los que interacciona puedan participar también (de no ser así, no tendría ningún sentido continuar hablando en voz alta).

5- Organiza y estructura mejor las frases, ya que no hay prisa en dar una respuesta y se concede el tiempo que necesita para elaborar el discurso.

6- Utiliza el turno de palabra. La imposibilidad de que los personajes se interrumpan mientras hablan crea la necesidad de que el niño establezca unos tiempos marcados para que cada uno de los hablantes pueda expresarse y ser escuchado.  

7- Es más flexible y encuentra fácilmente soluciones para que sus personajes favoritos se pongan de acuerdo.

8- Estimula su creatividad a través de la invención de diversos conflictos y soluciones, necesarios para que el juego tenga sentido y se alargue tanto como desee.

9- Se escucha a sí mismo, siendo más consciente de lo que está diciendo. Este punto es básico para comprendernos y deberíamos hacerlo todos, niños y adultos, así que cuanto más practique, más facilidades tendrá para defender sus ideas en un futuro.

10- Aprende más vocabulario, ya que cuando prueba nuevas fórmulas de comunicación surgen maneras distintas de decir lo mismo pero desde diferentes perspectivas. Y en el momento en que no sepa cómo explicar algo, le aparecerá una duda que deberá resolver, con lo que estará muy atento, después del juego, a lo que se diga a su alrededor para encontrar la solución, memorizando más fácilmente las palabras nuevas que utilizará otro día cuando se encuentre jugando nuevamente con sus personajes favoritos.

Como ves, hay muchos beneficios en que los niños hablen en voz alta mientras juegan. Por eso, si le encuentras hablando a solas te recomiendo que evites interrumpirle en la medida de lo posible y que respetes su espacio para que se pueda expresar libremente.

https://www.guiainfantil.com/articulos/educacion/aprendizaje/los-beneficios-de-que-los-ninos-hablen-solos-mientras-juegan/

Ningún alimento es milagroso. Y tampoco funciona por sí solo. Pero sí está comprobado que algunos pueden ayudar a nutrir (y a estimular) las áreas del cerebro relacionadas con el aprendizaje, la memoria y la concentración. ¿Cuáles no deben faltar en tu mesa?

Ya de lleno en el curso escolar, con la cabeza lista y dispuesta para absorber todo lo que venga, ahora toca ejercitar las neuronas infantiles, esas que nunca han dejado de funcionar, pero que durante dos meses y medio han estado “ocupadas” en otros asuntos más… estivales.

El órgano que capta nuestra atención ahora es el más maravilloso del cuerpo: el cerebro. Por fuera, es el más grande del sistema nervioso central y constituye el centro de operaciones de todo el organismo, la torre de control. Pesa casi el 2% de la masa corporal total y tiene forma de nuez. Por dentro, es una auténtica maraña de cables eléctricos, que se conectan entre sí (las neuronas). En concreto, cien mil millones de células nerviosas y mil billones de conexiones neuronales (llamadas sinapsis). No está mal. Por último, el cerebro es el más misterioso anfitrión en el que se alojan el aprendizaje, la memoria, la concentración, el lenguaje, el estado de ánimo… Ilimitada es, pues, su complejidad.

¿Influye realmente la comida en la capacidad cognitiva?

Si el cerebro pide bollos, solo de vez en cuando

Además de las grasas saturadas y ‘trans’, el alcohol y lo alimentos y gaseosas azucaradas “se debe huir de los alimentos ultraprocesados, ya que en niños (y adultos) pueden crear adicción”, recomienda el Dr. Cangas. “Un estudio de las universidades de Las Palmas de Gran Canaria y de Granada –continúa- demuestra que en quienes la bollería industrial y la comida rápida ocupan una fracción mayoritaria de su ingesta total, tienen más riesgo de padecer depresión. Además, las comidas ricas en azúcares simples y grasas favorecen la liberación de endorfinas, lo que provoca una sensación de bienestar que, a su vez, demanda más comida de ese tipo (para mantener esa sensación). También pueden desencadenar la liberación de dopamina, influyente en el comportamiento alimentario. Hay que tener en cuenta también que ante la sensación de hambre es más probable que el cerebro demande la ingesta de alimentos densos energéticamente (ricos en azúcares y grasas) para saciarse antes. La bollería no está prohibida, pero nunca debe ser de consumo diario, sino que ocasional”.

Por supuesto que sí, incluso desde antes de nacer. “La forma en que la madre se alimenta durante el embarazo repercute en la salud del bebé durante toda su vida”, nos cuenta el Dr. Ramón Cangas, miembro del Comité Asesor del Consejo General Dietistas-Nutricionistas (CGDN). “Un estudio, coordinado por la Universidad de Granada –continúa el experto-, concluyó que una correcta alimentación de la embarazada favorece un desarrollo psicomotor y cognitivo óptimo del bebé”. Esta fantástica ‘máquina’ empieza a formarse ya en las primeras semanas de embarazo, experimenta su mayor crecimiento cerca del tercer año y a los 6, ya está al 90% de su tamaño definitivo. Pero ahí no se acaba la historia. Contrario a lo que se pensaba antes, el cerebro se regenera constantemente, se van muriendo algunas neuronas y reproduciendo otras.

Neuronas: ¡a la mesa!

Esta constante actividad del cerebro, supone el 20% del gasto energético del organismo del niño, que hay que compensar con mimo, estímulo, ejercicio, pero, sobre todo, con una alimentación que cubra sus exigentes requerimientos. Ahora, que empieza la época de estudio, conviene elegir alimentos especialmente ricos en nutrientes que participen en procesos tan importantes como el aprendizaje, la memoria, el lenguaje y la atención. Una advertencia: no hay alimentos buenos ni malos, y tampoco un alimento por sí solo hace milagros. Sin embargo, la ciencia demuestra que una alimentación saludable, variada y equilibrada irrigará mejor el cerebro, permitiendo que los nutrientes y el oxígeno lleguen a cada neurona y que se generen nuevas conexiones nerviosas. ¿Pero cuáles son aquellos alimentos que pide el cerebro?

Los 8 imprescindibles

Pescados azules: omega 3 por excelencia

“Más del 60% del peso seco del sistema nervioso y, concretamente el cerebro, está constituido por lípidos”, nos explica el Dr. Cangas, quien añade que “los ácidos grasos omega 3 tienen funciones importantes para el cerebro, ya que forman sus membranas celulares; uno de estos omega 3, conocido por la sigla DHA (docosahexaenoico), se relaciona incluso con una mayor capacidad de aprendizaje”. Lo cierto es que “una dieta con suficientes omega 3 (pescados azules) y omega-6 (aceites vegetales como el de girasol) se hace vital para el desarrollo del cerebro y, por lo tanto, para la futura capacidad de aprender”, asegura el especialista. Según la Dra. Patricia López Roldán, doctora en farmacología y química terapéutica, “sin grasas, el cerebro no puede producir ni transmitir sus impulsos eléctricos”, como expone en su artículo ‘Cómo mejorar la concentración y el desarrollo intelectual a través de los alimentos’.

¿Para qué sirven los omega 3? Facilitan las conexiones nerviosas, favoreciendo el aprendizaje y la memoria.

Se encuentran en: pescados azules (salmón, trucha, sardina, atún y arenque), mariscos, nueces y aceites vegetales (de soja, por ejemplo).

Chocolate: triptofano y una dulce concentración

Las proteínas están formadas por muchos aminoácidos esenciales. Uno de los más importantes para el cerebro es el triptofano, esencial para fabricar serotonina.

¿Para qué sirve el triptofano? La serotonina interviene en el estado del ánimo, promueve la sensación de bienestar y ayuda a mantener la concentración y la calma.

Se encuentra en: la leche, huevos, carnes y pescados, las pipas de girasol y el chocolate negro (en dosis bajas).

Pasta: la energía de los carbohidratos

Los hidratos de carbono se convierten en glucosa, por lo tanto, son energía para el cerebro. Los que nos van a interesar son los de absorción lenta, que permiten que siempre haya glucosa disponible para el cerebro, sin que se acabe de repente como ocurre con los azúcares, que proporcionan energía inmediata, pero cuyo efecto se acaba rápidamente.

¿Para qué sirven los hidratos? Mantienen en forma y proporcionan energía al cerebro . Se recomienda preferirlos por la mañana, en el desayuno, para que el cerebro pueda recuperarse del largo ayuno nocturno.

Se encuentran en: la pasta, los cereales, como avena y arroz, las patatas, el pan…

Huevos: colina para fortalecer las neuronas

Las vitaminas del grupo B intervienen en la formación de los neurotransmisores, sustancias que pasan información de una neurona a otra, a través de las conexiones nerviosas. Una de ellas, la colina, además participa en la generación de mielina que recubre las neuronas y recupera funciones cerebrales.

¿Para qué sirven las vitaminas B? Fortalecen la memoria y la concentración, y estimulan una buena irrigación.

Se encuentran en: los huevos (la clara es, además, una excelente fuente de proteínas), frutas y verduras, pescados, lácteos y frutos secos.

Legumbres: proteínas y hierro mejores que los de la carne

Las proteínas se encargan de la formación de las neuronas y neurotransmisores, mientras que el hierro es el responsable de transportar el oxígeno hacia las células nerviosas.

¿Para qué sirven las proteínas y el hierro? Ayuda a mejorar el rendimiento intelectual, la concentración y la agilidad mental, ya que las primeras, promueven las conexiones y el hierro, oxigena el cerebro.

Se encuentran en: la carne roja, una gran fuente proteica y de hierro. Pero también es el alimento que más grasa saturada lleva asociada, por lo que es necesario moderar la ingesta. Las legumbres (proteínas vegetales de alta calidad biológica), pescado, lácteos, mariscos. Las frutas y verduras tienen hierro.

Frutos secos: las grasas buenas de un picoteo inteligente

Los ácidos grasos mono o poliinsaturados, o sea, las grasas buenas que reducen el colesterol, ayudan en la funciones neuronales.

¿Para qué sirven los ácidos grasos? Son una buena dosis de energía cerebral y aumentan la concentración y la memoria.

Se encuentran en: frutos secos, aceite de oliva y el aguacate.

Yogures y queso: calcio contra el estrés

El calcio contribuye a regular la función nerviosa y la presión arterial, que suele elevarse cuando hay estrés. La Asociación Española de Pediatría recomienda medio litro de leche hasta los 3 años; a partir de esa edad, dos vasos de leche o un vaso de leche y dos yogures o un vaso de leche, un yogur y un poco de queso para obtener el calcio necesario.

¿Para qué sirve el calcio? Actúa en la trasmisión de impulsos nerviosos; su déficit puede producir fatiga mental y nerviosismo.

Se encuentra en: frutos secos (nueces), verduras, frutas, pescados y yema de huevo.

Plátanos, aguacates y tomates: vitaminas para la agilidad mental

Las vitaminas y los minerales son nutrientes que protegen y ayudan en el desarrollo neuronal, controlan el riego sanguíneo del cerebro, favorecen el impulso nervioso y ayudan a la formación de nuevas neuronas.

¿Para qué sirven las vitaminas y los minerales? Mejoran la concentración y agilidad mental.

Se encuentran en: frutas y verduras. El plátano, por ejemplo, aporta potasio; el aguacate, magnesio y vitaminas antioxidantes, y los tomates tienen licopeno, un antioxidante que protege del daño celular del cerebro.

https://elpais.com/elpais/2017/09/25/mamas_papas/1506333569_071728.html?id_externo_rsoc=FB_CM

Cristina tiene 12 años. A diario piensa en el día de Reyes. Aunque con suerte, y la ayuda de su padre, igual sucede en una tarde de este verano. Cristina no tiene móvil y no lo tendrá hasta Reyes porque su madre así lo ha decidido. Solo tres compañeros más de su clase están en la misma situación. ¿Cómo lo resiste? ¿Acabará siendo la última?

La última de la clase en tener móvil

“Mis amigas tienen el móvil de mi madre y así nos comunicamos”, dice. Ni móvil ni redes sociales. Por supuesto, ni pensar en Instagram. Primero de secundaria y Cristina va y vuelve del cole sin necesidad de estar pegada a una pantalla. Ella se muestra resignada y comprensiva, quizás porque sabe que la fecha se acerca. Quizás también porque no quiere dejar mal a su progenitora ante la prensa.

“Entiendo un poco a mi madre, ella me dice que para todo hay que esperar un poco, que si cojo un teléfono me engancharé y que no miraré el mundo. La verdad es que no me siento apartada, pensaba que iba a ser peor”. Su padre es su mejor aliado y quien presiona en casa para que el aparato se entregue en verano. “Él sufre más cuando voy fuera y no puedo llamarlos”. La madre de Cristina es lo que se podría denominar madre resistente. “No creo que a esta edad les beneficie, y no están preparados para todo lo que puede hacer un móvil hoy en día. Yo le ofrecí un móvil, no un smartphone, solo para llamadas, pero no lo quiso. Además, no me considero del todo radical porque tiene Ipad en casa con el que se puede comunicar con las amigas si es necesario”, explica Pilar.

El mejor momento

En España uno de cada cuatro niños de 10 años tiene móvil, según una reciente encuesta del Instituto Nacional de Estadística. A la edad de Cristina, ya lo tienen el 75% de los chavales. John Hoffman es el principal responsable del Mobile World Congress, el congreso de telefonía móvil más importante del mundo. Pero, además, es padre de cuatro hijos de entre 26 y 12 años. Los mayores recibieron su primer móvil con 12 años; sin embargo, el pequeño contó con el aparato a los siete. “Depende del niño y de los padres. No es necesario que sea el primero de la clase, pero ser el último es realmente duro porque tienes mucha presión del entorno”, opina.

¿Cuándo es el mejor momento? Berta Saliner es psicóloga infantil y también madre. Como madre, opta por los 20 años. Y sonríe. Como experta explica: “Entre los 12 y los 14 años, junto con el inicio de la pubertad o adolescencia, se dan una serie de cambios neurofisiológicos que permitirán al niño ser capaz de iniciarse en la comprensión de las funciones de esa tecnología”.

“También es, en ese momento, cuando se despierta la necesidad psicológica más álgida de identificación y pertenencia de su grupo de iguales o de referencia… el cual se concentra y fomenta en gran parte hoy en día a través del móvil (chat, redes sociales, compartir fotos…)”, afirma. Su buen uso, añade Saliner, dependerá de la madurez del niño y de la enseñanza de las funciones de la tecnología, además de las limitaciones que impongan los padres.

SOBRE ESTE PROYECTO

Este reportaje es la séptima entrega de Crecer Conectados, una serie de artículos que explora la vida de niños y adolescentes en un mundo digital. Los códigos han cambiado, los chavales aprenden, juegan y se relacionan a través de redes y pantallas, rodeados de algoritmos y big data, nativos en entornos en los que sus mayores se mueven con desconcierto. Crecer Conectados reflexiona sobre los retos a los que se enfrentan y las posibilidades que se abren para estas generaciones. ¿Qué hacen, dónde están y cómo usan los menores la tecnología? Tienen entre 3 y 18 años: ellos serán nuestros guías.

https://elpais.com/sociedad/2019/05/11/actualidad/1557574247_036276.html

La pequeña Ruth, de siete años, tiene claro cómo actuar en la piscina este verano: “Es importante aprender a nadar, estar bajo la supervisión de un adulto y sin hacer juegos peligrosos cerca del agua, porque te puedes caer”, cuenta, aún mojada, tras salir de la piscina del Colegio Litterator de Aranjuez (Madrid). Allí se acaba de celebrar un simulacro de ahogamiento y rescate en piscina del que esta estudiante de Segundo de Primaria ha sido la protagonista. Y algo más: “Tampoco se puede molestar al socorrista, porque él está para ayudar, no para jugar con nosotros”.

Puede que el colectivo infantil no sea el que más ahogamientos sufra, “pero sí es el más evitable. Si la persona adulta asume su responsabilidad, el accidente se puede evitar”, sostiene Laura Muñoz, responsable de Comunicación de la Asociación DIA de Víctimas de Accidentes, organizadora de este simulacro celebrado el pasado 4 de junio y que contó con la colaboración del SUMMA 112 y de la Policía Municipal. En los primeros cinco meses de 2019, han fallecido 85 personas por ahogamiento; cifra que ascendió a 373 el año pasado, según la Federación Española de Salvamento y Socorristas.

¿Qué hacer en caso de accidente? Lo primero es avisar a los servicios de Emergencias, es decir, marcar el 112: “Cuando se lo explicamos a los niños pequeños, les insistimos mucho en esto, y la verdad es que funciona muy bien”, explica Julián Sánchez, coordinador de Equipos Técnicos del SUMMA 112. “Luego, valorar los signos vitales: si se mueve, si tose o si intenta respirar, algo que cualquier persona puede valorar y que le servirá al SUMMA para saber rápidamente si la víctima está viva. Y, por supuesto, explicar lo que ha pasado y dónde se está”.

Las precauciones de los adultos

A lo largo de los últimos cuatro años (de 2015 a 2018), el número de fallecidos ha alcanzado los 1.706, de los que 111 eran niños y 595 ancianos. Y aunque pueda parecer que las piscinas de casa son más seguras, uno de cada tres ahogamientos sucede en piscinas privadas. Por eso, se esté donde se esté, es fundamental que los padres tomen una serie de precauciones: “Los niños siempre tienen que estar con un responsable adulto; hay que respetar las horas de máximo calor; no dejar juguetes en la piscina o cerca de ella, porque nos podemos despistar, que el niño vaya a por ellos y se pueda caer; y también evitar las comidas copiosas en la piscina”, recuerda Julián Sánchez. Y es que la labor del padre o madre comienza en el mismo momento en que llegamos al recinto:

  • Examina los posibles peligros que haya en la piscina, especialmente si no estás familiarizado con ella: qué profundidad tiene, si hay desagües o algún mantenimiento en curso, por ejemplo.
  • Ponte en el lugar de tu hijo y mira la piscina con sus ojos, incluyendo sus rutas de acceso y el estado de la valla instalada en el perímetro (que, según el Ministerio de Sanidad, ha de tener una altura mínima de 1,2 metros)
  • Tu vigilancia ha de ser permanente mientras estéis cerca del agua (sea piscina, río o playa); nunca la delegues en el socorrista o en otro menor (aunque sea mayor y responsable).
  • Observa la regla del 10/20: mira hacia la piscina al menos cada 10 segundos, y asegúrate de que podrías agarrarle del brazo en no más de 20 segundos.
  • No dejes que se bañen solos.
  • Mejor chaleco que flotadores o manguitos, ya que estos podrían salirse al tirarse al agua, y comprueba que tienen el logotipo “CE” que certifica que está homologado.
  • Enseña a los niños a flotar y nadar cuanto antes, ya que esto incrementará las posibilidades de que no se ahoguen.
Consejos para evitar que los niños se ahoguen en la piscina

¿Qué es lo que no debes hacer?

Socorrer a una persona en apuros es una reacción lógica que, por supuesto, también tenemos cuando estamos en la piscina o en la playa. Pero conviene pensar primero si se está capacitado para prestar esa ayuda: se han dado muchos casos de personas que, queriendo ayudar, acabaron pereciendo junto a la persona que estaba en peligro.

Si hay un socorrista y este no se ha percatado, lo mejor es avisarle y dejarle actuar; si no lo hay y la víctima está activa (es decir, aún se está moviendo), facilitarle un flotador o pértiga a la que se pueda agarrar. Pero si no la tenemos ni estamos entrenados para socorrer a la víctima, “lo mejor es esperar. Si estamos en un lugar donde no hacemos pie, conviene ponerse cerca de la víctima y dejar que se ahogue, es decir, que pase a ser víctima pasiva”, afirma Marcos Andrés, socorrista y trabajador social de Fundtrafic, la fundación de la Asociación DIA. “Entonces ya se le puede abordar y sacar del agua, para iniciar la valoración” y, en su caso, reanimación.

En cualquier caso, la rapidez de acción (siempre con sentido común) es fundamental. Ante un ahogamiento, hay que aplicar la regla del 10%: “Desde que pierde el conocimiento, cada minuto que pasa sin que se actué reduce en un 10% las posibilidades de recuperación de la víctima”, explica Andrés. Puede que, si pasa demasiado tiempo y no hemos hecho nada, la posible recuperación deje secuelas importantes.

También hay otra serie de actuaciones que siempre conviene evitar:

  • No permitas que los niños jueguen con el material de salvamento; no son juguetes.
  • Evita minusvalorar las caídas que puedas sufrir en la piscina, ya que hasta un golpe en apariencia inofensivo puede tener consecuencias serias.
  • No consumas alcohol ni drogas en la piscina, ya que te dan una falsa sensación de control, haciendo que te sobrevalores y no analices bien la realidad.
  • No dejes que tus hijos se metan en la piscina con los cordones del bañador sueltos. Se han dado casos en los que este cordón se ha encajado en alguna rejilla al fondo de la piscina.
  • Es mejor que evites el baño en las dos horas siguientes a la comida, y muy especialmente si el agua está especialmente fría. Lo que nos contaban de pequeños y que nos parecía una exageración tiene su razón de ser: el contraste de temperaturas hará que el cuerpo mueva sangre del estómago, donde está concentrada durante la digestión, a las extremidades. El corte de digestión no causa la muerte, pero sus síntomas (vómitos, mareos) pueden provocar un accidente con consecuencias graves.

Y los niños, ¿qué pueden hacer?

Como padres, es esencial asegurarse de que los niños son conscientes de las medidas de precaución que han de tener siempre presentes, entre ellas ejercer el máximo cuidado al caminar por el borde o áreas aledañas a la piscina (la denominada “zona de playa”), para evitar caídas imprevistas; respetar el tiempo de digestión; que, si ven a alguien que ha sufrido un accidente, o pierden de vista a un hermano o a un amigo, avisen rápidamente a un adulto; y, finalmente, no tirarse de golpe al agua, porque pueden hacerse daño.

Ser feliz en la adolescencia está asociado con una mejor salud durante la vida adulta, según diversos estudios

birthdaySegún un reciente estudio, los jóvenes que viven una adolescencia feliz tienen una mayor probabilidad de disfrutar de una mejor salud psicológica y física cuando sean adultos. Además, los adolescentes felices se implican con menos frecuencia en conductas peligrosas como el consumo excesivo de alcohol, tabaco o drogas ilegales, y comen menos comida basura. En este artículo se explica cómo influye la felicidad de los adolescentes en su salud cuando alcanzan la edad adulta y qué necesitan para ser felices.

Son numerosos los estudios que señalan que ser optimistas y felices es una garantía de salud. El informe ‘La felicidad y la percepción de la salud’, realizado por científicos de la Universidad Complutense de Madrid, indica que las personas optimistas sufren menos problemas físicos y psicológicos. La felicidad ayuda a fortalecer el sistema inmune y, por tanto, protege de enfermedades. Si se está dominado por emociones negativas, aumenta la producción de cortisol (la hormona del estrés), que perjudica al sistema inmune.

 Hay que empezar cuanto antes a cultivar el optimismo y la felicidad. Según un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad del Noroeste, en Evanston (EE.UU.), y publicado en el ‘Journal of Adolescent Health’, ser feliz en la adolescencia está asociado con una mejor salud durante la vida adulta. Asimismo, los adolescentes felices no cometen tantas conductas de riesgo como quienes se sienten infelices o tienen problemas psicológicos.

Para realizar este análisis, los investigadores entrevistaron a más de 10.000 jóvenes a partir del año 1994. Luego, volvieron a preguntarles en el año 2001, cuando ya eran adultos. Y observaron que quienes habían sido felices de adolescentes gozaban de mejor salud física y psicológica. Los jóvenes felices fuman menos, hacen más deporte, beben menos alcohol y comen menos comida basura, lo que les protege de futuros problemas como ictus o infartos. Pero la felicidad durante la adolescencia también es una buena manera de protegerse contra riesgos psicológicos en la vida adulta. Según datos de Unicef, el 70% de los trastornos mentales comienzan antes de los 24 años de edad.

Pero este no es el único estudio que pone el acento en la adolescencia como una época de vital importancia para el futuro adulto. La Universidad de Cambridge (Reino Unido) publicó en el año 2011 los resultados de una investigación realizada con voluntarios de entre 13 y 15 años de edad. Y se dieron cuenta de que al alcanzar la edad adulta, quienes habían sido más felices durante la adolescencia tenían mejores relaciones personales, más satisfacción en su trabajo, una mejor salud mental y una vida social más rica.

La importancia de cultivar el bienestar
La adolescencia es una época que se caracteriza en muchos casos por la angustia, intensos cambios hormonales y una complicada transición entre la seguridad de la infancia y las responsabilidades de la vida adulta. Pero los investigadores de la Universidad del Noroeste, en Evanston, identifican varios factores psicológicos que facilitan el paso a la adultez y permiten que el adulto futuro afronte la vida con mejor salud. Uno de esos factores es la felicidad, pero también señalan disfrutar de la vida, la confianza, sentirse capaz, el optimismo y la esperanza con respecto al futuro.

El problema radica en que, según citan los expertos en su artículo, “muy pocos estudios de la salud en los adolescentes han examinado las características psicológicas positivas. La mayoría de los estudios tienden a enfocarse en factores negativos. Nosotros estamos a favor de una perspectiva positiva de la salud en la adolescencia y creemos que promover y educar a los adolescentes en el bienestar es una forma de aumentar la probabilidad de gozar de una vida adulta sana durante muchos años”.

¿Qué necesitan los adolescentes para ser felices?
¿Son felices los adolescentes españoles? Es difícil responder a esta pregunta, pero según el Estudio de la Conducta sobre Salud de los Jóvenes en Edad Escolar (HBSC-2010), que realiza la Organización Mundial de la Salud (OMS), los adolescentes españoles puntúan su satisfacción vital, en una escala del 0 al 10, con una nota media de 7,29. Comparada con los resultados del resto de la Unión Europea, están entre los más felices.

El estudio señala que “no existen diferencias destacables en la satisfacción vital de chicos y chicas. Sin embargo, se observan niveles de satisfacción más bajos en los de mayor edad”. Por otro lado, también se desprende que los adolescentes cuyas familias presentan un nivel adquisitivo más bajo tienen un nivel de satisfacción vital claramente menor.

No hay una fórmula de la felicidad que funcione a todo el mundo. Pero sí que hay una serie de factores que contribuyen a que estos disfruten de una transición a la vida adulta saludable, con calidad de vida y feliz. Los siguientes factores se han extraído del mencionado estudio y del informe ‘Bienestar y felicidad de la juventud española’, realizado por el Instituto de la Juventud (Injuve):

Para los jóvenes españoles, la felicidad se asocia primero a la satisfacción con la situación económica, segundo con las relaciones de pareja, tercero con el trabajo y cuarto, y en menor medida, con el físico.

Las actividades sociales con pareja y amigos y leer son frecuentes, inducen placer y son fuente de felicidad.
Los jóvenes felices tienen personalidades de mayor asertividad e implicación, de mayor control del entorno y le atribuyen más sentido a la vida, son más estables emocionalmente, optimistas y creen que el mundo es justo.

 VIA: www.consumer.es – José A. Rodriguez