Han transcurrido 63 días desde que los más jóvenes de la casa aparcasen los libros y los cuadernos utilizados durante el curso e iniciaran sus vacaciones de verano. Ahora empieza la cuenta atrás y en pocos días, más de ocho millones de alumnos retomarán sus estudios de enseñanza de Régimen General no universitaria, según datos del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

Esta incorporación de niños y jóvenes a las aulas, tras un dilatado periodo vacacional, se asocia con la aparición de episodios de ansiedad y angustia, al igual que les sucede a algunos adultos. Es el conocido como “síndrome postvacacional”, un proceso de adaptación que presenta unos síntomas bien definidos pero que no está reconocido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como enfermedad. En el grupo de población infanto-juvenil, el síndrome postvacacional puede manifestarse de forma conjunta o aislada y la sintomatología es bastante amplia: tristeza, irritabilidad, alteraciones del sueño, fatiga, pérdida de apetito, aparición de molestias corporales difusas, diarreas o vómitos. Síntomas que hacen que nuestros hijos presenten una conducta alterada.

Arancha Ortiz, psiquiatra infantil del Hospital Universitario La Paz (Madrid), indica que «el síndrome postvacacional es un fenómeno completamente normal, que dura entre uno y tres días. A veces, puede llegar a prolongarse una semana hasta que la persona se adecúa de nuevo a su ritmo de vida normal. Si no remite pasado este tiempo, quizás podrían enmarcarse dentro de los que se denomina trastorno adaptativo y habría que determinar si existen otros factores que están contribuyendo a que el niño no consiga aclimatarse a la nueva etapa”.

Según Yolanda Cuevas Ayneto, psicóloga de la salud y del deporte, “es importante saber diferenciar el síndrome postvacacional de la distimia”. En su opinión, “si el síndrome postvacacional se alarga en el tiempo y persisten pasadas dos semanas hay que acudir a un especialista para poder determinar si se trata de depresión. Detrás de ese estado emocional y físico puede haber dificultades de aprendizaje, miedo a profesores, presión de los padres por los resultados académicos, bullying, problemas de habilidades sociales o dificultades de adaptación al nuevo centro escolar, y no un proceso de adaptación natural a la nueva situación más exigente”. Cuevas Ayneto indica que “si durante un año el niño o adolescente presenta un estado deprimido o irritable la mayor parte del tiempo como criterio principal se trata de distimia, tal como lo marca el Manual de Diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría de los Trastornos Mentales (DSM), y estaría relacionado con otros criterios adicionales como exceso o falta de apetito, falta de energía, problemas relacionados con el sueño, falta de concentración, baja autoestima, dificultad para tomar decisiones o pensamientos negativos”.

Los pediatras explican que el “síndrome postvacacional” es algo normal y muy comprensible, especialmente en niños que llevan desde el mes de junio sin horarios fijos, con menos preocupaciones y responsabilidades y disfrutando de ambientes distendidos. Señalan también que la crisis de adaptación puede ocurrirle a cualquier niño: a aquellos que inician el colegio por primera vez, a los que en verano han variado mucho sus rutinas, a los que cambian de centro y, por lo tanto, también de compañeros y profesores, e incluso a aquellos que cambian de etapa en la escuela.

Por ello, Nieves Nieto, psicóloga y especialista en psicopatotolgía infanto-juvenil y atención temprana, aconseja “tranquilidad y paciencia”, tanto en el entorno familiar como escolar y comenta lo importante que resulta como norma general “la actitud positiva frente a la reincorporación a las rutinas y al colegio”. Asimismo, subraya que “hay que es importante hacerles ver lo positivo de cada época del año y no ser un ejemplo de negatividad frente a nuestra propia reincorporación al trabajo”

Cuevas Ayneto ofrece a los padres una serie de consejos para que sus hijos afronten esta nueva realidad con serenidad y de la manera menos traumática posible.

  1. Ayúdales a que expresen lo que les sucede y respeta el proceso. Muchos niños se encuentran mal y no saben las razones. Su falta de madurez impide que sepan describir lo que sienten y les hace más vulnerables. Observar y hablar de la sintomatología les ayudará a que tomen conciencia. Es importante entender también que cada niño lleva su proceso y que los hermanos, por ser hermanos, no tienen por qué adaptarse igual a una misma situación.
  2. No alimentes sus angustias. Lamentarse de que acaban las vacaciones entrena y favorece un modo de afrontar la situación de manera “tóxica”. Las malas caras y el mal humor potencian un estado negativo y al final la vida familiar se ve afectada.
  3. No des consejos sin saber las razones de su estado y valida sus emociones. Si su miedo es el nuevo profesor de nada sirve que le digas que va a ver a sus amigos. Transmítele tu apoyo. Recibe sus emociones, no le des portazo con expresiones tipo ¿por esa tontería estás así?
  4. El cerebro es teflón para lo positivo, así que enseña a fijar todo lo positivo. La actitud optimista se entrena. Por ejemplo, recuérdales que van a reencontrarse con amigos a los que les van a hacer partícipes de sus vacaciones más allá de compartir fotos por las redes sociales. También, habla con ellos sobre lo divertido que es iniciar su actividad deportiva favorita, disfrutar de sus juguetes, aprender cosas nuevas o hablar de las excursiones que van a hacer este año con el colegio o instituto.
  5. Es importante no volver casi la víspera del comienzo del curso pues esta situación aumenta la probabilidad de padecer “síndrome postvacacional”. A veces con la excusa de que está todo preparado, se pasa directamente del mar al pupitre. Así no se da tiempo para que se adapten. Facilítales ese tránsito permitiendo que forren libros o te ayuden, que pongan su nombre de forma original, diseñen la portada del cuaderno según la asignatura, elijan mochila o estuche. Es importante implicarles en este proceso. Si puedes, recoge el material didáctico la semana anterior para que lo hojeen y se familiaricen. Su cerebro comenzará a conectar con la nueva realidad.
  6. Fomenta los “hábitos de septiembre”. Que se acuesten antes y que los horarios de comidas, meriendas, cenas y baños se aproximen a su horario habitual. Así se facilitará el cambio al cerebro.

https://elpais.com/elpais/2016/08/19/mamas_papas/1471593536_350119.html

Y por fin ha llegado, el post del comienzo del buen tiempo, ahora no hablaremos de toses y mocos, ni de cuadros infecciosos varios; ahora hablaremos de esos bichitos malos que abundan en verano, y que nos pican y hacen pupa. Intentaremos hablar de los más comunes y de los más temidos, hablaremos de si es posible prevenirlos de algún modo y que podemos hacer si no hemos podido evitar su ataque.

Comenzaremos por el rey indiscutible de los veranos, vendría a ser como ese tema estrella que se baila cada verano, y que se escucha una y mil veces, el problema es que a los mosquitos no llegamos a acostumbrarnos, aunque terminamos odiándolos de la misma manera que a la canción del verano.

Mosquitos, como hemos dicho reyes indiscutibles, no hay quien les gane por pesados y por cansinos y por dolorosos, y da la impresión de que cada verano vienen con más ganas y fuerza. A la hora de prevenirlos es complicado, da la impresión de que nada podemos hacer, aunque hay algunos consejos que hay que tener en cuenta:

  • Evitar aguas estancadas, intentar evitarlas de cualquier manera (cubos, contenedores, bebederos de agua para mascotas, etcétera). La piscina debe tener un proceso de depuración periódico si no se convertirá en su balneario particular, de la misma manera las fuentes (siempre en funcionamiento o no tener). Si en nuestro pueblo vemos alguna zona con agua estancada es correcto avisar al ayuntamiento, aunque en principio es una tarea que vigilan especialmente en verano.
  • Mosquiteras de toda la vida en las ventanas, se han usado siempre y van muy bien más a más podemos usar si se nos ha colado alguno mosquiteras sobre las cunas o camas de estas que cuelgan, a los peques de la casa les encantarán.
  • Repelentes cutáneos, aquí está muy claro cuál es el aconsejado según la edad, aunque hay que decir que no todos cubren todos los bichejos que nos acechan, por ejemplo la citronela solo nos previene de los mosquitos, el IR3535 también lo hace con las moscas y los tábanos, el citrodiol cubre el mosquito y el mosquito tigre, la piretrina abarca mosquito, mosca, tábano, garrapata, chinches y zika, el icaridin incluye mosquito, moscas y garrapatas y finalmente el DEET cubre mosquito, mosca, tábano, garrapata, chinches y zika.
  • Lo natural está de moda, el problema es que todo lo que podamos hacer tiene muy corta duración y no será tan efectivo como lo químico, en mi modesta opinión son un complemento. Puedes cortar limones por la mitad e introducir semillas de clavo de olor en la piel procurando que la parte gruesa de la semilla quede al aire. Coser hojas de eucaliptus y poner el agua resultante en botecitos en habitaciones, frotar albahaca o manzanilla sobre la piel o colocar plantas de albahaca, geranios, citronela junto a las ventanas. También puedes mezclar 100 ml de aceite de almendras dulces con 20 gotas de esencia de albahaca y 20 gotas de esencia de geranio. Apto para niños y bebés.

Aplicación de repelentes

Es muy importante tener en cuenta que distanciar la aplicación de estos repelentes unos 30 minutos después de la aplicación del protector solar.

BEBÉS: sólo pueden usar compuestos que lleven citronela (no confundir con citrodiol que es a partir de los 2 años). Esta tiene una duración de acción limitada de alrededor de unas 6 horas, se aplica en el cochecito o en la ropa.

NIÑOS DE 1-2 AÑOS: citronela y repelente de nombre IR3535 (), tener cuidado con los ojos y las mucosas y no aplicar el aerosol sobre la cara

NIÑOS DE 2-12 AÑOS: citronela, IR3535, citrodiol al 40%, piretrina infantil 0,8%, DEET al 30%

MAYORES DE 12 AÑOS: citronela, IR3535, citrodiol, piretrina 1,2%, icaridin y DEET máximo al 50%

Mención aparte merece el árbol de té, de efectos no demostrados y con varios episodios de toxicidad local y por ingestión accidental, recalcar sobre todo que está contraindicado en menores de tres años.

En cuanto a otros aparatejos (los hay miles, algunos con dudosa eficacia, hablaremos sobre todo de las pulseras, que suelen ser más cómodas que otra cosa y que nos ayudan por ejemplo si se van de colonias o están haciendo una actividad durante el verano dónde no nos podamos asegurar que les pongan el repelente, o simplemente como un complemento al repelente convencional pero no sustituyen otra actividad preventiva, ya que tienen poca duración; esto quiere decir que las primeras horas pueden estar medianamente protegidos pero luego no(habría que cambiar la pastilla bastante más frecuente de lo que recomienda el fabricante, y nos salde carísima la protección de esta manera)

En cuanto a aparatos que emiten vibración y basándonos en que las que pican son las mosquitas, parecería que emitiría un zumbido similar al que produce el macho con su aleteo por lo que así las hembras se espantarían (sobran comentarios acerca de ese comportamiento del mundo mosquiteril), personalmente creo a las mosquitas les va la marcha porque este aparato se ve que no les asusta en absoluto, en realidad los estudios que he encontrado dicen que las mosquitas son un poco sordas y al ultrasonido no le hacen ni caso

Una vez han picado el tratamiento se basará en frio local (el hielo tiene un efecto anestésico y antiinflamatorio potente, estoy convencida que está totalmente infravalorado, se piensa antes en un medicamento que en la bolsa de guisantes del congelador).

En el mercado también existen pomadas con cierto efecto calmante del picor que se pueden tener a mano como complemento del frío. (cuidado con algunas que son fotosensibilizantes, esto quiere decir que aplicadas y expuestas al sol pueden provocar una reacción en la piel)

En caso de que haya dado una reacción más o menos importante (las picaduras de mosquitos no dan alergia), se podrá acudir a la aplicación de pomadas con corticoides de baja potencia o pomadas con antibiótico en caso de que se haya sobreinfectado la herida. Si hay mucho picor en casos ocasionales puede ser necesaria la administración de antihistamínicos por vía oral.

Si hay dolor en la zona de la picada que no se resuelve con calmantes locales se puede acudir a la administración de ibuprofeno o paracetamol.

Pulgas, sobre todo cuando vamos al apartamento de playa cerrado todo el año o a sitios con poca ventilación y poco recambio, granjas con animales o casas de colonias. ¡A veces cuesta identificarlas y no se sabe bien que es lo que ha picado, lo que está claro es que pica y mucho! Normalmente van en fila, esto quiere decir que hay varios seguidos como haciendo un recorrido. No tenemos prevención, pero se tratarán al igual que otras picaduras.

Abejas y avispas: Aquí hay que ponerse muy serio porqué así como las picaduras de los mosquitos pueden ser molestosas pero no tienen ninguna consecuencia más seria que una inflamación o un poco de sobreinfección de la herida, las picaduras de abejas o avispas en personas alérgicas pueden llegar a producir la muerte por anafilaxia. Por lo que en caso de tener la certeza de alergia a estos insectos siempre hay que tener presente antes del verano de tener los autoinyectores de adrenalina a mano y sin caducar.

Medusas. Tengo que reconocer que me parecen los seres más desagradables, no puedo con ellas, esa gelatinosidad, esa forma de atacar tan cobarde. En fin les tengo un odio particular, además cuando alguien avisa de que ha visto alguna inmediatamente sé que me ha fastidiado el día de playa porque no pienso ni acercarme a mi querido Mediterráneo.

Debemos hacer mención aparte a una visitante de estos días y que tiene un nombre encantador la “Physalia physalis” o más conocida como carabela portuguesa (embarcación que navega por las zonas del océano Índico y Pacífico mayormente pero como aquí somos más moles se acerca por estas tierras a ver que tal y es por eso por lo que poco antes del verano se la puede ver en prácticamente en toda la franja mediterránea).

Son unos organismos que en sí mismos no son medusas, no tienen capacidad de nadar y se dejan arrastrar por las corrientes y vientos. A diferencia de las medusas su forma no es la de una campana con tentáculos si no es como una especie de bolsa con muchísimos tentáculos por abajo muy urticantes, con un veneno muy potente. Este veneno en sí no es mortal, pero puede afectar de forma grave a niños pequeños y personas alérgicas. Normalmente, llegan a nuestras playas muertas, pero no se deben tocar ya que la toxina tiene actividad hasta incluso dos días después de su muerte. El tratamiento es el mismo que para una picadura de medusa normal y lo encontraréis más adelante.

La manera de evitarlas sería que alguien diera la voz de alarma o que haya una bandera que indica que hay medusas y que los socorristas de la playa en cuestión nos digan que intentemos evitar el baño. Aún así con niños es muy difícil y terminarán en el agua día sí día también, por lo que iremos directamente a los consejos.

  •  Lavar la zona con agua de mar o suero salino, pero no restregar y nunca con arena.
  •  Retirar los tentáculos adheridos con una tarjeta de crédito, plástico o similar, no con pinzas porque se rompen y pueden quedar.
  •  Aplicar si se puede bicarbonato al 50% con agua del mar.
  •  Aplicar hielo en una bolsa durante 10 o 15 minutos.
  •  Valorar si hace falta dar antiinflamatorios para el dolor o por la extensión o bien aplicar cremas con corticoides que son antiinflamatorias también.
  •  Si los síntomas persisten no dudes en acudir a urgencias.
  •  No usar nunca agua dulce, alcohol, jabón u orina. El vinagre tampoco se debe usar solo es para algún tipo de medusa.

Recomendaciones extraídas de la infografía fantástica realizada por @boticariagarcia que nos los explica perfectamente. Aquí les dejo el enlace para que lo podáis consultar

Espero que tengáis ahora un poquito más idea de cómo actuar frente a las amenazas veraniegas, recordad sobre todo la importancia de la protección solar y de los repelentes adecuados en caso de viaje o de encontrarnos al aire libre.

*Andrea Masiá, pediatra y administradora de la página El médico de mi hij@. 

Durante el curso las rutinas diarias de levantarse, desayunar, salir corriendo al cole, vuelta a recogerles siempre a la misma hora, extraescolares, deberes, baño, cena y vuelta a dormir nos protegen y protegen a los peques del temido descuido de olvidarnos de ellos.

Vivimos tan acelerados que no es raro que en algún momento de despiste el niño desaparezca, a veces son milisegundos, una esquiva mirada, un suspiro, un bostezo, pero ese leve parpadeo hace que el niño no esté cuando volvemos a recuperar la compostura. No voy a entrar en el abandono flagrante o el niño diluido en una familia supernumerosa como en la película Solo en casa, analizaremos por qué y cómo evitar estos sustos que todos hemos vivido o que en algún momento podríais vivir.

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Confieso que a mí se me olvidó mi hijo un par de veces, no más, y este aún hoy me lo recuerda, se me olvidó ir a buscarlo al colegio por el nefasto cambio de horario de verano y me llamó el director para saber si iba a ir o se lo llevaba él a casa para darle de comer. En fin, un desliz. El caso es que los niños se pierden y ahora que no hay rutinas, que hay aglomeraciones de gente o estamos en sitios extraños de vacaciones es más fácil que los peques se despisten porque tienen que explorar recónditos lugares, o por la felicidad de poder correr libremente en cualquier dirección o simplemente porque les gusta jugar al escondite.

El susto es mayúsculo, seguro. El niño no está, ¿cómo se lo dices a su madre? Esto me parece que puede crear alguna tensión conyugal, fijo. Estás en un centro comercial, solo estabas mirando los estantes de las bombillas, que hay que hacer un cursillo para elegir la buena y cuando te das la vuelta, el peque ha desaparecido. Seguro que está al lado en el lineal de los juguetes o lo que es peor en el de grandes herramientas que le apasionan. Todos tus sentidos se hipertrofian; vista escrutadora de Terminator, oído como el de los murciélagos emitiendo ondas de sonar incluso, el ambiente se hace palpable y puedes detectar el vacío dejado en el aire por donde ha pasado, olfato, esto no tanto, menos mal que se hizo caca al entrar en el super y va dejando rastro, el gusto aquí no vale para mucho porque se te ha quedado la boca seca y es difícil tragar saliva. En cinco eternos segundos allí vuelve a estar con un martillo enorme pidiendo que se lo compres. Salen a borbotones las emociones, ninguna de ellas descriptible en este medio, pero un suspiro de alivio te vuelve a la normalidad, algo habrá que decirle para que no se repita.

Niño, ¿tú que quieres, buscarme la ruina, que se entere tu madre y me monte un lío? Como te vuelvas a perder…

El niño en cuanto viene su madre le dice, mamá, me he perdido y no encontraba a papá, he tenido mucho susto.

Chivato.

Centros comerciales, calles con mucho tránsito, piscinas públicas o la playa son lugares idóneos para que un menor pueda perderse y tener un susto mucho más serio.

Cualquier situación es difícil de admitir, pero quiero destacar tres entornos especialmente graves para perder u olvidar a un crío:

  • La playa, muy frecuente que un niño o niña se despiste jugando o entre las piernas de tanta gente en días sobrecargados, pierda de vista la sombrilla o la confunda con otra y aparezca unos cuantos metros más allá.
  •  Las piscinas, porque además lleva el riesgo de caída al agua y ahogamiento
  •  Y para mí el imperdonable, olvidarse al niño (o al perro) en el coche con las ventanillas cerradas y al sol, pueden pasar pocos minutos, fue un momento, pero el niño se sofoca y tiene un golpe de calor que puede ser mortal.

Habrá que trazar un plan, habrá que tomar medidas para que no suceda, cuando los cinco sentidos no son suficientes, tendremos que conseguir esas rutinas para que el niño esté seguro, empezando por qué aprenda a nadar lo más temprano posible y así ya quitamos un peligro.

  • Que se aprenda el número de teléfono de papá o mamá o escribírselo o tatuarlo si hace falta.
  • Reconocimiento previo del terreno playero o piscinero con puntos de encuentro en caso de perdidas. Visita a nuestro amigo el socorrista o al dueño del chiringuito que también será amigo.
  • Enseñarle que si se pierde se quede quieto, inmóvil, haciendo la estatua, a ver si al menos los transeúntes le echan unas monedas mientras llegan los papás.
  • En vez de llevar pulseras antimosquitos que no valen para nada se le puede poner una que lleve los datos de identificación útiles. No poner el nombre del peque, que eso si se lo sabe y es poco informativo en estos casos.
  • Camisetas o gorras grabadas con el logotipo “Mi papá es lo mejor / teléfono: 666666666”
  • Papás y mamás llevad siempre el teléfono con batería y a ser posible cobertura.
  • ¡Ojo! Con entretenerse con los WhatsApp mientras respondemos se han podido perder veinte veces.
  • En sitios masificados modificar el departamento de objetos perdidos y llamarlo departamento de niños y objetos perdidos, donde puedan los padres pasar a recoger las llaves extraviadas y al peque.
  • En esta época tecnológica no podrían faltar los gadgets, poner un detector GPS en el bolsillo del bañador o pantalón cosido en el forro o cinturilla, para que a través de una App al efecto podamos localizar al menor con un margen de error de menos de 5 metros. O un dispositivo Bluetooth igualmente instalado en el niño, para que nos suene una alarma cuando se separe de nuestro móvil 10 metros. Y no, no vale para controlar adolescentes, hay que respetar su intimidad.

A los niños pequeños les gusta mucho ir con sus padres, pero tienen vida propia y a veces lo olvidamos. Son exploradores y curiosos por naturaleza, cualquier cacharro o cualquier dibujo puede hacer que su interés se dispare y su instinto Indiana Jones se despierte para averiguar y capturar eso que les llama su atención, o al revés padres acelerados pueden distraerse ante los estímulos veraniegos varios y olvidar por un instante que una vez fuimos padres.

Si tienes dos, tres o más peques los sentidos se multiplican, a veces te gustaría llevarlos cual cordada de presos, pero el objetivo es parecerse al guardaespaldas, o al poli sabueso, que persigue a un sospechoso a una distancia prudente para no ser detectado. Los menores tienen que estar seguros y protegidos siempre, pero deben de sentirse libres y notar la tranquilizadora cercanía de sus padres.

https://elpais.com/elpais/2018/07/02/mamas_papas/1530521700_765469.html?rel=str_articulo#1532339046730

Buen tiempo, días más largos, las vacaciones a la vuelta de la esquina, la paga extra (quien la tiene): el inicio de la estación de sol y playa suele contentar al más común de los mortales. Incluso a los entusiastas de lo invernal o a los escépticos de la terraza y el mojito les cuesta no poner buena cara estos días. Eso, en la vida real. Pero, ¿sucede lo mismo en el mundo paralelo de las redes sociales?

Según el Amstel Index, un índice que escucha y reconoce las expresiones de reconocimiento en Internet, el comienzo del verano sí hace que las redes destilen más efusividad y menos bilis. Durante el mes de junio, el barómetro, que pondera entre el uno y el 100 el nivel de conversación positiva, recogió más de 341.000 publicaciones y marcó una media de 70,5 puntos en la categoría de sociedad, la más activa (32,7% de publicaciones) de las cuatro en la que se divide (las otras son cultura, política y deportes). “Verano”, “fiesta” y “viaje” fueron las palabras utilizadas mayoritariamente para celebrar la llegada del estío. Además, el 63% de las interacciones totales se contabilizaron como amables.

En concreto, los máximos de reconocimiento público se dieron los días 20 y 21 de junio. El índice se situó en los 81,2 y 82,4 respectivamente, marcando máximos en su corta historia [funciona desde el pasado mes de abril]. El pasado miércoles 20 de junio tuvo lugar el llamado Yellow Day, el hermano feliz del Blue Monday, una jornada que se toma como la más alegre del año y que precede a la apertura de la estación. “Cuando llega el verano generamos expectativas diferentes al resto del año”, considera la psicóloga Miriam González Pablo. “Lo asociamos a una época más lúdica, de más contacto con personas a las que no vemos frecuentemente. Y con periodos de descanso y la ilusión de las vacaciones”. Precisamente la celebración del día 20 colocó al hashtag #YellowDay como tendencia destacada en Twitter, colándose por encima de eventos como el Día Mundial de los Refugiados o los tuits referidos al fin de exámenes de muchos universitarios.

El día 21, inicio oficial del verano, copó las charlas tuiteras. En el candelero, asuntos como los vaivenes del tiempo o el eterno debate entre los que prefieren mar o montaña, calor o frío. Pocos días después, el 23 por la noche, fue el turno de San Juan y sus hogueras, una noche que dejó un gran volumen de comentarios festivos, según recoge el índice, que marcó 77 puntos. Etiquetas como #Turismo, #SanJuan y #Playa fueron las más usadas y durante la jornada, además, el 11% de los comentarios aludieron al deber de limpiar las playas tras las hogueras.

“La vida virtual tiene una correspondencia con la real. Es normal ver más mensajes positivos como los que hablan de compartir una celebración”, estima González Pablo, que opina además que en esta época el “yo” deja paso al “nosotros”: “Se suele hablar desde el yo, pero esto cambia hacia el colectivo en verano”. Muchos mensajes divulgativos reflejaron esa tendencia hacia lo colectivo, como por ejemplo los referentes al solsticio de verano como fenómeno científico.

Agradecer, más fácil que reconocer

La Rioja y Murcia fueron las regiones en las se inclinó la balanza hacia el reconocimiento, según el barómetro, que posiciona a Galicia, Cataluña y Ceuta como las Comunidades en las que los comentarios negativos ganaron por más a los halagüeños.

Aún así, en términos generales, el verano suele aflojar las palabras bonitas, cree González Pablo. “El frío nos hace guardarnos más, también a nivel emocional. El calor propicia los vínculos sociales, la calle, la conectividad exterior. Todo ello mejora nuestra estado de ánimo”. Aunque la felicidad, como el verano, no puede durar siempre: “La felicidad son momentos puntuales, pero muchos momentos puntuales nos dicen si somos felices o no. No se podría mantener un estado de felicidad permanente porque siempre hay que compararlo con algo”. Con el invierno, por ejemplo.

Esta noticia, patrocinada por Amstel, ha sido elaborada por un colaborador de EL PAÍS.

Los móviles y las tabletas no son necesariamente enemigos del estudio. Al contrario, tanto la tienda de Android como la AppStore de Apple cuentan propuestas para volver a tomar el cuaderno y el lápiz con cierta facilidad.

CourseNotes ayuda a tomar apuntes, de los de siempre, pero con complementos multimedia. Permite ordenar por asignaturas, fecha e importancia. Muy práctico pero cuesta 3,99 euros. Penultimate es muy parecido, pero adaptado a los que, aunque sea en pantalla, quieren tener la sensación de usar un bolígrafo sobre papel, reproduce el trazo. Eso sí, es más asequible, 1, 59 euros.

inClass coordina el horario. Incluye alarma para no llegar tarde a clase. Además, no cuesta.

Por 2,39 se puede comprar algo más completo, iStudiezPro: un organizador de deberes, horarios y número de horas dedicadas al estudio.

En Android Market, tanto para teléfonos como para tabletas se encuentran programas similares, uno de ellos es Homework. Los padres que no terminen de fiarse lo que hacen sus hijos con el móvil pueden instalar MySpy, que de manera discreta, hace un llamada que se descuelta. Así podrán comprobar si están en clase o se quedaron en la cama.

Para los que no tienen aparatos de última generación pero sí ordenador, en la Red sobran los recursos. Google tiene algunos atajos que ayudan. Por ejemplo, si se escribe una fórmula matemática en el buscador, dará el resultado. También puede calcular cambios de medidas y monedas con solo escribirlo. “300 kilos en libras” y darle a buscar. En lugar de dar una serie de páginas web, la primera respuesta será la solución. El traductor, por ejemplo, puede ser útil con el latín. Muchas de las lecturas clásicas de secundaria se pueden encontrar gratis en GoogleBooks, dentro de los clásicos.

https://elpais.com/tecnologia/2011/09/02/actualidad/1314954063_850215.html

Yo quiero que el niño haga baile. El padre, que vaya a ajedrez. Ya, ya sé, hay que preguntarle al niño, pero después. Si no, de qué vamos a discutir, ¿del procés? Para un rato que tenemos a solas…

Total, que como la mayoría de los padres con niños pequeños de la España silenciosa y también de la locuaz, acabamos discutiendo de las extraescolares, porque tiene 5 años y ya es casi septiembre

“El ajedrez favorece la concentración, fomenta el cálculo y el razonamiento lógico”, argumenta el padre. “Katy Perry”, digo yo. Zasca.

Entonces llegan los golpes bajos: “Será más bien Philip Glass y un montón de niñas”, dice él, “a ajedrez van sus amigos”. Uf, el género no me lo toques, contraataco: “Todos los adultos que conozco que juegan al ajedrez no lo hacen con sus amigos, sino frente al ordenador con un señor ruso al que no conocen porque NO SABEN BAILAR (y no miro a nadie)”.

Me envalentono. “Bailando ligas, bailar te hace feliz… ¿Qué quieres, que sea un nerd?, ¿¡Que se la pase mirando la pista acodado en la barra del bar de la vida!?”, digo con una dramática pirueta.

“Tiene 5 años”, responde. Touché.

Avergonzada, siento que me he convertido momentáneamente en una de esas madres que creen que todo lo que haga ahora el niño tendrá una repercusión clara en su vida adulta. En Estados Unidos hasta las guarderías se venden a los padres con el porcentaje de exalumnos (¡de tres años!) que acaban en universidades de la Ivy League. Qué presión. Para conseguir que los pequeños sean admitidos en el primer escalón de la élite, los padres tienen que escribir sofisticadas cartas de solicitud: La pequeña Jennifer lleva desde los seis meses apuntada a impresión 3D, se sabe la letra de Frozen y ya se limpia el culo sola, nivel usuario… Hay algunos que han llegado a presidente del mundo libre con menos de eso.

En mi época, pleno régimen del 78, había basket, teatro, inglés… pero las extraescolares que más molaban eran judo (tu kimono, ¡kia!) y ballet. Yo no hice ninguna, quizás por ello me apetecen todas las que leo que existen ahora: yoga, cocina ecológica, fotografía, mindfulness, funky, autoprotección femenina, golf, reggaetón, conversación en chino, lego-robótica, patinaje en línea, periodismo de investigación. En serio, periodismo de investigación, hasta esa me apetece.

En el fondo lo que me gustaría es que las extraescolares fuesen lo que se da en horario lectivo. Que las familias no apuntásemos a los niños sobre todo porque no hay Cristo que concilie. Y que el día a día de mi hijo de 5 años en el colegio público del barrio consistiese en hacer clase de capoeira y después iniciación al cómic. Y, puestos a pedir, me gustaría que el mío también.

Al final, le preguntamos al niño si prefería hacer danza o ajedrez. Y le apuntamos a las dos porque es el que manda en casa. La verdad, no creo que ninguna tenga una repercusión clara en su vida adulta, pero espero que en ambas aprenda que para que las cosas salgan bien es necesario ponerse en el lugar del otro, ya sea este un contrincante o una pareja de baile.

https://elpais.com/elpais/2017/10/06/mamas_papas/1507288461_469290.html?rel=mas

No es ningún secreto que vivimos inmersos en una cultura del alcohol. Lo vemos en nuestras fiestas más emblemáticas, en las celebraciones familiares o sociales y en la mayoría de series y películas que encontramos en los suculentos catálogos de Netflix o HBO. El alcohol está por todas partes. Sin olvidarnos, por supuesto, de las vallas publicitarias, de YouTube y de redes sociales como Twitter, Instagram o Facebook. No es de extrañar, por tanto, que si el alcohol forma parte de nuestras vidas, también sea la sustancia psicoactiva más consumida entre los jóvenes españoles con edades comprendidas entre los 14 y los 18 años. Así lo recoge el último informe del Observatorio Español de la Droga y las Toxicomanías (2017), que sitúa la edad media de inicio en su consumo entre los 13 y los 16 años.

Para Xavier Pons, profesor del Departamento de Psicología Social de la Universitat de València, a esta cultura del alcohol y a las costumbres del mundo adulto, que incorpora el alcohol a todas sus actividades sociales, se une un factor más: el de la cultura de la despreocupación. “Nuestra sociedad ha creado una cultura de la banalidad y la despreocupación, que también es argumento para el consumo alcohólico en los jóvenes. La mayoría de niños son educados, cuando son niños, en los valores de la moderación, la prudencia, el autocontrol, el rigor, la responsabilidad… Esos valores deberían desembocar, más adelante, en actitudes y conductas consecuentes, tales como no beber alcohol y no abusar, si sabes (y lo sabes) que es perjudicial. Sin embargo, ese niño va creciendo y haciéndose adolescente en una sociedad que le transmite otro tipo de realidad: si es divertido es bueno. Da igual si es sano, ético, razonable, veraz, prudente, bello, inteligente, o si es todo lo contrario; mientras sea divertido será aceptable. No hay reparo alguno para la diversión en la sociedad de la despreocupación; todo lo que interfiera en la diversión será apartado u olvidado, y todo lo que la facilite será bien recibido”, explica.

Sumemos dos cuestiones más. Por un lado, el deseo de descubrimiento innato de la propia adolescencia, una etapa en la que, según Miguel Fuster, psicólogo clínico, “no se tiene la misma sensación de peligro a la hora de tomar decisiones; lo que lleva a un mayor aprendizaje pero, también, a ser más vulnerables como individuos ante los riesgos por falta de capacidad de evaluación de las consecuencias negativas”.

En el Grupo de Trabajo Alcohol y Alcoholismo de la Sociedad Española de Medicina Interna se hace hincapié en la neurotoxicidad y neuroinflamación que ejerce el alcohol en jóvenes, sobre todo en la modalidad de consumo en “atracones” o binge drinking (“botellón”). Su coordinador, Francisco Javier Laso apunta que cualquier consumo de alcohol es de “riesgo”, y tiene especial impacto en la adolescencia, “ya que han podido observar que implica consecuencias estructurales y funcionales en el sistema nervioso cuya “maduración” se está desarrollando, lo que promueve la aparición precoz de dependencia alcohólica”. Lo sugieren múltiples estudios, uno de los más recientes el publicado por investigadores suecos en enero en la revista Journal of Hepatology, en el que a través de un seguimiento a 40 años de 43.000 varones en Suecia, se asoció el consumo de alcohol en la juventud con un mayor riesgo de hepatopatía grave. Un riesgo que, aunque dependiente de la dosis, se encontraba desde el primer gramo de alcohol.

¿Permitir o prohibir?

Con un panorama tan desolador y complicado, cabe preguntarnos si como familia está en nuestra mano convertirnos en un “factor” de protección y prevención, o si por el contrario podemos acabar añadidos a la lista de factores de riesgo mencionados sin que tengamos conciencia de ello.

Un reciente trabajo publicado en el Journal of Adolescent Health y dirigido por la investigadora Jennifer L. Maggs, Parents Who Allow Early Adolescents to Drink, nos plantea la cuestión de que una actitud más relajada y permisiva con respecto al alcohol, con la creencia de que esto enseñará a nuestros hijos a beber con sensatez, puede ser un factor de riesgo para una iniciación temprana en el consumo de alcohol, incluso de problemas más graves a posteriori. La investigación, además, pone en evidencia que el nivel socioeconómico y cultural de los padres no es un factor protector sino más bien al contrario: un mayor nivel social y económico puede ser un factor de mayor riesgo para el consumo, ya que ese poder económico puede suponer una mayor disponibilidad económica también para los hijos, y con ello el acceso más fácil a esta sustancia.

“La sociedad ha creado una cultura de la banalidad, que también es argumento para el consumo alcohólico en los jóvenes”

Si la permisividad mantenida por los padres incrementa la probabilidad de consumo en los hijos adolescentes, ¿es la prohibición del alcohol la solución? Señala Xavier Pons que niños y adolescentes tienen que aprender a convivir con ciertas restricciones conductuales, “porque se van a encontrar con muchísimas en su vida adulta y tendrán que adaptarse a ello”. Por eso, entiende que las restricciones razonables ayudan a educar la tolerancia a la frustración y la responsabilidad. Y, muchas veces, la salud. Añade el profesor e investigador que, aunque está muy arraigada la idea de que lo prohibido resulta más atractivo “y acaba haciéndose más”, no hay ninguna evidencia de que eso sea así. “Las cosas son mucho más complejas que eso. Por ejemplo, siguiendo esa lógica, podríamos decir “prohibido estudiar” y a todos los chavales les entrarían unas ganas enormes de ponerse a estudiar, pero nada es tan simple. De hecho, lo prohibido suele acabar desapareciendo a largo plazo, siempre que junto con la prohibición haya un control de la conducta que se restringe”, argumenta.

Para Pons, además, lo que convierte al alcohol en algo atractivo no es que los adultos lo prohíban, sino que “los adultos lo consumen” y que los adultos “lo califican de peligroso para los jóvenes”. Por tanto, estamos aportando valor positivo y atractivo al consumo de alcohol sin darnos cuenta. “Para un adolescente abstenerse de hacer algo “peligroso” por el hecho mismo de serlo supondría manifestar indecisión o debilidad, mientras que hacerlo significa ser alguien “enrollado”, valiente, atrevido,… Es eso, más que ser “rebelde”, lo que motiva al adolescente. Realmente, hay poca rebeldía en hacer lo mismo que se ve que hacen los adultos, que son los que han institucionalizado el alcohol y lo comercializan”.

Entonces, ¿cuál es la mejor manera de hablar y actuar con un niño de 15 años sobre el alcohol? ¿Qué herramientas tenemos para hacerles resistentes ante la cultura del alcohol? La respuesta del investigador valenciano es clara: “No pensar que es un niño, porque, aunque para nosotros lo parezca, él o ella no lo va a ver así y no lo va a admitir. A los 15 años es normal creer que uno lo sabe todo de la vida y son sus padres los que no se enteran. Pero, al mismo tiempo, uno es consciente de estar sumido en una vorágine de dudas, que le cuesta mucho admitir, porque esas dudas no son congruentes con la imagen de fortaleza que desea proyectar. Esto no es malo, en el sentido de que se irá ajustando con la edad. Lo que pasa es que esa incertidumbre es terreno abonado para que los que comercializan el alcohol saquen beneficio”.

Para el psicólogo Miguel Fuster la idea de la prohibición como alternativa lleva a un problema igual que el que acarrea la permisividad, y opina que todo va a depender más de qué relación tengan los padres con el uso de sustancias como el alcohol y las drogas. “La mejor manera de hablar y de actuar es que haya una consistencia en mi manera de relacionarme con el alcohol y lo que yo les pido a mis hijos. Si hay una consistencia entre lo que yo digo como padre y lo que yo hago como padre el mensaje calara en mis hijos. Si hay una inconsistencia, mis hijos aprenderán de lo que yo hago y nunca de lo que yo digo. El mensaje verbal pierde toda su fuerza”.

Revisar nuestros hábitos y actitudes

La mayoría de nosotros, además de una baja percepción del riesgo que entraña el consumo de alcohol, no tenemos conciencia de cuándo y cuánto bebemos delante de nuestros hijos. “El 75 % de los individuos que bebe excesivamente cree que toma una cantidad “normal” de alcohol. Aunque frecuentemente en los medios surgen noticias sobre las bondades del consumo de pequeñas cantidades de alcohol, los estudios rigurosos demuestran que no hay ningún efecto saludable, y como indica la OMS: alcohol, cuanto menos mejor”, explica F. Javier Laso. En este sentido, el coordinador considera que si los padres tienen “información incompleta y sesgada”, no es de extrañar que se obvie hablar con los hijos sobre los riesgos del alcohol y que se considere su consumo como algo socialmente “natural”. Y es esa actitud permisiva parental “por ignorancia de riesgos” la que considera un hecho determinante para el consumo de alcohol en los adolescentes.

Preguntémonos honestamente cada uno de nosotros: ¿Qué pasaría si preparo una fiesta con adultos en mi casa en la que NO hubiese alcohol?

Y es que, además, muchos padres beben delante de sus hijos de manera habitual. Quizás los fines de semana, en bares, en el propio hogar. Señala Xavier Pons que hay muchos estudios que comprueban que en familias de padres bebedores habituales (no necesariamente alcohólicos) es más probable encontrar adolescentes bebedores abusivos, que en familias de padres abstemios. “Los hijos adquieren muchas conductas y actitudes por imitación de los padres. También los hábitos saludables/insaludables. Y, efectivamente, tiene más influencia en el hijo lo que ve que hacen sus padres que lo que estos dicen”, cuenta Pons.

Poca utilidad encuentra el psicólogo Miguel Fuster en las campañas centradas en las consecuencias del alcohol si no son acompañadas de coherencia en el uso que hacemos como adultos del alcohol. “Preguntémonos honestamente cada uno de nosotros: ¿Qué pasaría si preparo una fiesta con adultos en mi casa en la que NO hubiese alcohol? ¿Cómo reaccionaríamos todos y cada uno de nosotros? Desde ese planteamiento, ¿qué podemos hacer si asumimos que el alcohol es algo presente en nuestra vida? Seamos coherentes y el mensaje tendrá sentido”, plantea.

Opina Xavier Pons que las campañas de prevención que comenzaron en los primeros años ochenta del siglo XX han servido para crear a lo largo de todo este tiempo una actitud más crítica hacia el alcohol en la sociedad (“Somos más conscientes de sus riesgos que en generaciones anteriores, esa idea ha calado en la sociedad”), pero sabe que una campaña preventiva no va a servir para disminuir drásticamente el consumo juvenil de alcohol. “Conocer los riesgos que supone el abuso de alcohol no disuade a los jóvenes de iniciar y mantener su hábito de consumo; eso está totalmente comprobado por casi 40 años de investigación al respecto. Además, los que publicitan y comercializan el alcohol han sabido conectar con los adolescentes mejor que los que diseñan campañas preventivas”, se lamenta y vuelve a incidir en lo que señalábamos al principio: el consumo de alcohol responde a un modelo cultural arraigado y a un modelo de sociedad determinado por lo que, según concluye Pons, tendríamos que modificar radicalmente los valores culturales imperantes. Y no es nada fácil, no, salvo que empecemos por nuestras propias trincheras familiares.

https://elpais.com/elpais/2018/02/12/mamas_papas/1518421876_113910.html

Cuando se tiene un hijo, muchas veces se echa de menos un manual de instrucciones para saber qué hacer. Además, como los niños van creciendo, lo que te servía en un momento puede quedar caducado y obligarte a reinventarte. Casi todos lo hacemos lo mejor que podemos y no existe ningún padre o madre perfecta (¡para eso somos humanos, que no personajes de cuentos de hadas!). Pero, dicho todo lo anterior, con un reto de estas dimensiones, ¿qué está en nuestras manos para mejorar en nuestra paternidad de ahora y la de un futuro? El mejor camino es trabajar en nuestra actitud, según Elisabeth Fodor y Montserrat Morán, que se encuentran entre las principales pioneras en educación infantil de España. Aunque el contexto se mantenga igual, si nosotros cambiamos, la relación con nuestros hijos también se transforma. Basándonos en la experiencia de Fodor y Morán, veamos qué podemos entrenar como padres para ayudar a nuestros hijos en su desarrollo y disfrutar de esta parte de nuestra vida.

Primero, necesitamos conocernos mejor. ¿Cómo vamos a enseñarles inteligencia emocional si no sabemos hablar de lo que nos ocurre, si caemos en el reproche, en el silencio o en sentimientos que nos superan? El primer paso para gestionar algo es conocerlo. Por ello, dediquemos tiempo para la autorreflexión. Hagámonos preguntas sobre qué nos está ocurriendo realmente, tengamos personas de confianza para conversar sobre ello y encontrar nuevos puntos de vista.

Segundo, demos rienda suelta a la ternura. Es el primer lenguaje con el que nos comunicamos con nuestros hijos y el que se ha de mantener a lo largo de los años. La ternura significa desear que la otra persona esté bien y cuidarla desde nuestra vulnerabilidad y cercanía, sin corazas. Y para ello una vez más, necesitamos aprender a tratarnos bien a nosotros mismos. Si caemos en la culpabilidad constante o en la autoexigencia, la ternura desaparece por arte de magia… Por ello, cuando nos asalte un pensamiento dañino, relativicémoslo y busquemos la manera de darnos cariño también a nosotros mismos.

Tercero, dejemos los juicios de lado. Nuestros hijos serán lo que quieran ser, no lo que nosotros nos empeñemos en que sean. Si estamos continuamente comparándolos con lo que nos gustaría que fueran, les estamos haciendo un flaco favor. Aceptarles sin expectativas es darles la libertad para ser ellos mismos. Por tanto, aparca lo que “podría haber sido” y valora lo que es.

Cuarto, recuperemos el valor de la lentitud. Posiblemente sea uno de los grandes desafíos. Los móviles y la velocidad son una tentadora distracción para todos. Pero es difícil educar a golpe de WhatsApp. Las emociones requieren su tiempo para ser digeridas y construir una relación sana exige paciencia. Busquemos recursos para entrenar la paciencia y evitar que salten nuestros botones calientes.

Quinto, escuchemos activamente. Cuando nuestros hijos son pequeños, muchas veces nos cuesta escucharles con interés. Sus temas no siempre atrapan nuestra atención, pero si no lo practicamos, será más difícil que de mayores nos cuenten sus problemas. Necesitamos, por tanto, preguntarles por sus cosas con sinceridad y darles un tiempo de calidad de conversación a nuestros hijos.

Sexto, juguemos y pensemos en positivo. Necesitamos retomar el juego, disfrutar, sacar esa parte infantil que todos llevamos dentro. Y, por supuesto, construir una forma de pensar amable. A todos nos asaltan algunos momentos de victimismo o pesimismo. Y un rato puede estar bien. Pero si caemos constantemente en ello, les estamos entregando un lastre, que les vaciará de fuerza y de vitalidad. Comencemos a mirar el vaso medio lleno y a reírnos un poco más de nosotros mismos y de lo que nos rodea.

Y séptimo, orientémonos al aprendizaje. Como dicen Fodor y Morán, “la vida no es solo esperar a que pase la tormenta, sino aprender a bailar bajo la lluvia”. Y esto lo conseguimos cuando encontramos el aprendizaje en aquello que no nos gusta y conseguimos reinventarnos a pesar de la dificultad. De este modo, les estaremos dando pistas para entrenar la resiliencia. Por tanto, pregúntate: ¿qué me está enseñando este acontecimiento ahora?

En definitiva, los mejores regalos que podemos dar a nuestros hijos se resumen en dos: raíces para crecer y alas para volar, y esto solo lo logramos cuando cultivamos una actitud cercana, sin juicios y orientada al aprendizaje y con ternura. Aunque hagamos todo lo anterior, seguramente nos equivocaremos mil y unas veces, porque seguiremos siendo humanos; pero si consideramos a nuestros hijos maestros de nosotros mismos o espejos en los que nos vemos reflejados, podremos aprovechar esta relación como entrenamiento para completarnos mejor como personas.

https://elpais.com/elpais/2018/01/15/laboratorio_de_felicidad/1515999819_313501.html

Cuando mi hijo tenía 5 años, atravesaba una época en que siempre me hacía preguntas: “Mami, ¿por qué las nubes se mueven?” y “¿Por qué a veces llueve y otros días hay mucho sol?” Yo me esforzaba por darle respuestas inmediatamente — y a veces no tan correctamente. Emilio tenía una piel delicada que frecuentemente se irritaba. En una visita a la dermatóloga, ella me recomendó una crema muy eficaz, que le quitó la picazón e irritación. A partir de entonces, esa crema no faltó en casa. Sin embargo, una noche mientras lo ayudaba a prepararse para ir a la cama, con la curiosidad que lo caracteriza, Emilio me preguntó: “Mami, ¿por qué esa crema funciona para quitarme el rojo de la piel y la picazón?” Yo, ya cansada y sin conocer la razón científica detrás de la eficacia de la crema, le respondí: “Ay, no tengo idea! ¡Yo no soy científica ni médico, soy sólo tu mamá!”

Esa respuesta me salió muy natural, pero luego me preocupé de haber decepcionado a mi hijo. Al ver su sonrisa, supe que no lo había defraudado. De hecho, nos empezamos a reír, y desde ese día me sentí con completa libertad de no saberlo todo. Esto ha sido una herramienta poderosa de enseñanza, ¡y se la recomiendo a todos los docentes!

En estos tiempos de cambios exponenciales gracias a la velocidad en la evolución de las tecnologías y la transformación digital, el rol del docente también se está transformando vertiginosamente. Y todos sabemos que los cambios, si bien pueden traer muchos beneficios, pueden ser también – y frecuentemente los son – desestabilizadores para quienes los sufren.

En América Latina y el Caribe, diversos países están introduciendo tecnologías en las aulas, algunos a pequeña escala y otros a nivel nacional. Todos sabemos que los niños y niñas rápidamente se entusiasman y adaptan a estos instrumentos, y que muchas veces a los docentes – quienes no crecieron en la era digital – les toma un poco más de tiempo adaptarse y aprovechar la tecnología para potenciar sus métodos de enseñanza.

Lo maravilloso del mundo en que vivimos es que no necesitamos memorizar sino saber cómo buscar la información que necesitamos; de nada nos vale saber de memoria la geografía mundial, pero sí nos sirve entender la forma en que los seres humanos y sus acciones afectan a nuestro planeta y cómo podemos conservar lo valioso de nuestros países, culturas y ambientes geográficos. Esto cambia la naturaleza de lo que pasa en las aulas, del maestro que enseña al maestro que construye un ambiente de aprendizaje. Porque ya no hace falta que el maestro sea el dueño del conocimiento y lo imparta. El maestro efectivo hoy es aquél que hace buenas preguntas y presenta problemas reales guiando a sus alumnos a que conjuntamente construyan respuestas y soluciones.

Así, nuestros niños y jóvenes aprenderán desde la escuela aquellas habilidades que tanto buscan los empleadores: la creatividad, la colaboración, la curiosidad, y la capacidad analítica para resolver problemas reales.

Además, como descubrí gracias a mi Emilio, es mucho más divertido aprender que enseñar, buscar respuestas que tenerlas todas… Creo firmemente que ese ejercicio constante de la mente, al igual que el ejercicio físico para el cuerpo, es indispensable para mantenernos saludables a lo largo de la vida.

https://elpais.com/elpais/2018/06/19/mamas_papas/1529419099_294211.html?rel=str_articulo#1532334401969

La psicopedagoga Bárbara Tamborini y el médico y psicoterapeuta Alberto Pellai son pareja, padres de cuatro hijos y autores de La edad del tsunami (Paídós), un libro en el que se acercan a la preadolescencia, una etapa vital poco estudiada y sumamente desconocida “con características muy específicas, que requieren una atención educativa muy diferente de la dirigida a niños o adolescentes”.

Se supone que la preadolescencia se da entre los 10 y los 14 años, aunque ambos expertos reconocen que “asistimos a una aceleración del crecimiento” a la que ya se aproximaron en su anterior libro que, no por azar, se titulaba Tutto troppo presto (Todo demasiado pronto). Y ese “demasiado pronto” es precisamente una característica de esta etapa, marcada por “una revolución que concierne al cuerpo y a la mente”, en la que los menores se asoman a un mundo por explorar y descubrir, deseosos de “vivir experiencias emocionantes y emocionales” sin haber desarrollado aún, sin embargo, las habilidades cognitivas “para manejar los riesgos asociados con ellas y predecir las consecuencias que se derivan”. De ahí, el papel “fundamental” que los padres adquieren en estas edades.

PREGUNTA. Generalmente los padres tememos a la adolescencia de nuestros hijos, pero no tanto a la preadolescencia. Sin embargo, vosotros la definís como “la edad del tsunami”. ¿Qué tiene esta etapa vital para ser eso, un tsunami?

RESPUESTA. Las transformaciones que ocurren a nivel neurológico en las mentes de nuestros niños los convierten en tsunámicos: tienen el mismo poder que un huracán y les cuesta regular la impulsividad que los invade y los mantiene a su merced. Los preadolescentes son “toda emoción y poca razón” y es por eso por lo que son tan exigentes: no consiguen regular su energía emocional, carecen de la capacidad de ponerse límites. Somos los adultos quienes tenemos que proporcionarlos.

P. En ese sentido, prestáis una gran atención en el libro al cerebro del preadolescente. ¿Qué pasa en la mente humana en esta etapa del desarrollo?

R. Gracias a los estudios de neurociencia llevados a cabo en los últimos 20 años, ahora sabemos que el cerebro de un preadolescente tiene dos partes con características específicas. Por un lado está la parte límbica, el cerebro emocional, aquella en la que se generan las reacciones de alegría, rabia, ira, que es hipersensible e hiperactiva en la preadolescencia. Los preadolescentes son tsunámicos porque su funcionamiento mental está dominado por la parte emocional de su cerebro, que provoca inestabilidad anímica y cambios repentinos: en cuestión de segundos pasan de una alegría infinita a una negatividad extrema. Por otro está la corteza frontal, el cerebro cognitivo, que en esta edad todavía es profundamente inmaduro y que se desarrolla completamente solo entre los 16 y los 20 años. Esta es la parte de la mente que evalúa los pros y los contras de las situaciones, que sabe cómo planificar los tiempos para alcanzar una meta, que puede renunciar a un placer o a una emoción, en vista de un trabajo o de un resultado con un peso y un sentido menos inmediato, pero más profundo para el desarrollo de la persona. De esta manera, el poder del cerebro emocional combinado con la inmadurez del cognitivo es lo que determina, durante la preadolescencia, la naturaleza tsunámica de nuestros hijos.

P. ¿Cuáles diríais que son los principales retos a los que nos enfrentamos los padres con un preadolescente en casa?

R. El desafío evolutivo para los padres es encontrar el equilibrio adecuado entre nuestra necesidad de proteger su crecimiento y su necesidad de explorar el mundo fuera del hogar. Tienen una gran prisa y un deseo infinito de sentirse inmediatamente adultos y de hacer cosas propias de los adultos. Nunca como en este período los psicoterapeutas nos enfrentamos a padres que piden ayuda, porque han descubierto que sus hijos han ingresado precozmente en el territorio de comportamientos de riesgo: tabaco, alcohol, sexualidad precoz y promiscua, además de los riesgos asociados con la vida online de los preadolescentes, que hoy es quizás la mayor emergencia educativa para quienes experimentan esta fase de crecimiento: la pornografía en línea, el sexting, los juegos de azar, la captación en línea, la sexualización temprana.

La bicicleta ya no se usa porque los padres tememos que se lastimen, que tengan accidentes. Nos preocupamos excesivamente por su seguridad física

P. “A esta edad los mayores desempeñamos un papel fundamental y podemos marcar verdaderamente la diferencia”, escribís en la introducción.

R. Nuestro papel de adultos es fundamental. Son muchas las atenciones educativas que hemos de tener con nuestros hijos en esta etapa de su crecimiento, pero hay dos que son de crucial importancia:

Por un lado no caer en excesos de protección de la realidad, del mundo real. Podríamos llamarlo “Más bicicleta y menos smartphone“. ¿Habéis notado que los preadolescentes ya no montan en bicicleta, mientras que todos tienen un smartphone? La bicicleta ya no se usa porque los padres tememos que se lastimen, que tengan accidentes. Nos preocupamos excesivamente por su seguridad física. Al mismo tiempo, ellos, los preadolescentes, que ya no pueden explorar el mundo real, lo hacen de manera virtual. Y luego se lanzan a la vida online, donde no hay reglas, donde no hay supervisión adulta, y donde los riesgos para su vida emocional y su desarrollo social son infinitos. Pero nosotros, los adultos, no nos preocupamos, ya que el smartphone no pone en riesgo la seguridad física de los niños.

Por otro no cargar con los esfuerzos que les corresponden y educarlos para que se esfuercen: ¿Alguna vez habéis visto madres que cargan sobre sus hombros la mochila de sus niños, ya casi tan altos como ellas? Dejemos de hacerlo. Acostumbrémoslos a la fatiga, a cuidar y a hacerse cargo de sus propias cosas y de algunas responsabilidades, gradualmente pero con decisión, empezando por pequeñas tareas en la esfera doméstica.

P. ¿Y cuáles diríais que son los principales errores que cometemos, las principales falsas creencias en las que caemos?

R. Por un lado, tendemos a ser padres “quitanieves”, a eliminar cualquier dificultad y frustración del camino de crecimiento de nuestros hijos. De esta manera, sin embargo, nuestros hijos no están entrenados para la vida y es probable que sigan siendo dependientes e incapaces de construir una “musculatura emocional” que les permita funcionar bien en la vida real. Por otro lado, tendemos a subestimar el impacto que algunas experiencias tienen en sus vidas y para sus vidas. Hemos sido nosotros, los padres, los que hemos puesto en manos de los niños de 9-10 años herramientas poderosísimas, como Smartphones y tabletas, sin que ellos tengan las habilidades para manejar su complejidad. Es como dar a un niño de 13 años la licencia para conducir un Ferrari sin haber hecho siquiera una hora de autoescuela.

La neurociencia nos dice que nuestros hijos gritan porque todavía no saben cómo “mantener a raya” sus emociones

P. En ese sentido destacáis también la importancia de conocer el desarrollo cerebral que comentábamos antes para actuar en consecuencia. Y ponéis el ejemplo de palabras hirientes que los hijos pueden decir a sus padres en mitad de un estallido de ira. ¿Por qué es importante en estos casos conocer cómo funciona la mente de nuestros hijos?

R. Ese es el mensaje más importante del libro, por el que nos escribieron cientos de padres para darnos las gracias después de leerlo. Los preadolescentes están naturalmente predispuestos y fisiológicamente creados para enojarnos. Les hablamos y ellos no nos escuchan. De hecho, cuando tratamos de explicarles algo, comienzan a alzar la voz y nos dicen que no entendemos nada, que somos trogloditas. En este punto, los padres también tendemos a levantar la voz, a gritar e incluso, en algunos casos, a recurrir a las bofetadas y a la fuerza física para “domarlos”. Pero la neurociencia nos dice que nuestros hijos gritan porque todavía no saben cómo “mantener a raya” sus emociones, cómo regularlas, cómo calmarlas una vez que se activan. Nuestra tarea como adultos es enseñarles cómo regular las emociones, controlar la ira y mantener el control en situaciones en las que es tan fácil perderlo.

P. ¿Algún consejo en ese sentido?

R. En una disputa con el hijo, proponemos que los padres se centren en la regulación del tono de voz y en el uso de la mirada. De hecho, mirarse a los ojos establece otro tipo de conexión, una conexión real, humana, sensorial y emocional, de la que los niños tienen una profunda necesidad. El contacto visual es la principal herramienta de relación entre los seres humanos. La mirada, desde el nacimiento de nuestros hijos, permite la empatía, el reconocimiento de las emociones del otro por analogía con experiencias vividas. La mirada, el mirarse a los ojos, es una herramienta educativa extraordinaria, ya que permite que los padres comuniquen al niño que la prohibición, el “no” pronunciado para protegerlo y hacerle vivir experiencias nuevas pero no destructivas, es un límite necesario y no la anulación de su voluntad, sino lo contrario: es una manera de decir que te pongo un límite justamente porque te quiero. Una mirada vale mucho más que palabras gritadas o que una bofetada.

P. La preadolescencia, por último, es una etapa en la que los padres dejamos de ser superhéroes para nuestros hijos. Aceptar eso, intuyo, también es un trabajo que tenemos que hacer los padres, ¿no?

R. Absolutamente sí. Ser auténticos, completos, capaces incluso de disculparnos con un hijo cuando nos equivocamos, es la base para construir una relación leal y real con aquellos que están creciendo. Y luego, como invitamos a hacer en el libro, también es muy importante revisar nuestra propia historia: ¿qué tipo de niños hemos sido? ¿Qué padres tuvimos? Solo al volver a elaborar nuestra historia existencial, al aprender a corregir los errores de los que venimos y al no repetirlos, podremos convertirnos y ser los padres que nuestros hijos necesitan para su crecimiento y su éxito evolutivo.

Fuente: elpais.es